Aquellas Hazañas Bélicas
Querido Enrique, ya un mes… Y la insistencia de la memoria para llevarme justo adonde no quiero, a la imagen que me perseguirá por mucho que quiera ver y escribir de otra cosa, de otro tiempo, de otros lugares, y por encima de todo de otras batallas, como aquellas en las que te empeñabas, con tiza en mano, en describirme en la pizarra el triunfo de los buenos sobre los malos a pesar de que lo conseguían a base bombazos y morteros en una amalgama de pintarrajeados de yeso que nos salpicaban por la intensidad de la descripción. No te querías enterar de que a mí no me interesaban esas historias, por mucha paciencia que echase en la espera de que te cansaras, y la esperanza de poder jugar a otra cosa.
Siempre has sido un rabo de lagartija con las ideas claras. Por suerte, te diste tal atracón de batallas que saliste pacifista pronto, al igual que supiste pronto, a partir de aquella primera Cheminova que agotaste en dos días, que lo tuyo era la Ciencia. Ibas tan en serio que ahorrabas peseta a peseta para poder darte en la droguería un atracón de productos que fueron llenando tu primer laboratorio. Aquellos primeros ensayos, en aquel lugar sagrado que montaste al otro lado del patio de la casa, en lo que fue el taller donde tu padre se ganó la vida hasta que limpiaron su expediente de criatura de la Quinta del chupete castigado por preso en Cuelgamuros, te confirmaron a los once años la vocación que nunca te iba a abandonar. Siempre supiste lo que querías, al revés que yo, doña Zozobra de futuro incierto, aun así, éramos muy parecidos en lo primordial de la infancia que compartimos, por mucho que yo siempre anduviese en otras nubes diferentes a las tuyas.
Qué difícil hablar de ti aceptando el presente de tu ausencia.
Juntos nos asomamos a la vida custodiados por esa suerte de abuela protectora que compartimos, y a la que adorábamos, hasta el punto de que nos quitó el sueño, un par de noches (teníamos siete años), cuando llegamos a la conclusión de que ella se haría mayor y entonces… ¡Cuánto lloramos! Juntos vivimos el vacío del desasosiego, compartimos el enigma del infinito y del finito, la conciencia de que siempre hay un final o una transformación, para casi todo, y que ella, un día partiría y no volveríamos a verla. Con el pasar del tiempo supimos que nunca se fue de nosotros, que la hemos seguido oyendo, que siempre han seguido presentes sus enseñanzas y que sus recuerdos nos han seguido uniendo para siempre jamás. Qué triste hablar de finales. Al menos tengo la certeza de saber que has sacado partido de todo, que has tenido buena y sana vida y que has sabido disfrutar de todas tus facetas de científico y artista. Nada se te ha resistido. El disfrute del trabajo de investigación y la creatividad de patentes, la docencia, los libros que has escrito, las composiciones musicales, esas grabaciones en la atalaya de tu buhardilla, las espectaculares maquetas de tus galeones y fragatas, los instrumentos coreanos que has construido y aprendido a tocar, y Enriqueta, esa guitarra tan especial que hiciste con tanto mimo. Todos te añorarán, igual que los telescopios, el último sin terminar, aunque no te ha hecho falta concluirlo para ver el otro lado de la luna antes que Artemis. Todos son tu legado, e imagino tu sonrisa pícara mientras lías, uno tras otro, un cigarrillo de picado contando la belleza de esos cráteres invadidos de silencio espacial, tan inspiradores para componer nuevas piezas con acordes de órgano al más puro de tu admirado y tantas veces tocado Juan Sebastián Bach. Cuánto disfrutabas en la comunión de la música.
Te has ido dejando el jardín cuajado de violetas en flor, ahora arrebatado de primavera, añorando tu contemplación y manos de jardinero paciente y agradecido. Qué no amabas tú… Hombre renacentista y bueno. Pacifista buscando el camino de la paz mundial a través de una píldora milagrosa que nos salve de maleantes sicópatas y dogmas de fe. Aquellas Hazañas Bélicas de la infancia te vacunaron de por vida para estar en contra de las invasiones y las injusticias. Deviniste en el capitán solitario, siempre en el bando de los buenos que busca el bien de la tropa desde la soledad del náufrago en medio de la marea.
Añoraré tu corazón rojo de “me encanta”. Quieropensar que apruebas lo que escribo. Yo te seguiré viendo como aquel niño con quien compartí lo mejor de mi infancia, mientras, con sonrisa de pillo, lías otro cigarrillo de picado y orbitas, cada noche, buscando la luz del faro de Amelia que te sigue haciendo señales desde la atalaya de vuestra casa.
A Enrique Teso Vilar, in memoriam

