Albarracín: Historia, paisaje, color

A la hora de decidir cuál debe ser el tema sobre el que voy a escribir, siempre pienso que el artículo debe aportar algo nuevo a las personas que lo lean. Bien sea una curiosidad, una experiencia personal significativa o una historia un tanto desconocida que salga de lo meramente cotidiano.

Debido a mis raíces turolenses querría que, con este nuevo artículo, mi aportación fuese diferente. Me gustaría que fuera un placer para la vista y, una vez finalizada su lectura, nadie quedase ajeno ante tanta belleza.

Quizás, este reto me lo haya puesto demasiado fácil ya que, por el mero hecho de observar las fotografías de algo tan precioso como es la ciudad de Albarracín, sería muy difícil abstraerse de esas sensaciones que intento transmitir.

Albarracín foto de Enrique Moreno

Seguro que, todo aquel que conozca Albarracín, estará de acuerdo en que es el lugar ideal para interiorizar esos sentimientos. Pasear por sus estrechas y adoquinadas calles, contemplar su espectacular muralla, admirar la Alcazaba con sus once torres de planta circular, levantar la vista y observar los aleros de los tejados que casi se tocan, adivinar las figuras en hierro forjado de las aldabas de sus puertas, tomar un café en la plaza con unas almojábanas o visitar la Catedral de El Salvador son momentos que no te dejarán indiferente.

Situada en la provincia de Teruel y ubicada en lo alto de un peñón rocoso sobre un meandro del río Guadalaviar, los orígenes de Albarracín se remontan a la prehistoria. Numerosas muestras de arte rupestre levantino de la época neolítica han sido halladas a lo largo de toda la Sierra de Albarracín. Casi en su totalidad, todas las representaciones aparecen sobre una piedra arenisca roja llamada rodeno.

Restos arqueológicos de la Edad de Piedra y Edad de Bronce, así como de celtíberos lobetanos, nos indican la continuidad de los diferentes asentamientos de personas en esta zona. Del tiempo de la ocupación romana encontramos una de las obras hidráulicas más importantes de la época: el acueducto construido sobre las montañas que unen Albarracín, Gea de Albarracín y Cella; localidades, todas ellas, de la provincia de Teruel.

Durante la época islámica, Albarracín fue conocida como Santa María de Oriente, cuyo nombre se debía a la iglesia prerrománica de Santa María en torno a la cual se creó el primer núcleo estable de población.

Fue entre los años 1011 y 1104 (época de dominación musulmana) cuando Albarracín toma cierta importancia como capital de uno de los reinos de taifas en los que se dividió el Califato de Córdoba. Debido a su estratégica situación geográfica, un grupo de origen bereber de la tribu de Ibn Razín (nombre del que procede el topónimo actual) se asienta en esta zona y da origen a Santa María de Ibn Razín, convirtiéndose en un reino independiente de dicho califato.

Albarracín foto de Enrique Moreno

El reino de taifas de Albarracín perdura hasta la llegada de los almorávides y, como consecuencia de una serie de altercados en la zona causados por intereses políticos y estratégicos, pasa a formar parte de la Corona de Aragón en 1379.

Como curiosidad histórica, Albarracín permaneció como un señorío independiente de los reinos de Aragón y Castilla desde 1170 hasta el mismo 1379, fecha en la que fue anexionado al Reino de Aragón. Dichos Señores que gobernaron Albarracín en este periodo de tiempo (los Azagra, los Lara y el infante de Aragón Don Fernando) se consideraban como Vasallos de Santa María y Señores de Albarracín”.

La localidad es Monumento Nacional desde 1961, le fue concedida la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes en 1996 y se encuentra propuesta por la UNESCO para ser declarada Patrimonio de la Humanidad por su belleza e importancia histórica.

Foto de Albarracín de Enrique Moreno

Una de las vistas más internacionales de Albarracín se puede apreciar en la fotografía anterior, con el recinto amurallado y la Torre del Andador en la parte más elevada, envolviendo el casco urbano del Albarracín medieval. Esta torre de origen musulmán, con base rectangular y carente de almenas, fue construida alrededor del siglo X y, junto a la Torre de Doña Blanca, representaba la parte más importante del sistema defensivo de la ciudad.

Albarracín goza de una particular arquitectura con casas adaptadas a la topografía del terreno que se sustentan sobre muros irregulares. La madera, el yeso rojizo y el hierro forjado son los elementos que complementan este singular tipo de edificación.

La utilización de yeso rojizo le confiere a Albarracín unas señas de identidad únicas. Este tipo de yeso se fabrica en la misma localidad, de manera artesanal, mediante la utilización de materiales de la propia comarca. El proceso se realiza en hornos de bóveda y su uso es el adecuado para revestimiento de exteriores. La aplicación de este tipo de yeso en la construcción se complementa mediante la utilización, tanto de aleros de considerable dimensión para evitar que el agua caiga directamente en las paredes, como de tejas árabes en las cubiertas de los edificios.

En la fabricación de esta modalidad de yeso se utilizan dos tipos de piedra que se encuentran en canteras próximas a Albarracín. Una de ellas es de color gris oscuro y contiene magnesio; la otra, es de color rojo con un cierto contenido en hierro. La mezcla de ambas proporciona el material utilizado en todas las rehabilitaciones que se llevan a cabo en la ciudad: el yeso rojizo.

Foto de Albarracín de Enrique Moreno

Un claro ejemplo de este tipo de edificación es la Casa de la Julianeta, del siglo XIV, construida con yeso y madera. La estrechez de su base y las irregularidades en su diseño hacen de este rincón uno de los más representativos de Albarracín (en la fotografía se observa dicha casa desde el Portal de Molina).

Visitar Albarracín, interesarse por su historia, comprender el porqué de su arquitectura, entender el color de sus paredes o dejarse transportar en el tiempo cuando recorres sus callejuelas, te hará entender por qué Azorín la citó como una de las ciudades más bonitas de España y nuestro filósofo y ensayista José Ortega y Gasset la definió como “la ciudad que lanza a las alturas su increíble perfil alucinado”.

© Enrique Moreno