A D. Juan de Austria

Bajo el esplendor del Monasterio
que te acoge.

Junto al silencio sepulcral
de la sangre azul y gélida que te rodea.

Duermes el sueño de los elegidos,
en la cripta del hijo, del «Gran Carlos».

Tu figura yacente, sobrecoge.
Hubo jamás otro guerrero,
más apuesto, más gentil, más gallardo?

Tu perfil: varonil, marmóreo y frío,
aún podría enamorar a cualquier dama.

Y como en un bello final de cuento 
de hadas.

Besaría yo, tus labios entreabiertos,
si en mi gesto de admiración y entrega,
pudiera insuflar un hálito de vida
para que el más aguerrido Príncipe
de la Cristiandad,

volviera a enarbolar gloriosas oriflamas,
si ha menester,
otra batalla de Lepanto
hubiera.


© Texto de Rosario de la Cueva

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