Arrabalera revelación

Cayó en mis manos, por casualidad, Travesía del imperio (Burdeos, 1988), de Fernando Arrabal, una obra verdaderamente reveladora, toda vez que me atrapó, sin remisión, en su fascinador orbe, lírico y visionario.

Vadillo leyendo Travesía del imperio (Burdeos, 1988), de Fernando Arrabal

Condensa este libro en su trasfondo todo ese componente de inanidad que conforma la inconsútil existencia humana, tan en manos de los más inhumanos, tantas veces.

Como Valle, obra Arrabal primores literario-dramatúrgicos heterodoxamente inflamados de inefabilidad, y para materializar tales elaboraciones emplea como materia prima mucha de la pudrición que habitúa a enmarcar nuestros colectivos pasos por entre la cotidianeidad.

Una trama distópica que refiere parabólicamente la realidad mundial más conflictiva nos es trasladada a través de rudimentos propios del postismo mediante los cuales determinados parlamentos son erigidos en versos de un cooperado poema conversacional. Asimismo, las acotaciones, por momentos, se revelan pequeños poemas en prosa, llegando a campar lo inexpresable a sus anchas en muchos de los pasajes en los cuales, alquímicamente, logra Arrabal la sublimidad más inefable a través de un chocarrero desenfado. He ahí la maestría de este literato.

En la conformación de la atmósfera, emplea rudimentos de cariz futurista, si bien anclados en referentes añejos (e incluso rancios): como el uso del trabuco como arma que, por muy de última generación que se presente, porta un sedimento connotativo no baladí.

Dicha atmósfera conforma, a su vez, un contexto apocalíptico en el que quedan patentizados los estragos de un conflicto bélico de amplia escala. En él, dos desertores, Isabella y Virgilio, protagonizan un paulatino proceso dialéctico, cuasi recíprocamente mayéutico, que los conducirá a una síntesis superadora por la vertiente más aquilatada.

Con una concepción tan lúdica como plástica del lenguaje, que manifiesta (como anunciábamos) cierta filiación postista en cuanto a la imaginería onírica, con surreal tintura, que todo lo impregna, Arrabal va componiendo una obra en la que la poesía fluye (señoreando el conjunto) sobre todo por los parlamentos de Virgilio, quien con sugerente afectación recurre a la vía tropológica con especial incidencia en lo sinestésico: “Me paso la vida cayendo de bruces sobre mis desconocimientos”, indica en la página 42 en lo que viene a ser casi un apotegma. Asimismo, dice querer… “Una aurora abandonada, acariciada por la vida”. Sus conjeturas son portadoras de una hondura barroca estremecedora: “Quizá sea capaz de pensar de forma racional o de soñar con ángeles polvorientos o con lamentos escritos en la ausencia” (51).

Isabella en un principio es más llana, si bien se irá contagiando del virgiliano torrente de elocuencia, tras sus interacciones con el personaje del hombre-lobo, que encarna los más primarios instintos.

De gran poder sugeridor viene a resultar la conversación entre Isabella y Virgilio en la que ambos contraponen sus respectivas concepciones del amor (carnal la de ella; platónica la de él). Virgilio llega a referir de la manera más gráfica y expresiva lo evanescente (la sensación de sentirse enamorado): “Me muerde en la raíz del alma y me abraza con el más profundo estímulo” (73), y le continúa apuntando a Isabella que el sentimiento hacia ella le nació desde el momento en que esta le empezó a compartir retazos de su vida: “como envuelto entre cigarras y jazmín, me sobrecogió el sabor solitario de…” (74).

Instado por ella a referirle lo que supone la platónica querencia, él señala lo siguiente: “Una congoja que golpea el corazón con olas de sangre negra, entre sollozos, estrellas y melancolía. (Pausa. Tras mirarla fijamente). Encadenado por el amor que le tengo estoy encerrado en un armario diminuto y sin salida, esperando a una araña que va a devorarme…; pero esta espera me produce un dolor y un placer infinitos e inefables” (75).

Hacia el final, Isabella se “virgiliza” y ambos entran en una suerte de rapto místico que los aúpa hacia el final de tan cautivadora obra.


© Texto e imágenes: Diego Vadillo López

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