Al alba

Al elegir el título de esta sección quise jugar con dos de los significados de la palabra alba: como adjetivo, blanca -es decir, mi nombre-, pero también con el significado de “primera luz del día” o amanecer.

 La primera luz va despertando al mundo. Siempre nos abre un abanico de posibilidades que podrían ocurrir a lo largo de la jornada. Todo es nuevo otra vez, todo está por descubrir, por estrenar. La primera luz es la que termina con las sombras de la noche, con el miedo a lo oculto, a lo desconocido.     

Si puedo elegir, prefiero trasnochar a madrugar. Imagino que en alguna de mis anteriores vidas la noche tuvo mucho que ver conmigo. Sentía miedo de la oscuridad cuando era niña. Corría como un caballito desbocado para escapar de las calles escasamente iluminadas y volvía a casa con el recado que me había sido encomendado, pero con el corazón latiendo a toda prisa. “¿No puedes ir y volver despacio?” –me preguntaban mis padres. No, no podía. Miles de monstruos acechaban entre las sombras, dispuestos –tal vez- a asesinarme y a hacerme desaparecer para siempre sin que nadie se diera cuenta. Cuando cerraba la puerta de casa, a salvo al fin de todos ellos, solía pensar que me había sido concedido un día más de vida. Y cuando amanecía, el día bailaba en mi ventana con las primeras luces, lleno de cosas maravillosas que iban a ocurrir… y ocurrían. Una nube nueva en el cielo, unas gotas de lluvia que se convertirían en espejos de agua en los que nos contemplábamos, charcos sobre los que bailar, pies mojados y risas =sin importar que se llenasen nuestras ropas de barro=, la nieve recién caída que llenaba la plaza de algodón mientras soñábamos con una escuela cerrada, el frío que acuchillaba y nos obligaba a soplar el aliento entre los dedos, las primeras hojas del otoño, el aire que nos alborotaba el pelo… Tantas cosas pequeñas y mágicas para disfrutar del hermoso milagro de estar vivos, de renacer un día más.

Revolver con un nudo en el cañón
Imagen de Momentmal

Tal vez por eso, cuando leía novelas en las que se narraban las últimas horas de los prisioneros destinados a morir al alba, me apenaba por ellos y por esa luz del amanecer –primera para el resto de los humanos- que sería la última que habrían de contemplar. Hubiera querido cogerles la mano y decirles que tuvieran valor –ese mismo valor del que la niña que yo era carecía-. Me entristecía con ellos, sufría con ellos, imaginaba cómo sería estar en su lugar y saber que cada hora, cada minuto, cada segundo, nos iban acercando al final. A un inevitable final.

¿Qué pediría yo –me decía- si tuviera que pedir un último deseo antes de morir? Seguramente, que no me peinaran mis larguísimas trenzas esa mañana, porque siempre dolía que me desenredasen el pelo. Ya se sabe que los niños tienen una mente más práctica que la de los adultos.

¿Y ustedes? ¿Alguna vez se han preguntado qué pedirían si supieran que esa iba a ser la última noche de su vida? ¿Un indulto tal vez? ¿Un mensajero con una carta, una llamada de teléfono, un telegrama… algo que suspendiese la ejecución? ¿O el abrazo de perdón y de afecto de algún ser querido? Aunque, bien mirado, ¿de qué serviría ya que alguien nos pidiese perdón y nos abrazase después de haber estado siglos alejado de nosotros? Si eso ocurriese, ¿seríamos capaces de perdonar?

Y en caso de morir, con la cabeza alta, me decía. Camino del paredón o del cadalso, ¿qué más da? Eso sí: paso firme y con un último estribillo entre los dientes.  A fin de cuentas, la interpretemos como la interpretemos, la vida no es más que una canción.

© Blanca Langa