Árboles sobre una ciudad cansada
Inter lapides arbores
La poesía es así: un árbol desconocido que cruza la ciudad.
— Miguel Ángel Zapata
Las ciudades también tienen estaciones, aunque a veces las olviden. Bajo el ruido de los coches, las luces de los escaparates, los edificios que se multiplican y la prisa que erosiona los días, sobreviven todavía ciertos árboles que parecen guardar otra medida del tiempo. No suelen ocupar el centro de la mirada: aparecen en plazas, aceras, parques pequeños, patios interiores o avenidas donde el tráfico y la costumbre terminan volviéndolos invisibles. Sin embargo, la poesía vuelve una y otra vez hacia ellos, como si en sus ramas permaneciera algo que la ciudad moderna aún no ha conseguido extinguir.
Los árboles urbanos rara vez representan una naturaleza intacta. Conviven con el asfalto, las farolas, las estatuas, los tribunales, los bancos húmedos o los vagones del metro. Son árboles atravesados por la evocación y por la historia de quienes pasan junto a ellos. A veces aparecen como refugio frente a la dureza de la ciudad; otras, como testigos silenciosos del paso del tiempo, de la pérdida o de la transformación de los lugares. En ocasiones bastan unos árboles arrancados para expresar el vacío de una vida entera.
En muchos de estos poemas, la ciudad parece fatigada: cansada de sí misma, de sus leyes, de su velocidad, de sus olvidos. Frente a ella, los árboles introducen otra respiración. No detienen el mundo urbano, pero lo interrumpen durante un instante. Bajo su sombra, incluso la memoria encuentra un lugar donde permanecer.
Los poemas reunidos en este bloque muestran distintas formas de esa convivencia entre naturaleza y ciudad. Las plazas de Jorge Luis Borges, Alfonsina Storni o Andrés Trapiello convierten los árboles en parte esencial del paisaje humano. En Mario Benedetti y Jorge Castro, los árboles aparecen ligados al recuerdo y a la desaparición de lo vivido. José Hierro transforma sus árboles de Dublín en una experiencia de imaginación, nostalgia y poesía. Y en los versos de Miguel Ángel Zapata, el árbol llega incluso a cruzar la ciudad como una presencia inesperada, capaz todavía de devolverle sentido a la mirada.
Quizá por eso la poesía continúa acercándose a ellos. Porque entre el cemento y el cansancio urbano, los árboles siguen recordándole al ser humano que aún existe algo vivo que no se mueve al ritmo de las máquinas.
I. La ciudad bajo los árboles
Todo sentir se aquieta
bajo la absolución de los árboles.
— Jorge Luis Borges
Las plazas urbanas constituyen uno de los espacios más significativos de la poesía moderna sobre la ciudad. En ellas convergen el movimiento y la quietud, la vida colectiva y la experiencia íntima, el tránsito cotidiano y la contemplación. Asientos, esculturas, alumbrado, inmuebles oficiales o avenidas forman parte de esos escenarios donde el ser humano parece habitar entre la prisa y la desmemoria inducida.
Dentro de ese paisaje urbano, los árboles adquieren una presencia especial, surgiendo como una forma distinta de respiración en medio de la ciudad. Bajo sus ramas, la mirada se detiene y el tiempo parece adquirir otra densidad. A veces acompañan silenciosamente la vida de quienes atraviesan las calles o plazas; otras, atenúan la dureza del entorno urbano o introducen un instante de calma frente al ruido y las obligaciones de la vida moderna.
Los poemas de Andrés Trapiello, Alfonsina Storni y Jorge Luis Borges muestran tres maneras distintas de mirar esos espacios urbanos. En ellos, los árboles conviven con edificios institucionales y con el mobiliario urbano, convirtiéndose en símbolos de resistencia, refugio o contemplación dentro de una ciudad que nunca deja de transformarse.
La ley antigua de los árboles — Andrés Trapiello
PLAZA DE PARÍS
Entran, salen las gentes preocupadas
de la Audiencia, del Tribunal Supremo
con el semblante serio y sus fúnebres trajes.
El cielo de Madrid, también togado,
amenaza tormenta y la Justicia
de los hombres se acerca o se distancia
conforme a leyes que ellos en el yunque
de su interés someten como blandos metales.
No obstante, enfrente,
en las ramas desnudas de los árboles
una tropa de pájaros trabaja
con ley aún más antigua
en nuestra primavera. No hace frío
y el aire se anticipa perfumado.
Sólo el invierno y yo, apartados unos
metros de allí, miramos esa escena,
y tanto el corazón muestra su júbilo
que imposible le hubiera resultado
discernir en sus lágrimas
cuáles fueron de adiós, cuáles de bienvenida.
La ciudad que aparece en este poema de Andrés Trapiello no es una ciudad abstracta, sino un espacio perfectamente reconocible: el Madrid institucional y solemne que rodea el Tribunal Supremo y la Audiencia. Desde el comienzo, el poema sitúa al lector en un paisaje dominado por los símbolos de la justicia humana: edificios oficiales, trajes oscuros, semblantes graves y leyes moldeadas —según afirma el poeta— en el yunque / de su interés. Todo parece envuelto en una atmósfera fría, burocrática y casi invernal.
Sin embargo, frente a ese escenario rígido, Trapiello introduce de pronto otro orden distinto: el de los árboles y los pájaros. Mientras los hombres entran y salen de los tribunales preocupados por sus propias leyes, en las ramas desnudas de los árboles / una tropa de pájaros trabaja / con ley aún más antigua. El contraste sostiene el núcleo del poema. La justicia de los hombres aparece sometida a intereses cambiantes; la de la naturaleza, en cambio, responde a un ciclo anterior a cualquier institución humana.
Los árboles son los verdaderos depositarios de una verdad más profunda y más estable que la ciudad parece haber olvidado. Incluso desnudos, en pleno invierno, anuncian la llegada de la primavera. La imagen de los pájaros trabajando entre las ramas introduce una silenciosa esperanza en medio de un entorno dominado por la severidad y la rutina urbana.
Esa oposición entre ciudad y naturaleza no desemboca, sin embargo, en una visión trágica o desesperanzada. El poema se mueve hacia una emoción más compleja e íntima. El yo poético contemplar la escena desde cierta distancia, acompañado simbólicamente por el invierno, y percibe cómo algo comienza a transformarse. El aire se anticipa perfumado y el corazón experimenta un júbilo ambiguo en el que se mezclan despedida y renacimiento:
imposible le hubiera resultado
discernir en sus lágrimas
cuáles fueron de adiós, cuáles de bienvenida.
En ese final reside una de las mayores virtudes del poema. La ciudad continúa siendo la misma, con sus tribunales y sus ceremonias cotidianas, pero los árboles introducen una grieta en esa realidad aparentemente inmóvil. Bajo sus ramas aparece la posibilidad de otro tiempo: el tiempo lento de las estaciones, de la memoria y de la renovación silenciosa de la vida.
Esqueletos arbóreos — Alfonsina Storni
PLAZA EN INVIERNO
Árboles desnudos
corren una carrera
por el rectángulo de la plaza.
En sus epilépticos esqueletos
de volcadas sombrillas
se asientan,
en bandada compacta,
los amarillos
focos luminosos.
Bancos inhospitalarios,
húmedos
expulsan de su borde
a los emigrantes soñolientos.
Oyendo fáciles arengas ciudadanas,
un prócer,
inmóvil sobre su columna
se hiela en su bronce.
En este poema, Alfonsina Storni transforma la plaza urbana en un espacio áspero y deshumanizado donde el invierno parece extenderse más allá del clima para convertirse en una condición moral de la ciudad. Frente a la serenidad contemplativa que aparecía en Trapiello, aquí el paisaje urbano se presenta frío, geométrico y hostil. Todo parece dominado por una sensación de inmovilidad y desgaste.
Desde el comienzo, la poeta introduce una imagen profundamente visual y expresionista. Los árboles dejan de aparecer como símbolo de refugio o de armonía natural para convertirse en epilépticos esqueletos / de volcadas sombrillas. La metáfora resulta especialmente poderosa porque mezcla lo humano y lo urbano con lo vegetal: las ramas desnudas recuerdan cuerpos convulsos, estructuras rotas o paraguas abandonados bajo la intemperie. La plaza ya no respira vida; apenas conserva una vibración nerviosa y agotada.
Sobre esos esqueletos arbóreos se posan los amarillos / focos luminosos, como si la luz artificial hubiera sustituido definitivamente a la naturaleza. El color amarillo rompe momentáneamente el tono grisáceo del poema, pero no aporta calidez. Se trata de una iluminación eléctrica, urbana, casi enfermiza, que acentúa aún más la sensación de desamparo.
También los bancos participan de esa hostilidad del entorno. Son inhospitalarios y húmedos; expulsan a quienes buscan descanso, convertidos aquí en emigrantes soñolientos. La ciudad aparece, así como un lugar incapaz de acoger plenamente a quienes la habitan. Incluso la presencia humana resulta frágil, desplazada y anónima.
El poema culmina con otra figura inmóvil: la estatua del prócer que se hiela en su bronce mientras escucha fáciles arengas ciudadanas. La imagen introduce una crítica silenciosa a los discursos públicos y a ciertos símbolos oficiales vaciados de vida. Frente a ellos, los árboles desnudos —aunque deformados por el invierno y la luz urbana— siguen siendo las figuras más intensamente vivas del poema.
Storni construye así una de las visiones urbanas más modernas de este espacio poético dedicado al árbol enraizado en la urbe. La plaza es un escenario donde la ciudad muestra su cansancio, su soledad y su frialdad. Sin embargo, incluso convertidos en esqueletos, los árboles continúan ocupando el centro de la mirada poética, como si todavía conservaran la memoria de una vida que la ciudad apenas consigue ocultar.
La tarde bajo los jacarandás — Jorge Luis Borges
LA PLAZA SAN MARTÍN
A Macedonio Fernández
En busca de la tarde
fui apurando en vano las calles.
Ya estaban los zaguanes entorpecidos de sombra.
Con fino bruñimiento de caoba
la tarde entera se había remansado en la plaza,
serena y sazonada,
bienhechora y sutil como una lámpara,
clara como una frente,
grave como un ademán de hombre enlutado.
Todo sentir se aquieta
bajo la absolución de los árboles
–jacarandás, acacias–
cuyas piadosas curvas
atenúan la rigidez de la imposible estatua
y en cuya red se exalta
la gloria de las luces equidistantes
del leve azul y de la tierra rojiza.
¡Qué bien se ve la tarde
desde el fácil sosiego de los bancos!
Abajo
el puerto anhela latitudes lejanas
y la honda plaza igualadora de almas
se abre como la muerte, como el sueño.
Después de la dureza urbana y casi expresionista de Alfonsina Storni, el poema de Borges introduce una mirada muy distinta sobre la plaza y los árboles de la ciudad. Aquí el espacio urbano ya no aparece como un lugar hostil o degradado, sino como un ámbito de contemplación donde la tarde parece detener lentamente el ritmo del mundo. La plaza se convierte en una forma de serenidad.
Desde los primeros versos, el poema construye una transición entre el movimiento de las calles y la calma del espacio abierto. El yo poético llega en busca de la tarde, atravesando una ciudad cuyos zaguanes ya están invadidos por la sombra, hasta descubrir que la luz se ha remansado en la plaza. El verbo es muy significativo: la tarde deja de avanzar y adquiere la quietud de un agua detenida. Borges transforma así la plaza urbana en un lugar suspendido entre la luz y la memoria.
Los árboles desempeñan un papel esencial en esa transformación, son presencias capaces de modificar emocionalmente el espacio. Bajo ellos, todo sentir se aquieta. La expresión la absolución de los árboles constituye uno de los versos más hermosos de este bloque, porque convierte a jacarandás y acacias en figuras casi protectoras o sagradas. Sus ramas suavizan el peso de la ciudad y atenúan incluso la rigidez de la imposible estatua.
Frente a la frialdad monumental de la piedra y el bronce, los árboles introducen curvas, sombra, movimiento y humanidad. Borges los contempla como mediadores entre la naturaleza y la ciudad, entre la tierra rojiza y el leve azul del cielo. En sus ramas y en su red de luces aparece una armonía silenciosa que transforma la plaza en un espacio de igualdad y recogimiento.
También resulta importante la presencia de los bancos, que aquí dejan de ser inhóspitos —como ocurría en Storni— para convertirse en lugar de descanso y observación. Desde ellos, la tarde puede contemplarse con un fácil sosiego, expresión que resume perfectamente la atmósfera del poema.
El final amplía todavía más la dimensión simbólica de la plaza. Mientras el puerto sueña con latitudes lejanas, la plaza igualadora de almas se abre como la muerte, como el sueño. Borges convierte así un rincón concreto de Buenos Aires en una experiencia casi metafísica. La ciudad continúa existiendo alrededor, pero bajo los árboles surge un instante de suspensión donde el tiempo, la memoria y la contemplación parecen reconciliarse.
II. Los árboles que ya no están
Imaginar y recordar
se superponen y confunden.
— José Hierro
En muchos poemas, los árboles no aparecen únicamente como parte del paisaje, sino como depositarios de la memoria. Bajo sus ramas transcurren conversaciones, juegos, despedidas o instantes de felicidad que el tiempo termina alejando. Cuando esos árboles desaparecen —o cuando quien recuerda ya no puede volver a ellos—, queda la sensación de que algo esencial del pasado se ha perdido también con su ausencia.
La poesía encuentra en esos árboles desaparecidos una forma especialmente intensa de expresar el paso del tiempo. A veces basta una avenida sin árboles, una plaza transformada o el recuerdo de una sombra compartida para hacer visible la distancia entre lo vivido y el presente. El árbol se convierte entonces en testigo silencioso de aquello que ya no puede recuperarse por completo.
Los poemas de Mario Benedetti, Jorge Castro y Antonio Machado comparten esa emoción melancólica. En ellos, los árboles aparecen unidos a la memoria personal y colectiva, al desgaste de los lugares y a la transformación inevitable de la vida. Más que describir la naturaleza, estos poemas evocan aquello que permanece en la conciencia cuando el paisaje ha cambiado o desaparecido.
La ausencia de los árboles — Mario Benedetti
Eso dicen
que al cabo de diez años
todo ha cambiado
allá
dicen
que la avenida está sin árboles
y no soy quién para ponerlo en duda
¿acaso yo no estoy sin árboles
y sin memoria de esos árboles
que según dicen
ya no están?
La extraordinaria sencillez de este poema de Mario Benedetti encierra una de las reflexiones más profundas de todo este artículo: la desaparición de los árboles como símbolo de la pérdida del pasado y de la transformación interior del ser humano. Con apenas unos versos breves y coloquiales, el poeta convierte una avenida sin árboles en imagen de una vida atravesada por el tiempo.
El poema se construye sobre la distancia. Todo ocurre allá, en un lugar del que el yo poético parece haberse separado física y emocionalmente. La repetición de dicen introduce además una sensación de incertidumbre y extrañamiento: el poeta ya no contempla directamente esa avenida, sino que recibe noticias de ella, como si el pasado hubiera quedado fuera de su alcance.
La desaparición de los árboles funciona entonces como una metáfora doble. Por un lado, expresa el cambio material de la ciudad, la transformación de los espacios urbanos y la pérdida de ciertos paisajes reconocibles. Pero, al mismo tiempo, refleja una transformación interior mucho más íntima. El verso central del poema desplaza de pronto el sentido de la ausencia:
¿acaso yo no estoy sin árboles…?
Los árboles dejan de pertenecer únicamente a la avenida para formar parte de la identidad emocional del sujeto. El yo poético también se ha quedado sin árboles, es decir, sin una parte esencial de aquello que sostenía su memoria y su vínculo con el pasado.
Especialmente conmovedora resulta la expresión:
sin memoria de esos árboles
porque sugiere un deterioro todavía más profundo que la simple nostalgia. No solo desaparecen los árboles reales; comienza también a borrarse el recuerdo mismo de ellos. Benedetti convierte así la pérdida del paisaje en una reflexión sobre la fragilidad de la memoria humana y sobre la manera en que el tiempo va erosionando lentamente tanto los lugares como las emociones asociadas a ellos.
La brevedad del poema intensifica todavía más su efecto. No hay descripciones extensas ni imágenes complejas: únicamente una voz contenida, casi conversacional, que deja resonando una melancolía silenciosa. En esa economía expresiva reside precisamente una de las mayores virtudes del poema. Benedetti demuestra cómo unos pocos árboles ausentes pueden condensar toda una experiencia del paso del tiempo, de la distancia y de la pérdida.
El árbol que nos vio reír — Jorge Castro
PEQUEÑOS MUNDOS
Veo pequeños mundos
que sin detenerse a mirar
prosiguen con el antiguo oficio
de labrar su propia historia.
Tienen las manos tan llenas de tiempo
que ignoran que el verdadero momento
desaparece cuando ya lo has nombrado.
Ya nada queda de aquel árbol que nos vio reír,
mientras el sol
(salpicando con sus últimos rayos de vida
el sueño de las palabras)
declinaba ante nuestros ojos
la propuesta de la noche
para yacer bajo el mismo manto.
El tiempo todo lo cambia
sin dejar de ser.
La luz de aquella hora fue,
durante el breve instante
en que la brisa besó el silencio,
frío silencio que nunca llegó a existir.
Pequeños mundos es un poema atravesado por la conciencia del tiempo y por la fragilidad de ciertos instantes que solo adquieren verdadero significado cuando ya pertenecen al recuerdo. Frente a la visión urbana y colectiva de otros poemas de este artículo, Jorge Castro sitúa la mirada en una experiencia íntima y compartida, donde el árbol deja de ser únicamente un elemento del paisaje para convertirse en testigo emocional de una vida vivida junto a otros.
Desde el comienzo, el poema introduce una reflexión sobre la velocidad con la que transcurre la existencia. Los pequeños mundos avanzan absortos en el antiguo oficio / de labrar su propia historia, incapaces de detenerse plenamente en el presente. La expresión las manos tan llenas de tiempo resulta especialmente significativa porque transforma el tiempo en una materia casi física, algo que ocupa y condiciona la vida de las personas hasta impedirles reconocer la intensidad del instante mientras ocurre.
Esa reflexión inicial desemboca después en el centro emocional del poema:
Ya nada queda de aquel árbol que nos vio reír…
El árbol aparece aquí como depositario de una memoria compartida. Bajo sus ramas tuvo lugar un momento de felicidad íntima, ligado a la luz del atardecer, al lenguaje y al deseo de permanencia. Sin embargo, el tiempo ha borrado tanto el árbol como aquel instante vivido bajo él. La desaparición del paisaje expresa también la imposibilidad de conservar intacta la experiencia humana.
Especialmente hermosa resulta
la imagen del sol:
salpicando con sus últimos rayos de vida
el sueño de las palabras
porque convierte la escena recordada en una especie de frontera entre la realidad y la evocación poética. La tarde declina lentamente hacia la noche mientras el recuerdo intenta fijar algo que ya estaba comenzando a desaparecer en el mismo momento en que sucedía.
El poema avanza así hacia una idea profundamente melancólica: todo cambia sin dejar de ser. El tiempo transforma los lugares, las emociones y las personas, pero permanece en la memoria una huella difícil de explicar racionalmente. De ahí la paradoja final: frío silencio que nunca llegó a existir.
La memoria ya no distingue del todo entre lo vivido y lo imaginado, entre la emoción real y la reconstrucción posterior de la memoria. Rememorar se convierte también en una forma de reinventar el pasado.
En este poema, el árbol no representa únicamente la naturaleza perdida, sino la persistencia emocional de un instante compartido. Aunque ya nada queda de aquel lugar, el poema demuestra que ciertas escenas sobreviven todavía en la conciencia gracias a la palabra poética.
Los árboles de la infancia — Antonio Machado
LAS ENCINAS
(fragmento)
De los parques las olmedas
son las buenas arboledas
que nos han visto jugar,
cuando eran nuestros cabellos
rubios y, con nieve en ellos,
nos han de ver meditar.
En estos breves versos de Antonio Machado, los árboles aparecen unidos de manera inseparable al paso del tiempo humano. Frente a la melancolía más dolorosa de Benedetti o la evocación sentimental de Jorge Castro, Machado introduce una mirada serena y profundamente humana sobre el recuerdo. Las olmedas de los parques representan un paisaje de la infancia y una presencia silenciosa que acompaña toda la vida.
El poema se construye sobre una idea muy sencilla y al mismo tiempo universal: los árboles permanecen mientras las personas cambian. Las buenas arboledas han contemplado primero los juegos infantiles y contemplarán después la vejez meditativa. Bajo sus ramas transcurren las distintas edades del ser humano, como si los árboles custodiaran discretamente el paso de la existencia.
Especialmente hermoso resulta el contraste entre:
nuestros cabellos
rubios
y:
con nieve en ellos
La imagen transforma las canas de la vejez en una nevada simbólica, vinculando el tiempo humano con los ciclos naturales. Machado consigue así integrar la biografía personal dentro de un orden más amplio y tranquilo, donde la vida avanza sin estridencias hacia la madurez y la reflexión.
A diferencia de otros poemas de este ensayo, aquí no aparece la desaparición del árbol ni la ruptura con el pasado. Las olmedas continúan presentes, acompañando silenciosamente la transformación de quienes pasan bajo ellas. El árbol es un recuerdo, es continuidad, permanencia y testigo fiel de la experiencia humana.
En apenas seis versos, Machado resume una de las intuiciones más profundas de toda la poesía sobre los árboles: mientras las ciudades cambian y las personas envejecen, las arboledas conservan la memoria de quienes alguna vez jugaron, soñaron o pensaron bajo su sombra.
III. Imaginar y recordar
La poesía es como el viento.
— José Hierro
En los poemas anteriores, los árboles aparecían ligados a la memoria personal, a la infancia o a la desaparición de ciertos paisajes urbanos. En José Hierro, sin embargo, el recuerdo adquiere una dimensión todavía más compleja: la memoria deja de ser únicamente evocación del pasado para convertirse también en imaginación y en creación poética.
“Teoría y alucinación de Dublín” reflexiona sobre la capacidad de la poesía para devolver momentáneamente la vida a aquello que ya no existe —o quizá nunca existió del todo—. Los árboles de Dublín no son únicamente árboles reales: pertenecen también al territorio incierto donde se mezclan la experiencia, el deseo y la memoria reconstruida por la palabra.
Hierro convierte así la poesía en una fuerza semejante al viento, al fuego o al mar: algo invisible que hace vibrar durante un instante aquello que parecía inmóvil o perdido. En ese espacio intermedio entre recuerdo e imaginación, los árboles dejan de ser solo paisaje para transformarse en emoción persistente, en espectro y en necesidad de sentirse todavía vivo.
La poesía como espectro de la memoria — José Hierro
Teoría y alucinación de Dublín
(fragmentos)
La poesía es como el viento,
o como el fuego, o como el mar.
Hace vibrar árboles, ropas,
abrasa espigas, hojas secas,
acuna en su oleaje los objetos
que duermen en la playa.
La poesía es como el viento,
o como el fuego, o como el mar:
da apariencia de vida
a lo inmóvil, a lo paralizado.
Y el leño que arde,
las conchas que las olas traen o llevan,
el papel que arrebata el viento,
destellan una vida momentánea
entre dos inmovilidades.
[…]
Me acuerdo de los árboles de Dublín.
(Imaginar y recordar
se superponen y confunden;
pueblan, entrelazados, un instante vacío
con idéntica emoción.
Imaginar y recordar…)
Me acuerdo de los árboles de Dublín…
Alguien los vive y los recuerdo yo.
De los árboles caen hojas doradas
sobre el asfalto de Madrid.
Crujen bajo mis pies, sobre mis hombros,
acarician mis manos,
quisieran exprimirme el corazón.
No sé si lo consiguen…
Imaginar y recordar…
Hay un momento que no es mío,
no sé si en el pasado, en el futuro,
si en lo imposible… Y lo acaricio, lo hago
presente, ardiente, con la poesía.
No sé si lo recuerdo o lo imagino.
[…]
Fuera no es Dublín lo que veo,
sino Madrid.
En “Teoría y alucinación de Dublín”, José Hierro lleva la relación entre árboles, memoria y ciudad hacia un territorio mucho más complejo y profundamente poético que en los textos anteriores. Aquí el árbol ya no representa únicamente un paisaje perdido o un recuerdo biográfico: se convierte en una aparición mental, en una emoción que existe simultáneamente en la memoria, en la imaginación y en la propia escritura.
La primera parte del poema funciona casi como una poética personal. Hierro define la poesía mediante imágenes naturales —viento, fuego, mar— y la presenta como una fuerza capaz de animar momentáneamente aquello que parecía inmóvil. Resulta muy significativo que entre esas imágenes aparezcan también los árboles y las hojas secas. La poesía hace vibrar árboles igual que el viento, otorgando durante un instante una intensidad nueva a las cosas más frágiles y efímeras.
Especialmente importante es la idea de la vida momentánea / entre dos inmovilidades. Con ella, Hierro sugiere que la poesía no puede detener el paso del tiempo ni recuperar plenamente el pasado, pero sí iluminar fugazmente aquello que parecía perdido. El poema se convierte así en una forma de resistencia frente al olvido.
Esa reflexión teórica desemboca después en la “alucinación” de Dublín. El poeta recuerda unos árboles que quizá nunca conoció verdaderamente, o que solo existen ya como reconstrucción emocional. Desde el comienzo aparece la duda esencial del poema:
Imaginar y recordar
se superponen y confunden.
La memoria deja de ser un simple ejercicio de evocación para convertirse en una experiencia incierta, donde lo vivido y lo imaginado terminan mezclándose. Los árboles de Dublín pertenecen tanto al recuerdo como al deseo de recordar.
Uno de los momentos más hermosos del poema surge cuando las hojas doradas de esos árboles caen sobre el asfalto de Madrid. La imagen une dos ciudades distintas dentro de un mismo espacio interior. El paisaje real desaparece y solo permanece la emoción que la poesía consigue mantener viva. Dublín y Madrid se superponen igual que se superponen imaginación y memoria.
Las hojas adquieren además una presencia casi física:
Crujen bajo mis pies, sobre mis hombros,
acarician mis manos…
El recuerdo deja de ser abstracto para transformarse en experiencia sensorial. Sin embargo, el poeta nunca llega a saber con certeza si aquello pertenece realmente a su pasado o a una construcción poética. De ahí la confesión final:
No sé si lo recuerdo o lo imagino.
Esa incertidumbre constituye el verdadero núcleo del poema. Hierro sugiere que la poesía no reproduce fielmente la realidad, sino que crea una verdad emocional distinta, hecha de espectros, intuiciones y recuerdos reconstruidos. Los árboles de Dublín sobreviven precisamente porque alguien los imagina y los nombra.
Cuando el poeta se asoma finalmente a la ventana y descubre que fuera no está Dublín, sino Madrid, el poema alcanza una dimensión profundamente humana. La ciudad real continúa siendo gris y cotidiana, pero la poesía ha conseguido abrir durante unos instantes un espacio donde la memoria vuelve a respirar. En ese territorio intermedio entre la vida y el recuerdo, los árboles se convierten en símbolos de una emoción persistente: la necesidad de sentir, aunque solo sea fugazmente, que algo todavía permanece vivo.
IV. El árbol que cruza la ciudad
Escribo poesía caminando.
— Miguel Ángel Zapata
En los poemas de Miguel Ángel Zapata, la ciudad deja de ser únicamente escenario de pérdida o memoria para convertirse en un espacio todavía atravesado por la naturaleza, la contemplación y la experiencia poética. Los árboles ya no aparecen como vestigios del pasado, sino como presencias vivas capaces de irrumpir en medio del movimiento urbano y devolverle al ser humano una forma distinta de mirar.
Un árbol cruza la ciudad propone una visión profundamente sensorial del paisaje contemporáneo. Calles, bicicletas, patios, estaciones, puentes o ventanas se llenan de pájaros, viento, hojas, geranios y árboles que parecen dialogar continuamente con la experiencia interior del poeta. La naturaleza no desaparece frente a la ciudad: la atraviesa, la ilumina y la transforma desde dentro.
En estos poemas, la poesía se convierte también en una forma de desplazamiento. Caminar, pedalear, mirar desde una ventana o recorrer una plaza forman parte de una misma búsqueda: recuperar una intensidad vital que el ruido urbano y la velocidad moderna parecen amenazar constantemente. El árbol aparece entonces como símbolo de respiración, de asombro y de permanencia sensible en medio del mundo contemporáneo.
La ciudad atravesada por los árboles — Miguel Ángel Zapata
Un árbol cruza la ciudad
(fragmentos)
Escribo poesía caminando.
[…]
Las ciudades pasan con sus ojeras
bebiéndose toda el agua de las calles.
[…]
La poesía es así: un árbol desconocido
que cruza la ciudad.
Paseas en tu bicicleta y entre el aguacero otra vez
una palabra, una alegría inesperada, una lágrima que
se va.
[…]
la excitación del aire tibio con la luz
de los árboles que cruzan la ciudad como perros solitarios.
Podría ser la felicidad un rayo de luz en tu ventana,
ese incesante revuelo de alas que se retuercen hasta
reescribir el sol o simplemente la vista de los pinos
hacia el otro lado de la sombra.
Crecí entre tus calles
con la neblina
en mi boca.
[…]
crucé cada día
el puente de piedra
y la plaza mayor
con mis frutas frescas
y cuadernos llenos de árboles.
En los poemas de Miguel Ángel Zapata, la ciudad deja de aparecer como un espacio cerrado, gris o puramente mecánico para convertirse en un territorio todavía atravesado por la naturaleza y por la experiencia poética. Frente a la sensación de pérdida que recorría a Benedetti o a la memoria espectral de José Hierro, aquí los árboles irrumpen en el presente urbano como señales de vitalidad y de asombro cotidiano.
Desde el comienzo, el poeta establece una relación muy directa entre escritura y movimiento:
Escribo poesía caminando.
La poesía nace mientras el yo poético atraviesa calles, patios, estaciones o plazas. No surge desde el aislamiento, sino desde la experiencia física de habitar la ciudad. Sin embargo, esa ciudad contemporánea aparece también marcada por el cansancio y la deshumanización:
Las ciudades pasan con sus ojeras
bebiéndose toda el agua de las calles.
La imagen de las ojeras convierte a la ciudad en un cuerpo agotado, insomne y vulnerable. Frente a esa fatiga urbana, los árboles introducen una forma distinta de respiración. Por eso el verso central del libro adquiere una dimensión casi simbólica:
La poesía es así: un árbol desconocido
que cruza la ciudad.
El árbol deja de ser un elemento inmóvil del paisaje para transformarse en una presencia dinámica, inesperada y viva. Cruza la ciudad igual que una emoción repentina o una revelación poética capaz de alterar la rutina cotidiana.
En “Paseos en bicicleta”, esa experiencia aparece ligada al movimiento, al aire y a la percepción sensorial. La ciudad ya no se contempla desde la distancia, sino desde el cuerpo que se desplaza entre la lluvia, las palabras y el viento. Especialmente original resulta la comparación:
los árboles que cruzan la ciudad como perros solitarios.
La imagen humaniza y urbaniza a los árboles al mismo tiempo. Ya no pertenecen únicamente a la naturaleza: forman parte del ritmo errante y melancólico de la ciudad contemporánea.
Junto a ese movimiento urbano, Zapata introduce también espacios de intimidad y contemplación. En “El patio”, la felicidad puede encontrarse simplemente en:
la vista de los pinos
hacia el otro lado de la sombra.
La naturaleza aparece aquí integrada en lo cotidiano: pájaros, geranios, fuentes, ventanas o bicicletas forman parte de una misma experiencia de serenidad. Los árboles ya no representan únicamente memoria o nostalgia, sino una forma de reconciliación sensible con el presente.
El fragmento final de “Cuaderno de árboles” devuelve además el motivo vegetal al territorio de la infancia y de la formación interior del poeta:
cuadernos llenos de árboles.
La expresión resume de manera extraordinaria todo el sentido de este bloque. Los árboles no solo ocupan calles, patios o plazas: habitan también la escritura, la memoria y la mirada del sujeto poético.
En Miguel Ángel Zapata, la ciudad y la naturaleza dejan finalmente de aparecer como realidades opuestas. La poesía las entrelaza continuamente hasta convertir el paisaje urbano en un espacio todavía capaz de contener belleza, respiración y asombro. Los árboles cruzan la ciudad, pero también cruzan la conciencia del poeta y transforman su manera de mirar el mundo.
Epílogo — La ciudad herida por los árboles
POESÍA
Tan clara que invisible
en sí misma se esconde,
como el aire o el agua,
transparente y oculta;
desierta no, surcada
por pájaros y peces,
herida por los árboles.
— Manuel Altolaguirre
A lo largo de estos poemas, los árboles han aparecido bajo múltiples formas: como refugio frente a la dureza urbana, como memoria de la infancia, como espectro del pasado o como presencia viva capaz de atravesar todavía las ciudades contemporáneas. A veces fueron ramas desnudas en plazas invernales; otras, árboles desaparecidos cuya ausencia seguía habitando el recuerdo. También fueron hojas doradas cayendo sobre el asfalto de Madrid o pinos contemplados desde la quietud de un patio.
Sin embargo, más allá de sus diferencias, todos estos poemas comparten una misma intuición: la ciudad nunca consigue expulsar completamente a la naturaleza ni a la emoción que ella despierta. Los árboles permanecen como una forma de resistencia silenciosa frente al ruido, la velocidad, la burocracia o el desgaste del tiempo. Incluso cuando desaparecen físicamente, continúan sobreviviendo en la memoria, en la mirada y en la palabra hecha poesía.
Por eso el poema de Manuel Altolaguirre resulta tan significativo para cerrar este recorrido. La poesía surge de él como una realidad transparente y oculta, semejante al aire o al agua: algo aparentemente invisible que, sin embargo, atraviesa profundamente el mundo. Y es precisamente ahí donde surgen los árboles, dejando una huella sobre la ciudad.
La expresión:
herida por los árboles
condensa de manera extraordinaria el sentido último de este artículo. La herida debe entenderse como apertura, no como destrucción. Los árboles interrumpen en la rigidez del paisaje urbano y abren grietas de contemplación, memoria y belleza dentro de la vida cotidiana. Gracias a ellos, la ciudad deja de ser únicamente cemento, tránsito o cansancio y recupera algo de respiración humana.
En todos estos poemas, los árboles terminan convirtiéndose también en una forma de escritura. Sus ramas, sus sombras y sus hojas atraviesan las plazas, las avenidas y los recuerdos del mismo modo que la poesía atraviesa la conciencia de quien mira. Tal vez por eso siguen apareciendo una y otra vez en medio de las ciudades: porque aún representan la posibilidad de detenerse, recordar y sentir que algo vivo continúa creciendo bajo el asfalto.
© Texto e imágenes: José Luís Pérez Fuente











