Baile de máscaras

Ha dejado de llover y Silvia sube a la terraza para contemplar el atardecer sobre Madrid. Un espectáculo que no piensa perderse nunca desde su atalaya, un privilegio desde el que observar el cielo despejado o entre nubes, a veces rosas y azules que le recuerdan al algodón de azúcar que le compraban los abuelos en las verbenas de la infancia. Eso fue entonces. Sí, ella tuvo una vida. Una vida para añorar.

El aire le alborota el pelo. De cara al viento se ríe al imaginarse un mascarón de proa. Abajo, la gente camina de prisa huyendo del frio de febrero, mientras el viento helado abrillanta tejados, farolas, calles que se encienden como una alfombra incandescente. Le encanta mirar al mundo desde las alturas.

Aún falta para que con la noche llegue la fiesta. Tiene tiempo de sobra para prepararse. Como cada año tardará en decidirse, aunque sabe que cumplirá con el ritual que concluye, siempre, con el mismo modelo a pesar de que tiene a su alcance muchos y bonitos donde elegir. Si la maestra le viera dudando se enfadaría. También era parte de su cometido enseñarles a estar seguras.

Silvia y sus recuerdos están integrados en el paisaje como una estatua más en otro atardecer desde esa azotea donde subía con las amigas como premio después del trabajo bien hecho. Una concesión de doña María, el “alma mater” de la escuela de danza. La profesora exigente a quien mereció la pena seguir en su disciplina, esforzarse. Una suerte que la aceptase y una suerte tener dotes de buena alumna.

En la terraza, el vuelo rasante de una paloma casi le roza el pelo, suficiente para conseguir sacarla del recuerdo de aquellas tardes de clase al compás del piano de la señorita Elena, mientras la voz grave de doña María exigía más y más. Qué tiempos. Mientras fue pequeña los abuelos la esperaban en la cafetería del centro sentados siempre junto al mismo ventanal, luego la llevaban a casa.

La paloma insiste en adueñarse de la terraza distrayendo a una Silvia pálida bajo el brillo de las primeras estrellas de una tarde muy especial. Con la noche, un año más, llegará el baile al que nunca falta. Hace tanto que asiste que… Sabe que seguirá haciéndolo mientras se siga celebrando, ahora, tiene que bajar.

Antes de abandonar la terraza aspira el aire, hoy muy frío, y mira la pose de la paloma coronando una de las estatuas.

Abre todos los roperos que chirrían en un quejido descendente mientras se escapa la humedad y el olor del tiempo. Las puertas abiertas exhiben en fila y colgados de perchas de madera sueños con música y brillos de candilejas mezclados con pesadillas de telones de terciopelo rojo abriéndose y cerrándose solos. Y flores, y aplausos y…  Silvia acaricia los tules que ve blancos y siente ligeros como mariposas a pesar de que amarillean sembrados de huellas de polilla. El contacto de la gasa armada la lleva a revivir la última representación; al baile, primero en el corro, y luego en el solo que tanto aplaudieron al terminar la función. Sí, fue la mejor, la indiscutible primera bailarina. Antes, cuánto trabajo, cuántos ensayos ahí, en la escuela. Cuánto sacrificio. No se arrepiente, fue lo que quiso ser, aunque terminó defraudando a mucha gente. No tenían razón. Fue un accidente.   

No puede, no quiere evitar recordar que empezó a los seis años bajo la mirada estricta de doña María. La mejor profesora para forjar primeras figuras del ballet internacional. Si exigía es porque podía hacerlo, y en su caso porque vio las cualidades que no encontró en otras. Ella sí pudo. Ella sí triunfó. Abraza el vestido, cierra los ojos y oye Chopiniana. Hoy no. No. Hoy toca disfrutar con otra música, con otro baile.

Con un montón de horquillas se afianza en la nuca un trenzado, azabache como sus ojos, y se maquilla cómo aprendió a hacerlo antes de los doce años. Si presta atención, si acerca el oído a las paredes aún puede escuchar las risas nerviosas de sus compañeras en su primera clase de maquillaje bajo la divertida complicidad de las mayores, ahí mismo, en ese vestuario. Si quiere, también puede oír la voz de la maestra rectificando brazos, posiciones de pies y levantando barbillas hasta conseguir cuellos de cisne. Siempre modelando figuras como un escultor, al ritmo del bastón, hiriendo a la tarima mate y desgastada por la resina. Si quiere puede volver a ver el pasado, sólo que hoy no quiere. Hoy toca bailar. Bailar toda la noche.

Con la piel tersa, pálida como la luna que ya se adentra por la ventana del altillo del vestuario, se examina en el espejo. Un toque más de polvos en la nariz, en el mentón, en el pecho y en los hombros. Ahora sí. Ahora toca, con mucho cuidado, maquillar los ojos. Se marca las cejas antes de emplearse en la profundidad de la mirada con gamas grises en los párpados y trazos ascendentes hacia las sienes, luego, mucha máscara negra en las pestañas. Ya está. Vuelve a ser la misma de aquella noche, la misma de todas las noches de gloria. Acaba el ritual con un toque de rojo en los labios y un rubor de colorete. Se pone las mallas y después el tutú que casi le alcanza los tobillos. Frente al espejo se estira las alas que emergen nerviosas de los tirantes. Bien. La gran luna del estudio le devuelve la imagen etérea a la que dedica el saludo de gala, pero… falta algo. Vuelve a la habitación de los armarios, esa que permanecía cerrada bajo tres vueltas de llave y que sólo se abría para los ensayos de las representaciones. Las cajas de los prendidos están en el rincón. Sabe de memoria lo que contiene cada una, adónde buscar. Es en la caja roja en la que duermen entre papel de seda las diademas de flores blancas. Coge su preferida y se la coloca sin mirarse. Se la ajusta perfecta, puro instinto. Sólo queda el ritual de ponerse las zapatillas de raso pálido con largas cintas que lía a los tobillos con la seguridad de que no van a soltarse tras una tanda encadenada de piqués delimitando el perímetro del escenario. Cuando las siente prietas y seguras como si fueran parte de su piel, se eleva sobre las puntas y toma distancia frente al espejo. Vuelve a verse en su mejor papel. Ahora sí, ahora es ella.

No es consciente de cuánto tiempo ha pasado desde que bajó de la terraza, tal vez horas porque ya se oye el bullicio en los pisos de abajo y la música se cuela por todos los rincones. En breve, los invitados inundarán el edificio y una corriente de alegría subirá y bajará la gran escalera de mármol. Y en todos los salones, y en cada rellano, habrá corros de gente dispuestos a disfrutar desde el anonimato de un antifaz inocente. Es la noche del baile, y bailará, bailará un año más desde aquel en que fue advertida del riesgo que corría al dejarse llevar por unas flores que llegaban cada día al camerino. Aquella última vez, además de las flores, había una nota, una invitación al baile de máscaras al que debía asistir sin cambiarse, vestida de sílfide. Un coche la esperaría junto a la salida trasera del teatro y la llevaría a una dirección cercana al mismo. No compartió con nadie el secreto de su cita, pero tampoco mintió porque desconocía el lugar del encuentro. Doña María debió adivinar sus intenciones advirtiéndole del riesgo de los hombres que se prendan de las bailarinas como si fueran mariposas a las que luego pinchar en la pared como un trofeo. Aquellas flores y la invitación la deslumbraron dejándole ciega y sorda a todo lo que no fuera aquel joven misterioso al que había visto desde el escenario cada noche desde el estreno, siempre solo. Iba a verla y ella correspondía dedicándole en silencio su mejor hacer, incluso aquella última vez frente al palco vacío. Al acabar la función corrió hasta la salida donde el coche la esperaba. No tuvo que decir nada. Al verla, el chofer se bajó para abrirle la puerta. Se dejó llevar sin prestar atención al recorrido. Luego… Él la recibió al pie de una escalera. No vio más, salvo que era más guapo que visto desde el escenario. El príncipe de Las Sílfides se había hecho realidad, y bailaron hasta el amanecer. Hubieran seguido enlazados una eternidad si aquella mujer, disfrazada de hechicera, no se hubiera presentado. Quería hablar con él, y se lo llevó de malas formas. Los vio discutir, aunque no oyó que se decían. Cuando la mujer, contrariada, se alejó, él volvió para disculparse y pedirle unos minutos para poder deshacerse de la intrusa, luego, volvería para seguir bailando.

Silvia, frente a la gran luna de ensayos, sonríe. Ya está bien. Ya está bien. Hoy toca disfrutar. 

Van a dar las ocho de la mañana cuando el brazo persistente de Juan, un Ares de más de un uno noventa, con túnica blanca y músculos de gimnasio, tira sin piedad de Jorge, un Adonis atlético con rizos engominados, que ha perdido la corona de laureles de plástico en el forcejeo, y al que por momentos se le agrieta el blanco del maquillaje dejando ver el impulso de la sangre bajo la piel en el esfuerzo de resistirse a su amigo empeñado en sacarle a toda costa del Salón de Columnas.

—Estás borracho, tío. O nos vamos o nos sacan los seguratas. 

Jorge no escucha, todo su empeño está puesto en resistirse con todas sus fuerzas a la absurda decisión de su amigo. Aunque sabe que es misión casi imposible porque es más fuerte que él, y más terco, pero no se lo va a poner fácil. Se tiene que escapar, correr escaleras arriba, encontrarla. Ella ha huido cuando el brazo de Juan ha tirado de él. Al distanciarse, Silvia le pedía que la siguiera para seguir bailando en el Mirador de las Columnas, un sitio al que sólo ella sabe cómo llegar, y donde podrán seguir enlazados hasta la luz del día. 

—¡Déjame, por favor, déjame! Tengo que encontrarla.

—¿A quién, joder, a quién?

—A ella. Hemos estado juntos toda la noche y seguiríamos estándolo si no te hubieras metido por medio. 

—¡Venga ya, tío! Lo que has hecho en toda la noche es no parar de beber.

—¡Eres un cabrón!

—Y tú un gilipollas. Encima que me preocupo por ti. 

—¿Acaso no la has visto?

—A eso… No jodas, Jorge, parecía una muñeca del Rastro. 

—¡No me hagas esto Juan! ¡Suéltame, suéltame!

—Venga ya, tío. ¡Joder, Jorge, vámonos!

—Esto no te lo perdono. ¡Qué me sueltes!

—Ni lo sueñes. Necesitas aire fresco y un cubo de café.

Jorge es arrastrado hacia la escalera y se hace fuerte agarrado al tramo de barandilla que está frente a la Sala de Columnas. Le tiemblan las piernas a la vez que tensa los brazos en un esfuerzo inútil ante un Ares resuelto a vencerlo y arrancarlo de ahí a cualquier precio. Casi pierden el equilibrio en la escalinata de mármol. A medida que descienden, en cada peldaño Jorge pierde la esperanza de huir de la bestia y correr a encontrarse con ella. En un último intento para deshacerse del enemigo se hace fuerte en la cafetería junto al Salto de Leucade. No piensa irse de allí, quiere volver a verla una vez más, pedirle el teléfono, el correo. Tienen que quedar. Sus fuerzas se apagan y todo intento de escapada es inútil frente a un Juan hecho un cafre empeñado en ganar la batalla. La tensión de la lucha aniquila a Jorge, extenuado por el esfuerzo y el alcohol.  No puede más, está perdiendo la partida frente a ese Ares que se crece, frente a la debilidad de Adonis, con la fuerza de un jabalí. Jorge pierde toda concentración al imaginar a Juan como una fiera embistiéndole. La fantasía termina de vencerlo.

Dos guardas de seguridad ayudados por Juan arrastran a un Adonis demacrado, sin resistencia, hasta la calle, donde rompe a llorar como un niño en el momento que lo introducen en el taxi, a pleno día y ante la mirada curiosa de los transeúntes.   

Los últimos asistentes a la fiesta van despejando los salones y las escaleras entre el rastro de confetis de colores y vasos de plástico. Tras una noche de euforia y engaño, el cansancio se hace patente en los rostros, ya sin máscaras, descolorido el maquillaje y agotada la ilusión de ser otro. El ruido cotidiano de un domingo más en el corazón de Madrid disuelve en las arterias de la ciudad a los últimos personajes del carnaval del mundo, mientras una llovizna difumina los contornos y diluye el ambiente gélido.

Arriba, en el Mirador de Columnas de la terraza, la imagen de una bailarina va y viene girando de puntillas sobre sí misma. Abajo, nadie escucha su lamento silenciado por el ruido de los coches. De repente, caen silenciosos copos de nieve. Los viandantes, sorprendidos, levantan la cabeza y ven, arriba, en la terraza del Círculo, la sombra de Safo a punto de iniciar, otra vez, el salto.       


De mi libro de relatos: LA CARGA DE “EL BOMBAY”    


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© Texto e imagen: María Cruz Vilar