¿Acaso un libro tiene fin?

Era un reto, una meta, un allá, un horizonte, un compromiso, un deleite sin interrupción, sumergirnos en ese mar de letras, una red nuestra curiosidad a ver qué caía, y éramos nosotros la ilusa presa, página tras página como abejas laboriosas o moscas atrapadas, situaciones, personajes odiados, adorados otros. Todo a nuestro alrededor se detenía, sin importar las condiciones del tiempo, nuestra mirada atenta no era condicionada, vencíamos victoriosos cualquier asedio, dar voz a aquellas historias, leyendas, cuentos, poemas allá en el silencio contemplativo de nuestras miradas, nuestro cerebro en expansión.

Escuchábamos voces sí, por qué negarlo y como Proust nos fastidiaba responder al llamado de la cena servida. No veíamos la hora para regresar a continuar la charla con aquellas sombras a puerta cerrada. Nuestros encuentros paroxísticos sobre la página, los puntos, las comas, las exclamaciones, los acentos, los campos, las olas, las cartas, las despedidas, las montañas, los bosques, el tic tac del reloj, las campanadas, los naufragios, las marchas, los redobles, los cañonazos, la lluvia, las ventiscas. El abrir cada capítulo, acariciar con los dedos la portada, disfrutar la caligrafía, olfatear la cena servida en aquellos palacios, paladear la palabra, la avalancha de emociones una y otra vez realmente es una experiencia adictiva sin vuelta atrás. No, no me hablen de magia, de artificios, fuegos fatuos, ni de tiempo perdido, ni menos aún de finales, la lectura es un eterno retorno.


© Texto: José G. Santos Vega
© Imagen:  pixabay       

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