Aquellas mañanas de verano

Aquellas doradas mañanas de verano, cuando refrescaban las calles con agua que aún sonaba a río y que las rosas de los jardines miraban con envidia.

Aquellas mañanas de flequillo en el pelo y alas en los ojos, aquellas mañanas, ya solo viven en la telaraña de los recuerdos y sumergidas en la neblina de los años despistados en el tiempo.

Pero hoy, después de tantos años sin ver ese rocío de manguera, he vuelto a ver a un jardinero echar mañana por un chorro de agua y he sentido otra vez aquel rebelde flequillo moreno hasta el morado y las mismas alas en los ojos.

Después, el fantasma desapareció en la tenue neblina, con la misma suavidad con la que había aparecido, dejando la humedad de su breve estancia en los pétalos renacidos de las flores.

Y yo me he quedado con olor a mañana recién hecha. Como entonces.

Mientras las rosas miraban de envidia.


Porque ellas no saben soñar.


© Texto e imagen: Felipe Espílez Murciano