Agua pasada
A mi amigo Pedro V. Moreno, que me acompañó en una excursión al monte Javalón, en la provincia de Teruel, y me presentó a Felipe Espílez.
Le juro, señor fiscal, que yo no le empujé, que hacía ya un buen rato que un servidor se había quedado sopa cuando el Josep se despeñó monte abajo. Como era una noche sin luna, debió de dar un traspié y precipitarse él solito al vacío. Se abriría la cabeza con alguna piedra mientras rodaba por la ladera del Javalón.
O igual se le cruzaron los cables y se tiró aposta, por divertirse, o vaya usted a saber, porque el Josep era imprevisible. No me extrañaría nada que se hubiera roto la crisma de esa tonta manera, porque la verdad es que iba bien cargado de alpiste; usted ya me entiende.
La noche de los hechos lo dejé tumbado bocarriba, en un saliente de piedras, escuchando la música que sonaba en el aparato del coche. Parecía como embrujado por aquel inmenso techo plagado de estrellas. Lo último que le escuché fue que le gustaría ver cómo esos puntos brillantes se precipitaban sobre nosotros. Qué cosas tenía.
Resulta que al Josep le atraían de siempre los misterios del universo; desde que, según me contó, vio una serie documental en la televisión, Cosmos creo que se titulaba; debieron de emitirla en los años ochenta. El difunto, ¿sabe usted?, era ya entonces un zagal avispado.
Algunos años después, el cometa Halley pasó muy cerca de la Tierra, y eso terminó de convencerle para comprarse un telescopio; aunque al poco tuvo que venderlo porque necesitaba parné para sus vicios. Siempre andaba igual el Josep. Se dice que unos nacemos con estrellas y otros, estrellados; pues al principio mi amigo parecía pertenecer al primer grupo, pero luego resultó ser de los estrellados.
Cuando se presentó en mi casa una tarde de finales de abril, hace justo ahora dos años, se empeñó en que diéramos una vuelta por el pueblo antes de subir al Javalón. Me dijo fanfarroneando que se había informado bien por internet sobre toda la contornada, y mientras paseábamos por las calles más bien parecía que fuera él quien había nacido allí y yo un forastero ignorante.
Jabaloyas tiene fama de ser el pueblo de las brujas, ¿sabe usted? Se ve que a finales del medievo unos arrieros que iban de paso hacia tierras levantinas presenciaron, en la noche cerrada, una procesión de gente toda cubierta de negro; salían del pueblo en dirección a una ermita cercana y los arrieros pensaron que serían brujas. Pero mejor voy al grano, señor fiscal.
Disfrutaba en aquel paseo el Josep hablándome con desparpajo sobre la antigüedad de algunas casonas de piedra, de sus puertas adoveladas y sus misteriosos blasones en las fachadas. Me guio, como quien dice, a la antigua herrería, a la era Marco Antonio y a lo que queda de un molino de viento, y hasta me dio la tabarra con la iglesia renacentista de la Asunción, con su torre rematada en una curiosa linterna. El Josep me explicó que la torre era similar a la cúpula del faro de Hércules que hay en La Coruña. Ya lo sabía yo todo eso desde hacía tiempo, pues, como usted sabe, nací y me crie en Jabaloyas; pero no le dije nada por no quitarle el gusto.
Después llegamos a la Casa de los Diezmos, un antiguo silo donde se recogía el grano de cereal que los campesinos debían entregar como tributo a la Iglesia. Igual su señoría ha estado ya en mi pueblo y podría saltarme todo esto que le cuento. El caso es que continuamos el paseo hasta la que llaman la Casa de la Sirena; y cuando nos acercamos a la fachada, el Josep hizo una mueca burlona al contemplar las figuras esculpidas en la piedra, lo que me dejó con la mosca detrás de la oreja. Sobre los balcones sobresalen dos relieves, uno con forma de luna y el otro con la del sol; y encima del portón, el escudo de una sirena con un espejo y un peine en las manos.
En ese momento se giró hacia mí y me soltó con todo su morro: «Esta sirena del blasón me ha hecho pensar en la Xenia. ¿La recuerdas, Blas? ¿Recuerdas cómo nos gustaban su contoneo al andar y aquella melena oscura? Yo la piropeaba diciéndole que parecía una sirena, que solo le faltaba el mar». Y me miró exhibiendo aún más su antigua sonrisa socarrona. Sentí que me encorajinaba por dentro, aunque por fuera fingí que aquello era agua pasada.
Aquel paraje, el de la cima del Javalón, es una meseta casi pelada donde crecen algunas sabinas rastreras, chaparras de carrasca y acebos. Nada más llegar esa misma tarde allá arriba sacamos del maletero del coche un telescopio que se había traído de Barcelona. Y lo plantamos en el mirador del parque estelar, starlight creo que lo llaman, dentro de un poyo circular de piedras con una capa de cemento en el suelo.
A la espera de que anocheciera, disfrutamos un buen rato de aquella imponente panorámica de montañas azules. Gracias a que me había cogido de casa unos prismáticos, distinguimos desde aquellas alturas las casas y calles de mi pueblo hundido en el valle; incluso divisamos otros pequeños municipios diseminados por la serranía.
Cuando todo se llenó de oscuridad permanecimos un buen rato observando algunos planetas y cúmulos estelares a través del susodicho armatoste. Para su información le diré que en el maletero además llevaba una tienda de campaña, una bolsa repleta de comida, una nevera bien surtida de bebidas. ¡Ah! Y un macuto cerrado con candado. Al Josep no le engañaba la vida, no señor.
Nos entretuvimos un tiempo reconociendo a simple vista las constelaciones, y expectantes ante la aparición de alguna estrella fugaz. Entonces se puso a farfullar no sé qué de un bosón, sí, del bosón de Higgs y de la partícula de Dios. Yo creo, señor fiscal, que empezaba a desvariar por la priva que se había metido en el cuerpo.
Allí se quedó el Josep, como hipnotizado por el enjambre de estrellas que colgaban del cielo oscuro. Y yo me fui a dormir a la tienda de campaña que habíamos montado por la tarde.
Es verdad, como se me pregunta, que antaño melonar, hace muchos años quiero decir, el difunto y yo compartimos piso en Barcelona. Resulta que me tocó hacer el servicio militar en aquella ciudad. Fue en el 92, el año de los Juegos Olímpicos, su señoría habrá oído hablar de ello o habrá leído algo si le gusta el deporte. Al terminar la mili decidí probar suerte en la ciudad y encontré pronto un trabajo. El Josep y yo nos conocimos en la fábrica de coches de la Seat, porque coincidíamos en la cadena de montaje. Ya entonces tenía el Josep muchos pájaros en la cabeza, aunque como era tan dicharachero caía en gracia a todo el mundo.
Fíjese usted que me convenció de que dejáramos el curro en la planta y abriéramos a medias un concesionario de coches de segunda mano. Como por aquella época yo aún confiaba en él, les pedí un dinerillo a mis padres para ponernos de socios los dos. Por desgracia, al poco tiempo nuestro negocio se fue al garete, por falta de liquidez me dijo el Josep, y nos quedamos los dos sin blanca. Y es que era un engañabobos, señoría, con el tiempo todos sus amigos nos fuimos dando cuenta.
Escarmentado de la ciudad, me volví con la cabeza gacha a Jabaloyas, a la casa de mis padres, después de que el Josep y un servidor tuviéramos una bronca descomunal porque no me quería devolver los cuartos que me debía. Pero no llegamos a las manos. «Tú lo que tienes es muy mala baba», recuerdo que me soltó al final de la discusión. ¡Encima!
Y es que no tendría que haber salido nunca del pueblo, señor fiscal, ya me lo decía mi padre: con los cuatro campos de cereal, un huerto y una piara de gorrinos teníamos más que suficiente para vivir. Pero cuando eres joven te atraen las luces de la ciudad y quieres probar los placeres mundanos de la vida; su señoría me comprenderá, que aún está en la flor de la vida.
Como soy hijo único, me dediqué a cultivar las tierras familiares, y a mantener una pequeña granja de cerdos de engorde que construimos mi padre, que en paz descanse, y yo en un bancal a las afueras del pueblo.
Ya no volví a saber nada del Josep durante mucho, mucho tiempo; ni ganas que tenía, señoría. Hasta que hace un par de años recibí una llamada suya para anunciarme que en unos días iba a venir a Jabaloyas, que quería contemplar desde aquí una lluvia de meteoritos, las Líridas de abril dijo que se llamaban; que si lo acompañaba al Javalón a pasar la noche. Yo ni recordaba que le hubiera dado el número de teléfono de casa de mis padres.
Como no tengo un pelo de tonto, aunque mi apariencia haga suponer lo contrario, enseguida me olí que mi amigo había venido hasta mi pueblo para esconderse de alguna picia que habría hecho en la ciudad. Era muy listo el Josep. Demasiado, diría yo. Una vez que fui a Barcelona, me encontré por casualidad con un amigo común y me contó que el Josep había estado en la trena, en la cárcel quiero decir, señoría, porque lo debieron de pillar trapicheando con drogas.
Con su habitual labia me explicó por teléfono que las Líridas eran partículas de polvo desprendidas de los desechos de un cometa. Que se había enterado de que el monte Javalón era un lugar privilegiado para observar el cielo nocturno, por estar tan limpio de contaminación; así que había decidido pasar una noche en su cima, con un buen acopio de viandas y licores; y ya de paso, me recalcó, hacerme una visita para recordar los viejos tiempos.
Que conste que yo no le guardaba rencor por birlarme a la Xenia. Qué guapa era la Xenia. La conocimos en la Sala Bikini de la Diagonal, una discoteca donde sonaba bakalao a todo volumen, y que solíamos frecuentar cuando nos íbamos de jarana por Barna, después del trajín semanal en la fábrica de coches.
Fui yo quien salió primero con la Xenia, hasta que el Josep se metió por el medio y me quedé a dos velas. Se pensaba que no me daba cuenta de que el muy bribón también iba detrás de ella. Desde el principio me barrunté que el Josep quedaba con la Xenia después de dejarme a mí en casa. Aunque no le guardé rencor por aquello. Agua pasada no mueve molino, señor fiscal.
Lo último que recuerdo de aquella funesta noche es que el Josep puso en el aparato de música del coche una canción de Los Beatles. Se llama ‘Across the Universe’; seguro que su señoría la conoce. Era su favorita porque, según él me explicó, hablaba de imágenes fragmentadas que danzaban ante él como un millón de ojos. En la época de nuestra amistad en Barcelona, el Josep solía traducirme del inglés algunas canciones. Recuerdo cómo se pavoneaba de haber aprendido ese idioma en un colegio de pago.
Y ya no le puedo contar más, porque antes de que acabara la canción me entregué en los brazos de Morfeo, como al Josep le gustaba decir cuando se iba a la cama. Yo también había empinado bastante el codo mientras mirábamos embobados el cielo estrellado, como usted ya se podrá imaginar. De lo que le ocurrió al Josep aquella noche solo fueron testigos el millón de ojos luminosos que lo observaban desde del cielo.
Se me acusa de homicidio doloso, pero le juro que yo no lo maté; ni tampoco me quedé con el dinero del robo de la sucursal bancaria, el que su señoría dice que perpetró el Josep antes de venir a visitarme y cuyo botín la policía no encontró por ningún lado. Yo no sabía nada de sus tejemanejes. Sí que, como le he referido antes, mientras descargábamos el telescopio del maletero de su coche, me fijé en un macuto grande, pero ya le he comentado que en ese momento no le di ninguna importancia.
Dicen los ancianos del lugar que el Javalón está hueco, y que en su interior se refugiaban las brujas después de celebrar sus aquelarres. Igual mi amigo el difunto Josep, antes de despeñarse, escondió el saco repleto de billetes viejos en uno de los agujeros de la montaña, vaya usted a saber.
Discúlpeme si mi declaración le ha parecido algo embarullada, pues no tengo la costumbre de hablar en público. Todo lo más cuando les canto a mis gorrinos en la granja al aviarlos, señor fiscal.
© Texto y foto de portada: Gonzalo Montón Muñoz
© Fotografías interiores: Encima de la niebla




