Árboles y memoria (bosques que recuerdan)
“los árboles nacieron aquí
y se transformaron en palabras.”
— Yolanda Castaño
Desde tiempos remotos los árboles han sido más que simples presencias vegetales en el paisaje humano. Bajo su sombra se celebraron pactos, se transmitieron historias y se enterraron secretos. En muchas culturas antiguas se pensaba que cada árbol poseía un espíritu propio, una memoria silenciosa capaz de guardar la vida de quienes se acercaban a él. Quizá por eso la poesía ha encontrado siempre en los árboles un espejo de la existencia humana: nacen, crecen, envejecen y permanecen, mientras los hombres pasan.
Los poetas, como antiguos caminantes del bosque, han sabido escuchar esa memoria vegetal. En sus versos los árboles aparecen como testigos del amor, del paso del tiempo o de la pérdida. A veces son interlocutores silenciosos; otras, símbolos de resistencia o de arraigo. De ahí que la poesía contemporánea continúe volviendo a ellos con una mezcla de admiración, nostalgia y respeto.
Este recorrido reúne diversas voces que han mirado hacia los árboles para comprender algo de sí mismas. En unos casos el árbol aparece como revelación del mundo, en otros como paisaje de la memoria, como interlocutor secreto o como símbolo de una comunidad viva amenazada por la desaparición. Cada poema es una manera distinta de acercarse a esa antigua presencia que acompaña al ser humano desde el comienzo de su historia.
El árbol como revelación del paisaje (Claudio Rodríguez)
DON DE LA EBRIEDAD
III
La encina, que conserva más un rayo
de sol que todo un mes de primavera,
no siente lo espontáneo de su sombra,
la sencillez del crecimiento; apenas
si conoce el terreno en que ha brotado.
Con ese viento que en sus ramas deja
lo que no tiene música, imagina
para sus sueños una gran meseta.
Y con qué rapidez se identifica
con el paisaje, con el alma entera
de su frondosidad y de mí mismo.
Llegaría hasta el cielo si no fuera
porque aún su sazón es la del árbol.
Días habrá en que llegue. Escucha mientras
el ruido de los vuelos de las aves,
el tenue del pardillo, el de ala plena
de la avutarda, vigilante y claro.
Así estoy yo. Qué encina, de madera
más oscura quizá que la del roble,
levanta mi alegría, tan intensa
unos momentos antes del crepúsculo
y tan doblada ahora. Como avena
que se siembra a voleo y que no importa
que caiga aquí o allí si cae en tierra,
va el contenido ardor del pensamiento
filtrándose en las cosas, entreabriéndolas,
para dejar su resplandor y luego
darle una nueva claridad en ellas.
Y es cierto, pues la encina ¿qué sabría
de la muerte sin mí? ¿Y acaso es cierta
su intimidad, su instinto, lo espontáneo
de su sombra más fiel que nadie? ¿Es cierta
mi vida así, en sus persistentes hojas
a medio descifrar la primavera? 1Rodríguez, Claudio. Don de la ebriedad. Ediciones Rialp. Madrid, 1953.
La poesía de Claudio Rodríguez está profundamente ligada al paisaje de Castilla, pero no como simple escenario natural, sino como lugar de experiencia espiritual y de conocimiento del mundo. En sus versos los elementos del campo —la tierra, la luz, el viento o los árboles— aparecen integrados en la vida humana hasta el punto de que la naturaleza y la conciencia parecen reflejarse mutuamente.
En ese universo poético el árbol no es sólo una figura del paisaje, sino una presencia que participa en la formación de la mirada del poeta. El mundo natural se convierte así en un espacio de revelación: el hombre descubre algo de sí mismo al contemplar lo que crece lentamente ante él.
Esta relación aparece con especial claridad en uno de los fragmentos más conocidos de “Don de la ebriedad” (1953), donde la figura de la encina se transforma en una imagen de identidad y de pertenencia al paisaje.
La encina, que conserva más un rayo
de sol que todo un mes de primavera,
no siente lo espontáneo de su sombra,
la sencillez del crecimiento; apenas
si conoce el terreno en que ha brotado.
Desde los primeros versos el árbol aparece cargado de una intensa energía simbólica. La encina guarda un “rayo de sol”, como si en su interior permaneciera una reserva de luz. La imagen sugiere la concentración de vida y de tiempo que caracteriza a los árboles longevos del paisaje castellano.
A medida que avanza el poema la encina se va identificando con el propio sujeto que la contempla:
Y con qué rapidez se identifica
con el paisaje, con el alma entera
de su frondosidad y de mí mismo.
El árbol deja de ser un simple objeto natural para convertirse en una forma de conocimiento. El poeta descubre en él una correspondencia con su propia experiencia, como si el crecimiento vegetal reflejara también el crecimiento interior de la conciencia.
La pregunta final del fragmento profundiza en esa relación:
Y es cierto, pues la encina ¿qué sabría
de la muerte sin mí?
El árbol aparece entonces como un ser que participa del mismo misterio de la existencia. La naturaleza no es sólo paisaje: es también interrogación sobre la vida, el tiempo y la muerte. Si en Claudio Rodríguez el árbol forma parte de una experiencia de revelación en el paisaje, en los poemas que siguen esa presencia vegetal comenzará a adquirir un tono distinto. El árbol ya no será únicamente un lugar de contemplación, sino también un espacio donde se deposita la memoria personal. Bajo su sombra aparecerán recuerdos, afectos y nostalgias que el paso del tiempo ha ido transformando. En ese territorio de la memoria se sitúa la poesía de Francisco Brines, donde el paisaje mediterráneo y los árboles del jardín se convierten en testigos de la existencia transcurrida.
El árbol como memoria del lugar (Francisco Brines)
LAMENTO EN ELCA
Estos momentos breves de la tarde,
con un vuelo de pájaros rodando en el ciprés,
o el súbito posarse en el laurel dichoso
para ver, desde allí, su mundo cotidiano,
en el que están los muros blancos de la casa,
un grupo espeso de naranjos,
el hombre extraño que ahora escribe.
Hay un canto acordado de pájaros
en esta hora que cae, clara y fría,
sobre el tejado alzado de la casa.
Yo reposo en la luz, la recojo en mis manos,
la llevo a mis cabellos,
porque es ella la vida,
más suave que la muerte, es indecisa,
y me roza en los ojos,
como si acaso yo tuviera su existencia.
El mar es un misterio recogido,
lejos y azul,
y diminuto y mudo,
un bello compañero que te dio su alegría,
y no te dice adiós, pues no ha de recordarte.
Sólo los hombres aman, y aman siempre,
aun con dificultad.
¿Dónde mirar, en esta breve tarde,
y encontrar quien me mire
y reconozca?
Llega la noche a pasos, muy cansada,
arrastrando las sombras
desde el origen de la luz,
y así se apaga el mundo momentáneo,
se enciende mi conciencia.
Y miro el mundo, desde esta soledad,
le ofrezco fuego, amor,
y nada me refleja.
Nutridos de ese ardor nazcan los hombres,
y ante la indiferencia extraña
de cuanto les acoge,
mientan felicidad
y afirmen inocencia,
pues que en su amor
no hay culpa y no hay destino. 2Brines, Francisco. Tierra nativa. Ed. Renacimiento. Sevilla, 2023.
En la poesía de Francisco Brines el paisaje no es únicamente un escenario natural, sino una parte inseparable de la biografía. Los jardines, los huertos y los árboles que rodean la casa familiar aparecen en sus versos como lugares donde el tiempo se hace visible.
Muchos de sus poemas están ligados a Elca, la casa valenciana donde el poeta pasó gran parte de su vida. Allí el paisaje mediterráneo —cipreses, naranjos, laureles— se convierte en un espacio íntimo que guarda la memoria de la existencia.
En el poema “Lamento en Elca” el poeta contempla ese entorno desde una tarde silenciosa. Los árboles aparecen integrados en una escena cotidiana que mezcla paisaje y conciencia:
Estos momentos breves de la tarde,
con un vuelo de pájaros rodando en el ciprés,
o el súbito posarse en el laurel dichoso
[…]
un grupo espeso de naranjos,
el hombre extraño que ahora escribe.
Los árboles forman parte del mundo que rodea al poeta, pero también delimitan el espacio de su soledad. La escena es tranquila y luminosa, pero en ella se insinúa una pregunta profunda sobre la existencia:
¿Dónde mirar, en esta breve tarde,
y encontrar quién me mire
y reconozca?
La naturaleza permanece, pero el hombre se descubre a sí mismo como una conciencia aislada dentro de ese paisaje. El árbol ya no es únicamente símbolo o contemplación: es testigo de una vida que reflexiona sobre sí misma.
En ese diálogo silencioso entre paisaje y pensamiento, Brines convierte los árboles del jardín en compañeros del tiempo vivido.
Si en Francisco Brines el árbol aparece ligado al paisaje de la memoria y a la experiencia íntima del tiempo, en la poesía de Ida Vitale la mirada se desplaza hacia otro lugar. El árbol deja de ser principalmente un escenario biográfico —el jardín, la casa, la tarde que cae sobre los naranjos— para convertirse en una presencia autónoma, observada con atención y asombro.
En Brines, el paisaje conserva la huella de la vida vivida; en Vitale, en cambio, la naturaleza parece existir con una plenitud que no necesita de la memoria humana. Los árboles no guardan recuerdos ni participan de nuestras nostalgias: simplemente están ahí, atravesando sequías, vientos o guerras sin dejar de ser lo que son.
Ese desplazamiento de la mirada —del árbol como depositario de la memoria al árbol como realidad independiente— es el que propone el breve y luminoso poema “Álamos”, donde Ida Vitale recuerda que la naturaleza posee una música propia que la palabra humana apenas alcanza a rozar.
El árbol que canta sin nosotros (Ida Vitale)
La poesía de Ida Vitale se distingue por una mirada extremadamente atenta a la naturaleza. Sus poemas suelen partir de una observación precisa y silenciosa del mundo vegetal, como si cada árbol o cada hoja contuviera una forma de conocimiento que la poeta intenta escuchar.
En ese sentido, el árbol deja de ser únicamente un símbolo humano —memoria, nostalgia o paisaje— para convertirse en una presencia que existe por sí misma, con una lógica y un ritmo propios. La poesía de Vitale no busca apropiarse de la naturaleza, sino acercarse a ella con una especie de respeto intelectual y sensorial.
En el breve poema “Álamos”, esa actitud aparece con claridad:
Álamos
Tantos cantaron
a los álamos
mientras ellos, los álamos,
no lamentan sequías,
ni el viento
que desmenuza
cada murmullo,
ni las guerras. 3Vitale, Ida. Poesía reunida. Ed. Tusquets. Barcelona, 2017.
El poema comienza recordando la larga tradición poética que ha cantado a los árboles. Sin embargo, Vitale introduce inmediatamente una distancia irónica: los álamos no participan de esas lamentaciones humanas. No conocen la nostalgia ni el drama histórico; simplemente existen.
Los versos sugieren que el árbol permanece ajeno a las preocupaciones humanas —sequías, guerras, pérdidas— y que su vida continúa en una dimensión distinta, más silenciosa y más antigua.
La segunda parte del poema profundiza en esa idea:
Y cantan.
El árbol vuelve
música todo
y la palabra sin dianas
nada agrega. 4Ídem.
Aquí el árbol aparece como una forma natural de música. El murmullo del viento entre las hojas produce un canto que precede a la palabra humana. La poesía, por tanto, no crea esa música: apenas intenta acercarse a ella.
En ese gesto hay una reflexión muy característica de Vitale: la naturaleza no necesita del poeta para existir, y la palabra sólo puede rozar la plenitud del mundo natural. Si en el texto de Ida Vitale los álamos aparecen como una presencia vegetal que canta con su propio lenguaje, casi independiente de la palabra humana, en Federico García Lorca el árbol entra de lleno en el territorio de la emoción y del recuerdo. El poeta ya no escucha únicamente el rumor del árbol en el paisaje: se dirige a él como a un ser cercano, capaz de compartir el paso del tiempo y los cambios del ánimo.
El árbol, espejo del tiempo (Federico García Lorca)
AL CHOPO
IN MEMORIAM
Dulce chopo,
dulce chopo,
te has puesto
de oro.
Ayer estabas verde,
un verde loco
de pájaros
gloriosos.
Hoy estás abatido
bajo el cielo de agosto
como yo bajo el cielo
de mi espíritu rojo.
La fragancia cautiva
de tu tronco
vendrá a mi corazón
piadoso.
¡Rudo abuelo del prado!
Nosotros
nos hemos puesto
de oro. 5García Lorca, Federico. En Poesía española para jóvenes. Edición de Ana Pelegrín. Ed. Santillana. Madrid, 2005.
El poema de Lorca es breve, pero en su concisión encierra una intensa carga simbólica. Desde el primer verso el poeta establece una relación directa con el árbol mediante una apelación afectuosa: Dulce chopo, / dulce chopo…
La repetición funciona casi como una invocación. El árbol no aparece como un simple elemento del paisaje, sino como un interlocutor íntimo, alguien a quien se puede hablar con cercanía. Este gesto de dirigirse al árbol tiene una larga tradición en la poesía, pero en Lorca adquiere un tono especialmente emotivo.
El poema se organiza alrededor de un contraste temporal muy sencillo y eficaz. El poeta recuerda el pasado inmediato: Ayer estabas verde, / un verde loco / de pájaros gloriosos.
El verde representa aquí la vitalidad del árbol, su plenitud natural. Los pájaros que habitan sus ramas intensifican esa sensación de vida y movimiento. El árbol aparece entonces como un pequeño universo lleno de actividad.
Frente a esa imagen surge el presente: Hoy estás abatido / bajo el cielo de agosto.
El cambio de estación introduce una transformación física del árbol. El follaje dorado del final del verano ya anuncia el declive. Pero el poema no se limita a describir ese cambio natural. El poeta establece inmediatamente una identificación emocional: como yo bajo el cielo / de mi espíritu rojo.
El estado del árbol se convierte en reflejo del propio ánimo. Naturaleza y vida interior se superponen: el árbol se transforma en espejo de la experiencia humana.
En los últimos versos aparece una imagen especialmente delicada: La fragancia cautiva / de tu tronco / vendrá a mi corazón / piadoso.
El árbol deja entonces de ser sólo un objeto contemplado para convertirse en una presencia que consuela. Su aroma, su simple existencia, llega al corazón del poeta como un gesto de compasión silenciosa.
El poema concluye con una afirmación que refuerza la identificación entre ambos: ¡Rudo abuelo del prado! / Nosotros / nos hemos puesto / de oro.
La metáfora final establece una comunidad entre el árbol y el ser humano. Ambos comparten el mismo destino: el paso del tiempo que transforma la vida y la conduce hacia la madurez y la pérdida de la juventud. El dorado de las hojas se convierte así en símbolo de una edad más serena y consciente, en la que la experiencia sustituye a la vitalidad inicial.
En este breve poema, Lorca convierte al árbol en compañero del destino humano, un testigo silencioso del paso del tiempo que permite al poeta reconocer su propia transformación.
Si en el poema de Lorca el árbol se convierte en un interlocutor íntimo que refleja el paso del tiempo y las transformaciones del ánimo, en la poesía de Mario Benedetti el árbol adquiere una dimensión distinta. Ya no es sólo un espejo del mundo interior del poeta, sino también una figura que permite pensar la relación entre los seres humanos.
Los árboles como comunidad del mundo (Mario Benedetti)
De árbol a árbol
A Ambrosio y Silvia
Los árboles
¿serán acaso solidarios?
¿digamos el castaño de los campos elíseos
con el quebrancho de entre ríos
o los olivos de jaén
con los sauces de tacuarembó?
¿le avisará la encina de westfalia
al flaco alerce de tirol
que administre mejor su trementina?
y el caucho de pará
o el baobab en las márgenes del cuanza
¿provocarán al fin la verde angustia
de aquel ciprés de la mission dolores
que cabeceaba en frisco
california?
¿se sentirá el ombú en su pampa de rocío
casi un hermano de la ceiba antillana?
los de este parque o aquella floresta
¿se dirán de copa a copa que el muérdago
otrora tan sagrado entre los galos
ahora es apenas un parásito
con chupadores corticales?
¿sabrán los cedros del Líbano
y los caobos de corinto
que sus voraces enemigos
no son la palma de camagüey
ni el eucalipto de Tasmania
sino el hacha tenaz del leñador
la sierra de las grandes madereras
el rayo como látigo en la noche? 6Benedetti, Mario. “De árbol a árbol”. En: Geografías. Visor, Madrid,1984.
La mirada de Benedetti desplaza el foco desde la serenidad vegetal hacia una dimensión más amplia y colectiva. Los árboles aparecen entonces como miembros de una misma comunidad natural que atraviesa continentes y culturas. Frente a esa fraternidad silenciosa del bosque, el poeta introduce una pregunta inquietante: ¿qué ocurre cuando esa comunidad se enfrenta a la intervención humana?
En el poema “De árbol a árbol”, Mario Benedetti imagina una sorprendente geografía vegetal donde árboles de distintas partes del planeta parecen reconocerse entre sí. El poema está construido como una sucesión de preguntas que recorren continentes y paisajes, como si el poeta intentara descubrir si existe una forma de solidaridad silenciosa entre los árboles.
Desde los primeros versos aparece esa interrogación: ¿Los árboles serán acaso solidarios? A partir de ahí el poema despliega una amplia red de especies y territorios. El castaño de los Campos Elíseos se pone en relación con el quebracho de Entre Ríos; los olivos de Jaén con los sauces de Tacuarembó; el ombú de la Pampa con la ceiba antillana. Cada pregunta parece tender un puente entre paisajes distantes: ¿se sentirá el ombú en su pampa de rocío / casi un hermano de la ceiba antillana?
La enumeración crea así una especie de mapa vegetal del planeta, donde árboles de distintas culturas y geografías forman parte de una misma comunidad natural. Benedetti introduce además una ligera humanización del mundo vegetal: los árboles podrían ser “solidarios”, sentir una “verde angustia” o reconocerse como “hermanos”. Esa atribución de rasgos humanos no pretende describir literalmente a los árboles, sino subrayar el contraste entre su convivencia natural y los conflictos que caracterizan al mundo humano.
El poema alcanza su sentido pleno en los versos finales, donde se revela el verdadero peligro que amenaza a esa comunidad vegetal. Los árboles no se enfrentan entre sí ni compiten por el territorio. La amenaza procede de la acción humana:
¿sabrán los cedros del Líbano
y los caobos de Corinto
que sus voraces enemigos
no son la palma de Camagüey
ni el eucalipto de Tasmania
sino el hacha tenaz del leñador
la sierra de las grandes madereras?
Con este giro final, Benedetti introduce una dimensión claramente ética y ecológica en el recorrido del poema. El bosque aparece como una comunidad viva que atraviesa continentes y culturas, mientras que la explotación humana de la naturaleza se revela como su verdadera amenaza.
El árbol deja así de ser únicamente un elemento del paisaje o un símbolo poético: se convierte en parte de un mundo natural cuya continuidad depende también de la forma en que los seres humanos habitan la tierra.
El poema de Mario Benedetti ampliaba la mirada hacia una dimensión colectiva del mundo vegetal. La tala, las madereras o el hacha del leñador introducían en el paisaje una inquietud ética: el destino de los árboles depende también de nuestra relación con la naturaleza. En la poesía de Julia Uceda esa inquietud se concentra en una imagen aún más directa y radical. El poema ya no observa el bosque desde la distancia ni reflexiona sobre su destino colectivo: se detiene en el momento preciso en que un árbol ha sido talado y en aquello que permanece después.
El árbol después de la tala (Julia Uceda)
La poesía de Julia Uceda se caracteriza por una mirada penetrante que convierte imágenes aparentemente sencillas en preguntas profundas sobre la existencia. En muchos de sus textos la naturaleza aparece como un lugar donde se revelan dimensiones ocultas de la vida.
En el breve poema que sigue, la autora dirige la atención hacia un aspecto del árbol que normalmente permanece invisible: las raíces. Después de la tala del tronco y de las ramas, la vida del árbol continúa bajo la tierra, en una oscuridad silenciosa que el poema convierte en interrogación.
Si se tala un árbol
¿Qué sienten sus raíces
perplejas
abandonadas a lo oscuro? 7Uceda, Julia. Escritos en la corteza de los árboles. Ed. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2013.
El poema está construido como una pregunta. No intenta describir el árbol ni explicar su significado simbólico. En cambio, propone un desplazamiento de la mirada hacia aquello que queda oculto: la vida subterránea que permanece cuando el árbol ha desaparecido.
Las raíces aparecen “perplejas”, una palabra que introduce una dimensión casi humana en el mundo vegetal. La tala no es sólo un acto físico sobre la madera; es también una ruptura que deja a la vida del árbol suspendida en la oscuridad. El poema invita así al lector a imaginar la persistencia de esa vida silenciosa que continúa bajo la tierra.
Con apenas cuatro versos, Julia Uceda transforma el árbol en una figura de resistencia y de fragilidad al mismo tiempo: algo que puede ser destruido, pero cuya presencia no desaparece del todo.
Después de la pregunta que plantea Julia Uceda sobre lo que permanece oculto bajo la tierra, el árbol vuelve a aparecer en el poema de Susana Diez de la Cortina con un significado distinto. Si en el texto anterior el árbol estaba marcado por la herida de la tala, aquí recupera su dimensión de refugio y de acogida.
El árbol vuelve a levantarse en el paisaje como un lugar donde la vida encuentra abrigo frente al paso del tiempo. En torno a su tronco y a sus raíces se reúnen figuras simbólicas —la serpiente, el pájaro, la doncella— que esperan bajo su sombra. El árbol deja de ser herida para convertirse de nuevo en espacio de cobijo y de espera, donde la memoria y el amor pueden volver a encontrarse.
El árbol como refugio del tiempo (Susana Diez de la Cortina)
57. EL ÁRBOL
Sé que vendrá el amor
un día de noviembre
con olor a castaños dormidos,
y el declive
de los años radiantes,
en un atardecer muy frío,
o bien al alba,
se asomará al espejo del otoño:
verá un óvalo firme todavía.
Y el amor volverá, mudado,
como un ave
que ha cambiado sus plumas
sin detener el vuelo.
ese árbol, sin frutos ya y sin hojas
que le habrá de arropar en la inclemencia:
raíces, tronco y copa
donde anidan
la serpiente, la doncella, el pájaro…8Diez de la Cortina Montemayor, Susana. “El árbol”. En: La senda impar. Madrid: Manuscritos, 2018.
Después de la pregunta que plantea Julia Uceda sobre lo que permanece oculto bajo la tierra tras la tala de un árbol, la poesía de Susana Diez de la Cortina devuelve al árbol una dimensión distinta. Ya no aparece marcado por la herida o por la destrucción, sino como un espacio capaz de acoger y proteger la vida incluso cuando el tiempo ha despojado al mundo de su plenitud.
En su poema “El árbol”, el paisaje vegetal se convierte en un espacio de espera. El amor que anuncia el poema no llega en un instante luminoso o extraordinario, sino en un momento cotidiano del otoño, cuando el tiempo parece inclinarse hacia la madurez de la vida:
Sé que vendrá el amor
un día de noviembre
con olor a castaños dormidos…
El árbol aparece aquí ligado al ciclo de las estaciones y al paso de los años. La llegada del amor no se presenta como un comienzo absoluto, sino como un regreso transformado, comparable a los procesos naturales de renovación:
Y el amor volverá, mudado,
como un ave
que ha cambiado sus plumas
sin detener el vuelo.
En ese proceso de transformación, el árbol se convierte en el centro simbólico del poema. Su tronco, sus raíces y su copa forman un espacio protector donde distintas figuras —la serpiente, el pájaro, la doncella— encuentran abrigo:
ese árbol, sin frutos ya y sin hojas
que le habrá de arropar en la inclemencia:
raíces, tronco y copa
donde anidan
la serpiente, la doncella, el pájaro…
Incluso cuando el árbol ha perdido sus hojas y sus frutos, continúa siendo un lugar de acogida. El poema sugiere así que la vida —como el amor— puede encontrar refugio incluso en los momentos de mayor desnudez o fragilidad.
El árbol no es únicamente una imagen natural: es una figura de permanencia que reúne en su interior la memoria del tiempo y la posibilidad de un nuevo comienzo.
A lo largo de este recorrido el árbol ha ido adoptando significados diversos en la poesía contemporánea. En el poema de Claudio Rodríguez aparecía como una revelación del paisaje, mientras que en Federico García Lorca se convertía en un interlocutor íntimo capaz de reflejar el paso del tiempo y las transformaciones del ánimo. En Francisco Brines, por su parte, el árbol guarda la memoria de la experiencia acumulada en la vida.
Ida Vitale nos recordaba después que los árboles existen más allá de nuestras palabras, en una música silenciosa que precede a la poesía. Mario Benedetti ampliaba la mirada hacia una comunidad vegetal que atraviesa continentes y culturas, amenazada por la intervención humana.
Julia Uceda, por su parte, detenía la mirada en la herida de la tala y en las raíces que quedan abandonadas en la oscuridad. Frente a esa fragilidad, el poema de Susana Díez de la Cortina devuelve al árbol su condición de refugio: un espacio donde la vida y el amor pueden volver a reunirse bajo la misma sombra.
Así, a través de estos poemas, el árbol deja de ser sólo un elemento del paisaje. Es memoria, revelación, comunidad, pregunta y cobijo. Quizá por eso la poesía vuelve una y otra vez a su figura: porque en el árbol se reconoce una de las formas más antiguas y persistentes de la vida en la tierra.
© Texto e imágenes: José Luís Pérez Fuente










