A la espera

Justo antes de que el reloj de pared diera las cinco de la tarde, la hora de la cita, lo estremecieron cuatro tiros que pudo contar sin mayor dificultad, por la danza parsimoniosa que hacía el tambor de un revolver. Se incorporó de la silla detrás de la vitrina de libros y caminó sin prisa pero con expectativa hacia la puerta de la tienda. Recibió una fría ráfaga de viento y el cielo gris le dio la bienvenida a la calle.

Observó hacia el tumulto de gente cómo varios ciudadanos se apresuraban hacia el cuerpo que había caído en la esquina de la amplia acera de la carrera séptima. Unos señalaban con sus manos hacia tal o cual dirección, otros marcaban en sus celulares. Quiso afinar la vista para identificar la víctima, pero le resultaba difícil. Miró su reloj y ya eran las 5:05. Las primeras patrullas de motorizados de la policía llegaban a la esquina. Encendió un cigarro para calmar la impaciencia, pensaba ahora en Manuela, lo único que lo podía sacar de tan impertinente escena. Dibujó en su mente sus labios pintados de morado, que contrastaban firmemente con la palidez de su rostro y el negro profundo de sus cabellos. Una ambulancia llegaba en contravía y él tomaba un poco más del cigarro. Se sintió tentado a entrar y volver a su escritorio pero en ese momento se percató que el grupo de personas se esparcía, la policía les pedía espacio para los paramédicos.

No había podido sacar a Manuela desde la primera vez que la había visto. Había entrado deprisa a la librería, huyendo de quién sabe qué. Lo cierto es que cuando sonó la campanita de bienvenida, su rostro se había asomado con cierto cansancio y temor a la vez, pero con esos colores marcados que lo habían atraído con unos matices extraños de placer por la belleza de la joven. Giró su rostro lentamente como para reconocer el lugar. Que si tenía libros de poemas, preguntó mientras acomodaba su mochila raída. Él la reparaba de pies a cabeza. Estaba lloviznando esa tarde, por lo que sus prendas yacían ligeramente adheridas a su cuerpo, resaltando sus formas. Él le había señalado los estantes de la derecha, pero antes de atenderlo se dirigió hacia el vértice de la puerta y desde allí miró con sigilo en dirección de donde venía. ¿Algún poeta en especial? Y ella volviendo con la mirada ausente vacilaba en responder. Sus dedos delgados resbalaban por los entrepaños y con su mirada barría rápidamente los ejemplares. Garcilaso de la Vega, sentenció después de haber recorrido media estantería. Su cabello suelto semejaba una cascada de agua de lecho oscuro. Abajo, dijo él, señalando el último nivel. Tomó el único ejemplar que tenía, de pasta roja, con un hilillo separador y en caracteres dorados. Sus manos blancas y pequeñas, con tintes negros en las uñas, rompieron la uniformidad de las páginas con suavidad. ¿Cuánto? Y en esa altura del intercambio, el librero tragó la primer saliva como liberando algo que se le había incubado desde que la joven había ingresado a la tienda. $15000, es usado. Caro, respondió ella. Lo tomó con delicadeza de las manos de la mujer y lo puso sobre la pequeña mesa de leer. Se pasó delante del hombre y echó un vistazo rápido sobre la otra estantería de libros.  ¿Luis Vidales? Indagó con un decadente acento bogotano. Y él, no, que se lo podía conseguir, el de Selección de Centenario, que se llevara el otro libro también, que se lo podía pagar por cuotas y ella, yo estudio en la nacional, no se preocupe, retornando la mochila a su lugar y tomando un papel de un paquete de stick notes, que ahí tenía el número para que le informara de cuando tuviera el libro.

librería

Al tomar el trozo de papel, él se había devuelto a atrincherarse, mientras veía la figura de la mujer salir de la librería lentamente. Sus últimos gestos le habían dejado una sensación grata, así que le habían sembrado a él el deseo de volver a verla.

Al siguiente día en la tarde, recordó, llegó un poco antes de las 5.00 de la tarde. Llevaba un vestido largo y traía la misma mochila. El contorno de sus ojos lo resaltaban líneas delgadas negras. Cerró la sombrilla y entró ostentando una sonrisa parca pero firme. El librero no había perdido tiempo en su tarea por encontrar el libro de Vidales; lo levantó con su mano derecha como exhibiendo un trofeo. Ella se acercó a la vitrina de libros -detrás de la cual él se atrincheraba- y se recostó, aproximándose -más de lo esperado para él-. Le entregó el libro como librándose de una granada que habría de estallar en sus manos. La joven lo abrió, omitiendo las primeras páginas; fue a una particular, como si se supiera el libreto. Pisó dos páginas estirando dos de sus dedos, exhibiendo las uñas pintadas de negro, «y fue tan rudo el golpe, que volvimos/ vestidos de soldados, con grandes botas/negras«, leyó en voz alta, moviendo sutilmente sus labios ahora de un morado intenso. Y él, esforzándose por romper la magia en la que la joven lo había hecho caer, sepultó su mirada en su mochila, estampada por un tipo de barba espesa, sin colores definidos. Ella lo miraba fijamente mientras sacaba el dinero para pagar el libro. Él la esquivó buscando un cigarro para encender. Al verse cercado por la respiración tibia de la joven y sus pechos a medio cubrir por su vestido, tomó del bolsillo de la camisa el stick note donde ella había escrito su número celular. Lo giró al tiempo que, resuelto, miraba a los ojos de color oscuro profundo, «mas si de cerca soy acometido/ de vuestros ojos, luego siento helado/ cuajárseme la sangre por las venas». Tomó un poco más del cigarro al tiempo que la mirada de la joven se tornaba sumisa y su rostro, rojizo. Con un gesto pidió su cigarro, siendo éste el primer momento que con fetiche rozaba su mano, lo llevó a su boca llena de lápiz labial morado, y aspiró profundamente, contuvo el humo e inclinándose con lentitud hacia el rostro del librero lo arrojó de la misma manera sobre él.

Al ver el cigarro a un paso de consumirse, no dudó un segundo en apretarlo en su boca, en el primer instante de ausencia de la joven, que había desaparecido de la librería con la promesa de venir el día siguiente a pagarle una cuota del libro rojo de dorados caracteres. Sintió el sabor en su boca y en medio de la nicotina buscó con placer algún matiz que le permitiera reconstruir la imagen de ella  en su mente.

Al recorrer de nuevo con sus ojos la esquina de la séptima con 72, pudo ver mejor la figura en el suelo, la sensación congelante de ver la sangre que ya formaba un hilo oscuro, corriendo paralelo a una mochila que yacía con las pertenencias de la víctima desordenas en el pavimento. El librero optó –siendo más una respuesta visceral- por fumar un poco más del cigarro que había encendido para esperarla.

© Cruz Medina