Carta a Patricia Lajusticia Gimeno

Carta a Patricia Lajusticia Gimeno
(cuya madre, Conchita Gimeno, fue Mi Maestra )

Querida Patricia:

Nada de lo que yo pueda decirte ahora va a curarte el dolor. Todas las madres son únicas y especiales para sus hijos, y por eso mismo, son inolvidables. Con sus virtudes y sus defectos, con sus luces y sus sombras, con sus momentos de cariño y sus momentos de ternura. Cada una ha tricotado bufandas de estrellas para abrigarnos el alma antes de dejarnos marchar hacia la escuela, ha preparado bocadillos de coraje y nos los ha metido en la cartera de los miedos, ha recitado conjuros mágicos contra los monstruos de nuestras pesadillas, ha cogido nuestra mano en medio de una tempestad de toses y estornudos. Cada madre, Patricia, ha recosido nuestras alas rotas después de una pelea con nuestros mejores amigos, ha encontrado la solución a un problema de Matemáticas, ha resuelto un enigma complicado (¿me querrá, no me querrá?) que nos desvelaba, nos ha puesto un vaso de leche caliente sobre la mesa, ha secado millones de lágrimas y ha zurcido sin prisas los agujeros grandes de nuestro corazón. Todo eso es lo que tú conoces de la tuya.

Pero permíteme que te hable yo un poquito de esa mujer que compartió toda tu vida contigo y pasó muchos años por la mía. De Conchita Gimeno, mi maestra. Es decir, Mi Maestra, con letras grandes, rotundas y mayúsculas. Porque ¿sabes, Patricia? Yo he tenido la suerte de tener tres maravillosas maestras en mi vida: Pilar Cañete, Julita Díaz y Conchita Gimeno. A todas las quise mucho, a todas las sigo queriendo muchísimo, y por las tres siento, además de un gran cariño, un profundo respeto y un inmenso agradecimiento. De tu madre siempre recuerdo su sonrisa de ánimo, su alegría contagiosa. Como escribí hace unos años, era dulce y buena con nosotras, pero firme y severa a la vez. Tenía esa rara paciencia que nos hace más llevaderos los fracasos. La paciencia de explicar las cosas sin alterarse, incluso cuando nos habíamos despistado del desarrollo de la clase.

Gracias a tu madre, Patricia, aprendí a disfrutar de las cosas sencillas, a valorar los pequeños detalles, a sonreír entre las lágrimas, a agradecer a la vida cada segundo de felicidad, aprendí a ser más justa y más humana.  De ella aprendí también a sumar sueños y a bordar flores, a intentar ponerme en el lugar del otro cuando me siento herida, a celebrar los pequeños y grandes logros de mis amigos tanto como los míos propios.

De ella recibí, además, un maravilloso, un raro y valiosísimo regalo. Me regaló una isla llena de tesoros que nadie me ha podido nunca jamás arrebatar, una isla donde puedo cobijar mi miedo y mi tristeza, mi risa y mi alegría, mi luz y mi esperanza; una isla donde aún habitan hadas y elfos, príncipes y princesas que duermen, y se despiertan al cabo de cien años; una isla que está llena de historias que suenan con su voz y con la voz de muchos de mis viejos profesores: me regaló la pasión por la lectura. Necesitaría miles de vidas para poder vivir miles de libros. Así era Mi Maestra -tu madre-, Patricia.

“Ella te quería mucho”, dices al abrazarnos, antes de entrar en la iglesia. “Yo, también -te contesto-. Era muy especial”. Todas las madres lo son para sus hijos. Pero la tuya también era, es y será siempre única y especial para todos los que tuvimos la suerte de tenerla como maestra. Para todos los que fuimos sus alumnos.

Nada de lo que yo pueda decirte ahora va a curarte el dolor, y yo lo sé. Pero necesitaba intentar abrigarte un poquito el alma y ponerte una tirita de cariño. Como ella hacía siempre con nosotros, los niños de entonces. Como ha hecho siempre con los adultos que somos ahora.

No estás sola, Patricia. Tú nunca estarás sola, créeme. Un día te darás cuenta de que aquellos que quisimos y nos quisieron, que queremos aún, nos acompañan siempre, porque nunca se van completamente, porque se quedan anclados en nuestro corazón. Lo más hermoso que podemos hacer por ellos es recordarlos con amor, con serenidad y con ternura. Sé que lo vas a hacer.

Cuídate mucho, Patricia. Ella te mira. Así que, cuídate tanto como ella te cuidaría. Todo sea por verla sonreír, con su sonrisa dulce, eternamente.

Un abrazo muy grande,

© Blanca Langa