Árboles heridos
«Al árbol lo acompañan las hojas,
y si está seco ya no es árbol.»
Con apenas dos versos, Rafael Alberti formula una idea tan sencilla como inquietante. Un árbol no es solo un tronco que permanece en pie. Lo acompañan las hojas, la savia, los pájaros, la sombra, el movimiento de sus ramas. Lo acompaña, en definitiva, la vida.
Por eso, cuando un árbol es herido, algo más que su madera resulta dañado. El hacha que abre la corteza, el fuego que consume las ramas o el rayo que parte el tronco interrumpen una existencia que parecía destinada a permanecer. A veces ni siquiera hace falta la violencia: también hay árboles que envejecen, se secan y caen, dejando en el paisaje un vacío que antes ocupaban con naturalidad.
La poesía ha sabido mirar ese momento. Frente al árbol vigoroso, protector o cargado de memoria que hemos encontrado tantas veces en estas páginas, aparecen ahora árboles amenazados, quemados, abatidos o muertos. Y con ellos surge también la conciencia de lo que se pierde. Porque la desaparición de un árbol alcanza a cuanto vivía a su alrededor: las hojas, los nidos, la sombra, el aire, el paisaje.
Quizá por eso aquellos dos versos de Alberti adquieren una resonancia mayor de la que parece:
«Al árbol lo acompañan las hojas,
y si está seco ya no es árbol.»
A partir de ahí comienza la herida.
Gloria Fuertes: el árbol ante el fuego
HUMO EN LOS ARBOLES
Vi llenos de humo los árboles,
ese humo no es libre hasta que ellos se queman;
los árboles abren sus brazos y temen
al trueno y al hombre que riega sus ecos.
Vi llenos de humo los árboles secos;
rebosando alma mis brazos remen
hacia la hoguera de aquel cemen-
terio de hombres como muñecos.
de hombres como muñecos.
Mi cuerpo frágil de alma lleno,
mi alma presa hasta que yo me encienda
y ella pueda escaparse por mi seno,
marcha de mala gana por mi senda,
pensando en lo que es malo, pero bueno,
yo sangro por pecar y ella es la venda. 1Fuertes, Gloria. Obras incompletas. Ed. Cátedra. Madrid, 1981.
Con Gloria Fuertes, la herida adquiere una forma concreta. Ya no contemplamos simplemente el árbol que ha perdido sus hojas: aparece el humo, anuncio de un fuego que amenaza con devorarlo.
En “Humo en los árboles”, la poeta los observa cargados de humo y encuentra en ellos algo más que una imagen de destrucción. Los árboles abren sus brazos y temen ante dos amenazas que aparecen significativamente unidas: el trueno y el hombre.
Pero el poema da pronto un giro. El humo retenido en los árboles, hasta que estos arden, encuentra su correspondencia en el alma encerrada en el cuerpo. Árbol y ser humano quedan unidos por una misma imagen: ambos contienen algo que solo podrá escapar cuando aquello que lo aprisiona sea consumido.
De ahí que el incendio adquiera una dimensión que va más allá del paisaje. La hoguera se transforma en cementerio, los árboles se aproximan a los hombres y la destrucción exterior encuentra su reflejo en la fragilidad del propio cuerpo. Gloria Fuertes convierte así el árbol que arde en una imagen de vulnerabilidad compartida.
Después de la sencilla afirmación de Alberti, el árbol herido empieza aquí a mostrar toda su dimensión simbólica: puede temer, sufrir y desaparecer, pero también puede ayudarnos a hablar de nuestra propia fragilidad.
Miguel Hernández: defender aquello que nos protege
ALABANZA DEL ÁRBOL
Imposible sin ti primavera
los verdes paraísos terrenales.
Solicitud y celo maternales
requiere tu carrera.
Tu producto y tu sombra remunera
el trabajo del cuido:
alta compensación, defensa umbría,
abogado fornido
del frescor en lo estivo empedernido.
Corpulencia de Dios, sobre alegría,
ocupas de verdor la geografía,
robusteces el viento,
y a su corriente muda
imprimes voz, acento,
palabra de los cielos.
Naces con voluntad, no con ayuda,
vienes de Dios y a Él surten tus anhelos.
La soledad tu vegetal criatura
acompaña y procura;
entibia el sol, depura el cielo ambiente,
hace habitable la temperatura
de maneras peores:
en la copa la luz más reluciente,
en lo interior más dulces sus ardores.
Debajo de tu amparo creosotado
las batallas son paces,
el trabajo sosiego sosegado.
Agrupas a los hombres y los haces
hermanos en tu umbría.
La rotación del fruto, la alegría
del pájaro fomentas
y el bienestar y la salud de paso.
Si el aire tú no avientas,
si no estás tú en el aire de consuno,
sin movimiento alguno
se queda el aire, raso.
Tienes fisonomía y sentimiento;
el sol te da tristeza
y las aguas contento.
¡Cúmulo de riqueza!
En ti se asiste el agigantamiento
del tiempo y del paisaje.
Le diré al que te impide y te vulnera
¿qué maldición?, ¿qué ultraje?
La inquisición obrera
está quemando, mártir de madera,
lo hermoso de tu vida;
¡qué imposibilidad ya de los abriles!
Te maltratan los viles
y tú, Dios, los perfumas.
¿Dónde pondrán su vuelo y su manida
las brisas y las plumas?
¡Pobre júbilo umbrío!
Quid de los huertos y los panoramas;
te perniquiebra el hacha con su frío,
con su calor las llamas.
Bautistas ya las ramas,
ya es poda los espacios forestales,
las savias manantiales,
por las frescas matrices
que abren ira y acero en la corteza,
interrumpen la acción de los frutales
y la circulación de las raíces.
El árbol está hecho
para ocupar el mundo de provecho,
como el viento la rama de cantares.
Un bosque nos revela e incorpora,
¡oh soledad sonora!
la majestad de Dios y de los mares.
Hermano y campesino,
hay que extender la encina,
que propagar el pino,
fresco en el campo, ardiente en la cocina.
Vuelve a la educación del arbolado,
a la repoblación de la campaña.
¡Pódame un miembro a mí, pero no al prado!
Espúlgale alternado
el racimo y el piojo.
Cauteriza y restaña
con barro sus heridas del gorgojo.
En nombre de los bosques, yo maldigo
a quien toma venganza, árbol, contigo. 2www.cervantesvirtual.com
En “Alabanza del árbol”, Miguel Hernández comienza celebrando aquello que el árbol ofrece. Sin él parece imposible la primavera y, bajo su copa, el calor se hace más llevadero, el aire cobra movimiento, encuentran refugio los pájaros y los hombres se reúnen a la sombra. El árbol no es un simple elemento del paisaje: contribuye a hacerlo habitable.
La mirada del poeta va recorriendo sus beneficios hasta convertirlo en una presencia generosa. Da fruto, frescor y cobijo; anima el viento y acompaña la soledad. Incluso bajo sus ramas las batallas son paces y los hombres se hacen hermanos en tu umbría. La alabanza adquiere así una dimensión que trasciende lo natural: el árbol representa también un espacio de encuentro y concordia.
Pero el poema cambia bruscamente cuando aparece quien te impide y te vulnera. Frente a todo lo que el árbol proporciona, el ser humano responde con el hacha y con el fuego. La corteza se abre, se interrumpe la circulación de la savia y desaparecen ramas, frutos, sombra y refugio. La herida deja entonces de ser una metáfora: penetra físicamente en el árbol.
Hernández no se limita, sin embargo, a lamentar su destrucción. Frente a ella propone una respuesta. Hay que extender la encina, propagar el pino y volver a la repoblación de la campaña. El poema, escrito muchos años antes de que la preocupación ecológica adquiriera su dimensión actual, contiene una defensa explícita de la conservación y recuperación del arbolado.
Por eso sus últimos versos suenan casi como una declaración de principios:
En nombre de los bosques, yo maldigo
a quien toma venganza, árbol, contigo.
Después del miedo y el fuego que encontrábamos en Gloria Fuertes, Miguel Hernández da un paso más: ante el árbol herido, no basta con lamentar el daño. Hay que protegerlo.
Ida Vitale: salvar el canto
Prendió el fuego en los árboles,
recorrió llama a llama
la materia más muerta.
Salvó el pájaro el canto
en lo aún verde del bosque;
Pulcramente limpiándolo
de crujido y ceniza,
dándole sitio al aire.3Vitale, Ida. Poesía reunida. Ed. Tusquets. Barcelona, 2017.
Bastan unos pocos versos para que Ida Vitale construya la escena. El fuego prende en los árboles y avanza llama a llama por la materia más muerta. No hay aquí la violencia repentina del hacha ni el temor de los árboles de Gloria Fuertes. El incendio se propaga y va separando dos territorios: aquello que ya fue consumido y lo que todavía permanece vivo.
Es entonces cuando aparece el pájaro. Frente al fuego que destruye, consigue salvar su canto en lo aún verde del bosque. La imagen introduce un inesperado movimiento de resistencia. No puede detener las llamas ni devolver la vida a lo quemado, pero preserva aquello que todavía puede sobrevivir.
Y lo hace limpiando el canto de crujido y ceniza y dándole sitio al aire. Frente al ruido del incendio, el humo y la destrucción, quedan el canto y el aire. Dos realidades frágiles e invisibles que, sin embargo, consiguen permanecer.
El poema no niega la herida del bosque, pero tampoco permite que el fuego tenga la última palabra. Mientras quede algo verde, parece decirnos Ida Vitale, todavía habrá un lugar desde el que pueda comenzar de nuevo la vida.
Ida Vitale: cuando desaparece el bosque
Laureles
No iremos más al bosque,
cortaron los laureles,
cortaron los cipreses,
los álamos, los robles,
las civiles palmeras,
la atinada araucaria;
El pino, el eucalipto
después de escarmentarlos.
No iremos más al bosque
en ningún lado, ¿adónde?,
si el desierto prospera
más que la mala hierba.
Cortaron los laureles
el aire, la esperanza,
cortaron lo posible:
cortaron lo cortable,
las nubes en lo alto,
los ríos a sus pies.
Nuestra muerte madura
con la muerte del pez. 4Vitale, Ida. Poesía reunida. Ed. Tusquets. Barcelona, 2017.
Después del fuego, Ida Vitale nos enfrenta a otra forma de destrucción. En “Laureles” no son las llamas las que avanzan entre los árboles: alguien los ha cortado. Y la poeta comienza anunciando una pérdida que parece definitiva:
No iremos más al bosque,
cortaron los laureles.
Pero enseguida comprendemos que no han desaparecido únicamente los laureles. La enumeración se extiende a cipreses, álamos, robles, palmeras, araucarias, pinos y eucaliptos, como si el hacha avanzara de especie en especie hasta no dejar lugar al que regresar. La pregunta ¿adónde? queda entonces casi sin respuesta: donde antes estaba el bosque, el desierto prospera.
La segunda parte del poema lleva esa destrucción todavía más lejos. Porque cortar los árboles significa también cortar el aire, la esperanza y hasta lo posible. Ida Vitale transforma así la tala material en una pérdida mucho mayor: sin los árboles se deterioran las condiciones que sostienen la vida.
Por eso también las nubes y los ríos entran finalmente en el poema. Todo forma parte de un mismo entramado y la destrucción de una de sus piezas alcanza inevitablemente a las demás. El bosque deja de ser un conjunto de árboles para convertirse en un espacio del que dependen el agua, el aire, los animales y también nosotros.
Los últimos versos llevan esa idea hasta sus últimas consecuencias:
Nuestra muerte madura
con la muerte del pez.
La herida que comenzó en los árboles termina alcanzando al ser humano. En “Laureles”, Ida Vitale convierte la tala en algo más que la desaparición de un paisaje: cuando destruimos el bosque, reducimos también nuestro propio lugar en el mundo.
Federico García Lorca: elegía por un árbol
Chopo muerto
¡Chopo viejo!
Has caído
en el espejo
del remanso dormido,
abatiendo tu frente
ante el Poniente.
No fue el vendaval ronco
el que rompió tu tronco,
ni fue el hachazo grave
del leñador, que sabe
has de volver
a nacer.
Fue tu espíritu fuerte
el que llamó a la muerte,
al hallarse sin nidos, olvidado
de los chopos infantes del prado.
Fue que estabas sediento
de pensamiento,
y tu enorme cabeza centenaria,
solitaria,
escuchaba los lejanos
cantos de tus hermanos.
En tu cuerpo guardabas
las lavas
de tu pasión,
y en tu corazón,
el semen sin futuro de Pegaso.
La terrible simiente
de un amor inocente
por el sol de ocaso.
¡Qué amargura tan honda
para el paisaje,
el héroe de la fronda
sin ramaje!
Ya no serás la cuna
de la luna,
ni la mágica risa
de la brisa,
ni el bastón de un lucero
caballero.
No tornará la primavera
de tu vida,
ni verás la sementera
florecida.
Serás nidal de ranas
y de hormigas.
Tendrás por verdes canas
las ortigas,
y un día la corriente
llevará tu corteza
con tristeza.
¡Chopo viejo!
Has caído
en el espejo
del remanso dormido.
Yo te vi descender
en el atardecer
y escribo tu elegía,
que es la mía.5García Lorca, Federico. Libro de poemas (Edición crítica de Mario Hernández)- Ed. Cátedra. Madrid, 1984.
Hasta ahora, los árboles heridos lo eran por el fuego o por la mano del hombre. Federico García Lorca introduce una pérdida distinta. Su viejo chopo ha caído, pero el poeta se apresura a decirnos que no lo derribaron ni el vendaval ni el hachazo grave / del leñador. No hubo violencia exterior.
La explicación que ofrece incumbe enteramente al territorio de la poesía. Fue el propio espíritu fuerte del árbol el que llamó a la muerte al encontrarse sin nidos, olvidado / de los chopos infantes del prado. El chopo aparece así como un ser envejecido y solitario que escucha desde lejos a sus hermanos y parece haber perdido aquello que lo vinculaba a la vida.
Su caída transforma también el paisaje. El árbol que había servido de refugio y acompañado el paso de las estaciones ya no será la cuna / de la luna, ni escuchará la risa de la brisa, ni contemplará una nueva primavera. Poco a poco, otras formas de vida ocuparán su lugar: las ranas, las hormigas y las ortigas anuncian que la naturaleza continúa, aunque aquel árbol concreto haya llegado a su fin.
Pero Lorca no contempla su desaparición con indiferencia. Su caída provoca una amargura tan honda en el paisaje, y el poeta escribe su elegía, como la escribiría ante la muerte de alguien querido. El chopo ha dejado de ser un elemento más de la ribera para convertirse en una presencia individual, irrepetible, cuya ausencia merece ser recordada.
El último verso termina de unir al poeta con el árbol:
y escribo tu elegía,
que es la mía.
La muerte del viejo chopo se convierte entonces en reflejo de la propia condición humana. También nosotros envejecemos, perdemos cuanto nos acompañaba y sabemos que llegará un momento en que otros ocuparán el espacio que dejamos. Entre todos los árboles heridos de este recorrido, el de Lorca quizá sea el más cercano a nosotros: nadie lo ha destruido; sencillamente, ha llegado al final de su vida.
Miguel de Unamuno: la fragilidad de estar solo
ÁRBOL SOLITARIO
―Se alza en campo yermo,
Desafía las iras
Del rayo del cielo.
La tormenta cuajó y suelto el rayo
Tronchó del árbol el robusto tronco.
¡Ay del árbol solo
Que en un campo yermo
Desafía las iras
Del rayo que es ciego! 6 https://es.wikisource.org/wiki/%C3%81rbol_solitario
Un árbol se alza en medio de un campo yermo. No hay bosque que lo proteja ni otros árboles que compartan con él la intemperie. Está solo y, desde esa soledad, parece desafiar al cielo.
Así comienza “Árbol solitario”, un breve poema en el que Miguel de Unamuno concentra una escena de enorme sencillez: frente al árbol erguido aparece la amenaza del rayo. La oposición parece, en principio, presentar dos fuerzas semejantes. El tronco es robusto y el árbol resiste en mitad del campo abierto. Pero la tormenta acaba rompiendo ese equilibrio:
La tormenta cuajó y suelto el rayo
tronchó del árbol el robusto tronco.
La palabra robusto hace todavía más significativa la caída. No estamos ante un árbol seco o envejecido, como el chopo de Lorca, sino ante uno aparentemente fuerte. Su destrucción recuerda que incluso aquello que parece más firme puede sucumbir en un instante.
Unamuno vuelve entonces a la imagen inicial y la transforma en advertencia. El árbol continúa siendo el árbol solo, expuesto en medio del campo yermo a un rayo que el poeta califica de ciego. No existe intención ni culpable: la naturaleza actúa sin distinguir aquello que destruye.
Pero la soledad del árbol permite también una lectura más amplia. Aislado en el paisaje, enfrentado por sí mismo a fuerzas que lo superan, resulta difícil no reconocer en él algo de la condición humana. Su fortaleza no basta para hacerlo invulnerable.
Con este árbol alcanzado por el rayo termina nuestro recorrido por los árboles heridos. Unos fueron quemados, otros cortados; uno llegó al final de su vida y este último cae bajo la tormenta. Cambian las causas, pero permanece una misma certeza: incluso los seres que parecen más sólidos y duraderos forman parte de un mundo frágil y cambiante.
Los árboles también llevan sus heridas. Algunas quedan abiertas en la corteza; otras dejan un tocón, un tronco ennegrecido o un espacio vacío allí donde antes había sombra. Y, aunque el bosque continúe y la naturaleza encuentre caminos para renovarse, cada árbol perdido transforma de algún modo el lugar que ocupaba.
Quizá por eso la poesía se detiene ante ellos. Porque al contemplar un árbol herido no vemos solamente madera quebrada, hojas convertidas en ceniza o ramas que ya no volverán a brotar. Vemos también la fragilidad de aquello que parecía destinado a permanecer. Y comprendemos que cuidar los árboles es, en alguna medida, cuidar el mundo que compartimos con ellos.
© Texto e ilustraciones: José Luis Pérez Fuente









