Al morir la tarde de Felipe Espílez

Te encontré sentada en una piedra de silencio,
desabrochando la noche,
con esos brazos de lirio que desdoblan a las estrellas.

A tus pies, las cenizas del tiempo olvidaban respirar
y en los árboles, unos peces de agua echaban burbujas de nube sin tormentar.

A lo lejos, el camino se hacía mujer
y se doblaba como una cintura desnuda, luminosa y distante a las yemas de mis nardos.

La grama calla, la grama nunca habla,
sus suspiros se los comen las caracolas
quedándose en ermita y sin garganta.

Te encontré sentada en una piedra de silencio,
abrochando la noche.
Y en ese ínterin de ríos sin orillas y sin agua,
pude ver tu rostro, poesía de mi alma.

Después sonaron las seis cuerdas de la cigarra
y brotó un poema de mis venas de poeta,
con sangre, siempre con sangre,
con la dulce sangre de mi herida abierta.

Imagen y texto © Felipe Espílez Murciano