Ciudad fría camina conmigo

La ciudad fría camina conmigo, se entrecruza entre mis piernas con su frío puñado de cemento, con sus miradas y sus mentes frías, con su amor frío, con su marcha agitada y rápida, con los pasos de otros siguiendo mis pasos, como si hubiera compañía entre el tráfico de siempre, dando la bienvenida a la capital de Chile; país largo y angosto, geográficamente rico, botín de piratas legalmente elegidos por ingenuos, parece más apagado este domingo. Ciudad mía y ajena, madre que desteta antes de tiempo para salir de parranda, soledad que roza mi nuca, frío que desaparece un momento hasta que el loquito aquel de acento argentino, dice: “Mirá querida, qué hacés acá”. No hay respuesta para eso; vengo a la ciudad fría desde el más gélido invierno del sur del mundo, con las manos y el corazón frío. Percibo el vacío extraño de una mirada lasciva subiendo mi pantorrilla como extraño presagio invernal: No hay frío que dure cien años, ni cuerpo que lo resista.

© Roxana Heise