Capítulo 3. La calle del desengaño

Después de la emocionante historia que vivimos en la calle de la Abada, regresamos, aún no sé cómo, a la realidad de nuestro tiempo. Tal y como había acordado con User, redacté el artículo de los hechos y lo pasé a la revista Encima de la niebla para su publicación. Una vez hecho esto, me dispuse a comer algo porque arrastraba un apetito a punto de resolverse en hambre. Por un momento pensé que me interrumpiría User con un nuevo destino y no podría comerme aquel bocadillo de jamón que ya tenía temblando entre mis manos. Pero no fue así, lo pude degustar con gran deleite sin que nadie me perturbara. Después, pensé en dar un paseo, pero al asomarme a la ventana y ver la calle infestada de coches manchando el aire de humo, rompiendo el aire de ruido, tuve un momento de melancolía pensando en aquel Madrid antiguo que pude vivir durante unos días e, irremediablemente, vino a mi memoria aquel muchacho que perdió la vida por una acometida bestial de la abada que él trataba de cuidar. Está visto que la ingratitud no está reservada solo a los seres humanos. En esos pensamientos andaba mientras el vaho de mi respiración dibujaba extrañas figuras en el cristal de mi ventana, cuando, de repente, se apareció ante mí User.

–  Enhorabuena, Martí. Ha escrito Vd. un artículo excelente. Sin embargo, debe seguir su misión, pues no hemos encontrado lo que buscamos.

–  Me lo imaginaba – le respondí, con cierta suficiencia, de la que me arrepentí de inmediato.

–  Seguramente tendrá que hacer muchos viajes antes de dar con lo esperado – añadió User.

–  No hay problema, la verdad es que es apasionante y no me importa nada poder vivir más aventuras como esa.

–  Interesante. Algún día podríamos extendernos más sobre eso, pero hoy no tenemos tiempo. Su segunda salida está ya preparada y tendrá lugar en unos instantes. Le deseo mucha suerte y que el resultado sea tan óptimo como la anterior.

Quise darle las gracias, pero no me dio tiempo. En ese momento me vi envuelto en un remolino de tiempo y espacio similar al de la vez anterior y aparecí en un lugar que, visto el entorno desde una perspectiva general, podía adivinarse, sin muchas dudas, que había retrocedido, al menos quinientos años. Y tal como supuse, y como corroboraría después, me hallaba en Madrid, aunque no podía determinar el lugar exacto.

Esta vez vi a Thot de inmediato, pues se hallaba delante de mí observando el cielo con atención. Se giró lenta y dulcemente hacia mí y me dijo:

–  Está a punto de anochecer. Intuyo que ésta, va a ser una aventura nocturna.

Me limité a asentir con la cabeza, mientras él me miraba, pues no podía sospechar en lo más mínimo que acontecimientos nos esperaban.

–  Debemos estar atentos a lo que pueda acaecer sin entretenernos en asuntos que no nos incumben directamente si no queremos que se nos desmaye nuestro propósito.

– Propósito, que como siempre no conocemos – le contesté un tanto socarronamente.

–  Efectivamente. Aunque intuyo que muy pronto nos será esclarecido. ¡Mire! Está anocheciendo.

–  Por la izquierda viene un caballero que, por su aspecto, pertenece a la clase acomodada.

–  Así es. Y por la derecha viene otro, con no menos porte. El andar de ambos parece un tanto levantisco.

–  Si, no sabría decir por qué, pero no se presagia nada bueno si llegan a encontrarse. Y si nada lo remedia, así será porque se dirigen directa-mente a buscarse. El que lleven la mano posada sobre la espada, aunque siga enfundada, no presagia nada tranquilizador.

– ¿Sabe de quién se trata, Thot?

–  Creo que sí. Después de observarles detenidamente creo saber de quienes se trata. ¿Quiere que le aclare mis suposiciones?

– Si claro – le respondí. Y urgentemente, antes de que pase lo que parece que va a suceder.

–  El caballero que viene por la izquierda es Jacobo de Grattis, más conocido como el Caballero de Gracia.

Caballero de Gracia.

–  Si he oído mucho hablar de él. ¿Y el otro?

–  El otro caballero, si no me equivoco, es Vespasiano Gonzaga.

Vespasiano Gonzaga

–  Ambos italianos y diplomáticos y los dos reputados espadachines. Pero prestemos atención a lo que se dicen, pues ya están muy cerca el uno del otro.

– ¿Vos queríais batiros conmigo, tamaña es vuestra inconsciencia? – le espetó, en voz alta y encolerizada, el Caballero de Gracia a su oponente, que venía aproximándose de una manera decidida.

–  SI los dos pretendemos a la misma dama, a la bellísima dama pupila de don Diego de la Nao ¿qué otra salida me dejáis que sea de la honra que mi prestigio merece?

En ese momento se nos acercaron dos hombres que permanecía embozados. Se pusieron a nuestro lado sin decir palabra. Uno de ellos, el más cercano a nosotros, hizo un movimiento de cabeza, no sé si para saludar o para certificar su presencia. El caso es que permanecieron a nuestro lado, callados y sin moverse, pero con gran interés por lo que acaecía a unos metros entre aquellos otros dos caballeros.

Ninguno de los dos les dijimos nada porque considerábamos que no debíamos perder el tiempo, ya que los acontecimientos estaban a punto de suceder y no era propio entretenerse con extraños ni con cosas ajenas a, lo que parecía, ser el objeto de nuestra misión. Así que disimulamos su presencia y permanecimos a la expectativa que parecía ir a la deriva en un aire que se iba volviendo cada vez más denso mientras transcurría el anochecer de aquel día.

Y en ese momento, ambos caballeros desenvainaron sus espadas cortando el aire. El ruido del acero se deslizó por la calle como un sonido fatal.

–  Yo, Jacobo de Grattis, os voy a hacer desistir de vuestro loco empeño, pues la dama que pretendéis ha de ser solo mía, por la gracia de Dios y por la fuerza de mi espada, si ello fuere necesario y en ello os empeñaseis.

–  Seríais el primero en vencerme en una lid parecida. Además, estáis un poco mayor para semejantes aventuras. – le contestó Vespasiano, socarronamente.

–  Veo que queréis ofenderme a dos bandas. Tamaña es vuestra bajeza. Pero sabed, señor, por si no lo habías apreciado, que si soy mayor en años también lo soy en arrojo y habilidad con la espada. Pero eso, pronto lo vais a comprobar, si es que salís con vida de este lance.

La cuestión del duelo se iba retrasando. Era evidente que ambos caballeros tenían la necesidad, antes de entrar en el juego de las armas, de ofender al contrario con agrias palabras como pago al agravio del contrario.

En ese momento, en el que esperábamos otra bravuconada más, antes del choque de espadas, ocurrió algo que vendría a alterar la secuencia de los acontecimientos, o, al menos, de los que parecía lógico que se sucediesen. Algo que alteró la catadura de ambos contendientes y que postergó sus intenciones más próximas.

El hecho desestabilizador que ocurrió fue que, en ese momento, vimos a una mujer, tapada con un velo, perseguida por un zorro. El animal, amenazante, tenía sus brillantes ojos fijados inquietantemente en la muchacha que huía despavorida. La situación que parecía tan claramente extravagante como supuestamente peligrosa, hizo que ambos contrincantes olvidaron sus propósitos, que ante tales circunstancias decayeron en importancia y, tras dirigirse ambos una mirada cómplice, se lanzaron tras aquella mujer para auxiliarla.

En ese momento, los dos hombres que habían permanecido a nuestra diestra como una estatua de sal, se desembarazaron de la tela que ocultaba su rostro y se dirigieron hacia los dos combatientes. El Caballero de Gracia los reconoció de inmediato pese a que la luz de la calle se estaba derritiendo en las sombras. Mirando al primero de ellos, dijo:

–  Don Gómez de Figueroa, duque de Feria.

Acto seguido mirando al otro dijo:

–  Y Don Bernardo de Sandoval y Rojas, conde de Lerma.

–  Y proponiéndose a proseguir la carrera tras aquella mujer les dijo:

–  ¿Qué hacéis aquí?

Don Gómez le contestó, mientras iniciaba la carrera como los demás:

–  Venimos de prestar un importante servicio al rey Felipe II para detener la conspiración de su hijo, el príncipe Carlos en unión de D. Íñigo López de Mendoza. Ya sabéis, el duque del Infantado.

Mientras esto decía, ya habían iniciado la carrera, pero como habían parado unos instantes, la mujer había tomado un buen trecho de distancia. Pero, a pesar de todo, lograron darle alcance enseguida, al llegar a una tapia donde vieron a la mujer recostada en ella. Entonces, llegados hasta ella, el Caballero de Gracia le preguntó:

–  ¿Cuál es tu nombre?

Pero no obtuvieron respuesta. En eso, Don Gómez le gritó

–  ¿Quién eres tú?

Tampoco entonces les contestó nada. 

Viendo que no les respondía se acercaron hasta casi rozarla y Jacobo, viendo que no respiraba, le quitó el manto negro que la cubría y comprobaron, con inusitada sorpresa, que la mujer había huido y que, tras aquella tela oscura, se ocultaba, en lugar del rostro de la dama, el de una espantosa momia, que por la apariencia hacía mucho tiempo que había muerto. Los cuatro caballeros quedaron horrorizados y fue entonces cuando el conde de Lerma exclamó:

– ¡Qué desengaño!  ¡Qué desengaño!

En ese momento, presos del desconcierto vieron brillar una antorcha a lo lejos y, sin ponerse de acuerdo, salieron a la carrera los cuatro hacia aquel fuego que rompía la oscuridad del aire, pero mientras se acercaban, la antorcha se apagó. Oyeron unos pasos y temiendo un peligro inmediato, los cuatro desenvainaron sus espadas preparándose para defenderse, todavía de algo inconcreto, pero, por las apariencias, nada tranquilizador.

Así, estando los cuatro listos para acometer, apareció de nuevo el zorro que habían visto antes lanzando unos aullidos terribles.

–  Sin duda se trata de un encanto -dijo uno de ellos.

Pero los otros tres, se lanzaron sobre el zorro para darle caza, al que consideraban muy real, lejos de cualquier encantamiento. En esos momentos, y sin que fueran vistos por nadie, paso un grupo de hombres en el que se encontraba el príncipe Carlos con sus parciales y que regresaban de la Quinta del conde de Vicinguerra.

Entretanto, los cuatro nobles, no pudiendo dar caza al animal que escapó como alma que lleva el diablo, se retiraron de aquellos parajes llenos de miedo, pese a su probada bizarría que no fue suficiente para contener el pavor que todas aquellas escenas habían provocado en ellos. Nunca supieron que todo aquello fue una treta de los conspiradores para ocultar sus verdaderas intenciones.

Y mientras se retiraban, con más bien poca hidalguía, aún parecía resonar en el aire las palabras del conde de Lerma:

– ¡Qué desengaño!  ¡Qué desengaño!

Y aún hoy, después de tantos siglos, lleva la calle ese nombre, en recuerdo de aquellos hechos sucedidos en aquella tarde que no supo anochecer.

Continuará…


© Martín Z.