Alicia
Vi una niña caminar, luego en un arrebato como huyendo, tal vez de aquellos seres grandes-extraños-desconocidos-intimidantes, seres distantes de su pequeño mundo; transeúntes.
Aquella niña con su uniforme colegial, en cuestión de instantes su carita expresó; pavor, les miró y echó a correr con los ojos desorbitados, eran dos; uno en la acera opuesta al paso veloz de la niña.
En la esquina a escasos metros adelante, aquel con un aire de antigüedad, ¿diría anacronismo? ¿viajero interdimensional?, con un dejo de atracción circense a lo Ripley, como de foto sacada de revista de hazañas y récords mundiales, amarillentas con ese característico olor avinagrado tan familiar en bibliotecas, sus piernas en arco mudéjar, su cabello lustroso a lo Alka. La fuga vertiginosa y sin audio continúo calle abajo, como si cayera por otra madriguera de conejo.
Y de sopetón el ruido seco del recogido vespertino de la basura con su estela maloliente amalgama de aceites, lociones, caldos, almíbares, mejunjes médicos, salsas fonderas con restos vegetales de los menús del mediodía, todo exponenciado por las capas acre ahumadas del diésel del camión, restos todo de los pobladores citadinos.
Demasiada conmoción para una niña de apenas siete en distancias tan cortas unas de otras.
Para completar la ecuación las jaurías de rabos y hocicos que pueblan igualmente estas calles curiosas en esos restos de consumo y así carroñear lo que encuentren. Súmese a lo anterior, distingo entre todo esto, el aroma empalagoso del agua de colonia de dudosa procedencia de la viejita de ochenta y todos saliendo cual bólido de la farmacia paquete en mano, igual el empleado silente encargado del recogido de desechos urbanos, celajes envueltos en su aura existencial.
La abuela, obviamente sin relación alguna con aquella niña perpleja sumida en el desconcierto sin contar con la presencia protectora y segura de los suyos, o simplemente, de su madre-padre-tutoralegal-toda-mamá-gallina-única-proveedora, dando vueltas buscando donde estacionarse.
Tal vez nuestro señor domador de leones, hombre bala, señor conejo con sombrero de copa, o Mr. Charles Atlas de la esquina ni cuenta se dio de la niña velocista traumada, menos aún aquel otro transeúnte, casi invisible conato de anónimo en la pared que aterrorizó a la niña con su puesta en escena del otro lado de la calle.
© Texto: José G. Santos Vega
© Imagen: Encima de la niebla

