Agalteca

La lluvia comenzó a caer aquella noche haciendo reverdecer los recuerdos. Descansábamos en el corredor de la casa y el coronel, luego de relatarme la sorprendente historia de su escape de la emboscada del general Ferrera, en el verano de 1898, encendió un cigarro y mientras las volutas de humo se desvanecían en el aire, sus palabras, con la cadencia de una antigua invocación, se transformaban en vívidas imágenes frente a mis ojos.

-Esa noche -decía el Coronel- nos reunimos alrededor de la fogata y, al compás de la crepitante música de los maderos, surgieron las historias. El capitán Isidro Muñoz fue el primero en hablar. Fijó la mirada en las llamas y como si hubiese entrado en un trance empezó a relatarnos la historia del mineral perdido de Agalteca. Un venado blanco, nos decía, le señaló a aquel anónimo conquistador el lugar donde se encontraba la veta. La plata era tan abundante que bastaba un solo golpe con la pica para que surgiera el metal. Se fundó un pueblo cerca de la mina y era tal su riqueza que más de una vez intentaron empedrar las calles con lingotes de plata. Era imposible que el buen Dios no castigara tanta soberbia. La mina se inundó y, como por ensalmo, fue imposible volver a encontrarla. Cada tanto tiempo, concluyó el capitán, algún viajero que atraviesa las montañas cree ver al venado blanco de la leyenda y lo deja todo por perseguirlo. La promesa de encontrar una fabulosa riqueza es suficiente para perder a cualquier hombre y para condenar a cualquier alma.

El coronel terminó su relato y ambos nos quedamos callados, con la mirada perdida en la impenetrable cortina de lluvia. De pronto, un relámpago rasgó la noche y, ante nuestras miradas atónitas, enmarcó la silueta imposible de un enorme venado blanco.

 Ambos hicimos ademán de levantarnos y casi al mismo tiempo volvimos a arrellanarnos en nuestras butacas sin poder contener la risa.

Cuando nuestras carcajadas se hubieron agotado, me froté la barbilla y le comuniqué mi repentina duda al coronel:

-¿No cree, coronel, que ese venado haya sido el de la leyenda?

 -Es posible, amigo -respondió con aire solemne.

-En ese caso -agregué- dejamos pasar la ocasión de volvernos inmensamente ricos.

El coronel le dio una larga chupada a su cigarro antes de darme su opinión:

-Nadie que haya salido a perseguir a ese venado ha regresado jamás -dijo, santiguándose-. Estoy seguro de que ese animal no es otro que el demonio, que siempre anda buscando nuevas almas para devorar.

La lluvia arreciaba y, tras las palabras del Coronel, los constantes truenos me parecieron los rugidos de frustración del ángel malo, que aquella noche había perdido la oportunidad de incluir dos nuevos trabajadores en la inquietante nómina del mineral perdido de Agalteca.

© Kalton Bruhl
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