Amarillo limón

No le resultaría difícil llegar. Antes, tuvo cuidado de conseguir toda la información necesaria, plano incluido, para asegurarse el trayecto a su destino. ¿Lo había pensado realmente? Creía que sí, pero desde que tomó la decisión le duele el estómago y tiene pesadillas, sólo que… Allí no había futuro. Y aquí no vino para dudar.

El tiempo pasa muy rápido, o por lo menos esa percepción tiene al mirar el calendario anclado en el mes en que llegó, donde un hermoso paisaje de almendros en flor muestra a la primavera colgada en la pared, pintada de amarillo limón, de la habitación que Marina le ha dejado ocupar por algún tiempo. Eran amigas desde siempre, allí, en su país. Ahora, han estado tan lejos que Marina no debe de recordar lo que se quisieron. Da igual lo que sintiera, no tenía otra opción y, ha venido aprovechando que el contacto entre ellas nunca se rompió. Siempre, siempre quiso seguir los pasos de su amiga, igual que cuando eran pequeñas. Marina ordenaba y ella se dejaba llevar.

Las cosas aquí parecen muy distintas a cómo las imaginó, pero, muerto el abuelo, no dejó nada importante como para desear volver. Sólo está un poco desconcertada; el idioma, el clima, Marina… A todo se irá acostumbrando, es cuestión de tiempo. Aquí los días pasan mucho más rápidos; allí son eternos. Las noches no quieren amanecer la mayor parte del año; sólo puedes soñar con huir para encontrar esa oportunidad que en algún lugar te está esperando.

Hoy hace frío y llueve más de lo que imaginó estando tan al sur. Marina le habló del calor y del sol que te obliga a buscar la sombra; de la gente que disfruta la noche en la calle, siempre en la calle, y del trabajo aún sin tener papeles. Todo llegará, igual que a Marina, que en tres meses obtuvo un contrato gracias al hombre que se preocupa tanto por ella y que conoció al poco de aterrizar. 

Hubiera sido mejor para este primer día que hiciese sol. No soporta el mal tiempo, el gris de las nubes le trae recuerdos y ganas de llorar. Aun así no cambiará de planes. Desde que llegó ha intentado de todo, pero nada le ha salido bien. La decisión está tomada desde la última vez que Marina le recordó que tendría que dejar la habitación amarillo limón si no pagaba. Su amiga nunca habla por hablar. Antes todo era diferente, siempre tan unidas, tan cómplices, como hermanas. Aquí, el dinero se impone a la amistad. Y qué. Nadie le regaló nunca nada, ¿por qué ahora iba a ser diferente?

Vuelve a mirarse en el espejo. Le gusta su pelo rubio platino, le ha quedado muy bien con el tinte que Marina le ha prestado, además, los nervios del viaje y las nuevas comidas a las que no se acostumbra han conseguido que adelgace mucho, aún así, sus piernas siguen en forma, «de corredora de salones» decía su abuelo; mucho más bonitas que las de otras chicas con las que se compara, Marina incluida. Quiere ser modelo y confía en que se presente la oportunidad, sólo es cuestión de esperar y aprender a moverse para pagar la habitación pintada de ese color tan extraño: amarillo limón. Sólo es un color, nada más. Algún día tendrá su casa y podrá pintarla como quiera.

Se da los últimos toques: en el pelo, en la boca. Se mira de reojo la espalda y el efecto de los zapatos blancos, con alza, comprados nada más llegar, deslumbrada por los escaparates de Madrid. Está nerviosa, es la primera vez. No quiere, no quiere, pero…

Seguiría los consejos de Marina que le apuntó la dirección en un papel, le vendió un billete de diez viajes y le regaló un plano del metro, indicándole los trasbordos que tiene que hacer para no perderse. Luego, después de… Debe regresar lo antes posible, «el barrio es peligroso en cuanto oscurece» le dijo Marina.

Se abrocha la chaqueta negra, de cuero, se estira la falda vaquera que apenas se asoma a las rodillas y se envuelve con la bufanda grande, de lana azul, que le hace juego con los ojos, muy pintados. Coge el bolso y el paraguas y vuelve a mirarse con detenimiento. Levanta la cara y se guiña un ojo. «Ánimo-ánimo- ánimo» se dice. No quiere regresar a su país, tiene que conseguir aquí la oportunidad que ha venido a buscar. Seguro que cuando pase la crisis esa de la que habla Marina habrá un trabajo para ella. Tiene que aguantar, sobrevivir como sea y eso justifica… ¿O no?. No, tal vez no, pero… Ahora no puede dudar, el camino elegido cuando salió de su tierra indicaba una única dirección: sin retorno. Tiene que hacerlo. Sólo es cuestión de seguir el recorrido. Todo tiene un precio y allí no vio futuro. Aquí lo encontrará. «Lo encontrará» se repite sujetando una lágrima que le puede arruinar el rímel. Sobre el papel, las indicaciones están claras: primer trasbordo en Atocha, segundo en Sol dirección Gran Vía. Salida a Montera. Después, es cuestión de esperar y ajustar con los dedos el precio en euros.


Texto y fotografía © María Cruz Vilar