Contra la mirada distraída

Investigación sobre pintura contemporánea desde la práctica del taller.


¿Qué significa mirar un cuadro en una época en la que apenas miramos?

Hopper y Rhoko

Vivimos rodeados de imágenes. Pasan ante nosotros con una velocidad que apenas deja tiempo para detenerse. Las vemos, pero rara vez las miramos, simplemente las “consumimos”, el tiempo justo para dar al “me gusta”.

Algunos museos han hecho estudios que indican que el visitante pasa menos de 15 segundos frente a una obra de arte antes de sacar la fotografía e irse.

Fotogramas de Canción de cuna de Garci

Walter Benjamin ya nos habló, en su célebre ensayo “La obra de arte en la época de la reproductibilidad técnica” (1935-1939) de esa dispersión en la mirada, él la bautizó con un poético nombre: la mirada distraída.  Este concepto describe cómo las nuevas tecnologías de masas, por aquel entonces hablábamos de cine,  modificaron los hábitos de la sociedad moderna frente a la contemplación artística tradicional.

Sin embargo, también es justo mencionar alguna película que rompe con esta teoría. Estoy pensando en “Cuentos de Tokio” (1953) de Yasujirō Ozu, y el famoso “plano tatami” que se convirtió en su sello de autor inconfundible. Ozu colocaba siempre su cámara a una altura muy baja, la misma de una persona sentada de rodillas en el suelo tradicional japonés. Esta decisión técnica no busca el espectáculo, sino situar al espectador en una posición de humildad y respeto absoluto frente a los personajes.

Pero si hay una película que nos evoque la necesidad de detener la mirada es “Canción de cuna” de José Luis Garci, que llegó a decir que el cine comercial moderno nos ha acostumbrado a mirar “a golpes” de montaje rápido. Con Canción de cuna, su intención era justo la contraria: mantener la cámara quieta para obligar al espectador a mirar el rostro de las actrices y de Alfredo Landa, permitiendo que el afecto surgiera del propio silencio. Garci, nos enseña a que detenerse a mirar de verdad a alguien implica el deseo genuino de conocer su alma, respetar su misterio y compartir su existencia. En definitiva, amarlo. Y eso es lo que más me impresionó de esta película. Una historia íntima y con un mensaje profundo.

Y algo así me sucedió cuando pintaba Contra la mirada distraída. Me preguntaba si una pintura podía proponer otra forma de mirar. No pretendía representar un paisaje concreto, sino construir un espacio donde la mirada se ralentizara. Un lugar en el que el espectador sintiera la necesidad de permanecer unos segundos más, hasta que el cuadro comenzara a revelar sus matices.

La atmósfera y los silencios del color nacieron de esa búsqueda. No quería que la pintura compitiera con la velocidad de las imágenes contemporáneas; prefería que ofreciera una resistencia tranquila. Una invitación a permanecer.

Hopper

En ese proceso descubrí que pintar también era una forma de aprender a mirar. Cada veladura obligaba a esperar. Cada decisión pedía tiempo. El cuadro avanzaba despacio y, casi sin darme cuenta, esa lentitud terminaba transformando también mi manera de observar el mundo.

Me pregunté muchas cosas. Por ejemplo ¿Necesito poner más elementos? ¿Solo una condensación es suficiente? Era consciente que estaba rompiendo las reglas de la composición tradicional. Pero yo siempre he creído en la necesidad de romper límites que en el arte siempre debe presidir. Pero ¿el silencio del fondo era suficiente para sostener el cuadro? Entonces comprendí que el silencio también podía construirse. Que un fondo aparentemente vacío no es un vacío, sino un espacio lleno de pequeñas tensiones, de variaciones casi imperceptibles. Tal y como intuía Zóbel, el silencio también tiene estructura.

Y eso me hizo recordar que había otros artistas resistentes a nuestras prisas que también nos enseñaban la virtud de la lentitud de la mirada.  Edward Hopper o  Mark Rothko son dos maestros absolutos en ese arte de ralentizar el tiempo. Aunque sus estilos son completamente opuestos, ambos diseñaron sus obras con trampas visuales específicas destinadas a romper la mirada rápida y forzar al espectador a detenerse.

mujer mirando cuadro

Hopper pinta cuadros en los que nunca hay acción y sus personajes están aislados geométricamente en ventanas, puertas o escaparates, con esa luz Hopperiana que los envuelve y los aísla del mundo.

Mientras que Rothko disuelve la realidad por completo para obligarte a mirar hacia tu propio interior. Sus inmensos campos de color (Color Fields) no son decorativos; están diseñados bajo estrictas reglas de contemplación lenta. Veladura a veladura construye, un mapa de variaciones de un mismo color.

Necesita un Rothko, ser contemplado un tiempo, para que esos matices se muestren ante el espectador y te embriaguen el alma hasta la más pura emoción.

Pero ¿por qué no dedicamos tiempo a mirar? ¿son las prisas de nuestro tiempo? No me lo parece porque tenemos tiempo para otras muchas cosas como sesiones maratonianas de series de televisión.

Quizás, lo que no nos apetece es pensar, encontrarnos con nosotros mismos en ese pensamiento, nuestra soledad, nuestras preocupaciones. Es una estrategia de evasión psicológica voluntaria.

Cuando encadenamos episodios de series de televisión durante horas, no estamos buscando una experiencia artística profunda. Estamos buscando, precisamente, apagar el pensamiento autónomo y suspender la conciencia.

Sin embargo, el cuadro de Rothko o el cine de Garci te obligan a mirar hacia dentro. Al estar en silencio, tu mente empieza a procesar tus propias preguntas existenciales. Eso puede llegar a ser incómodo e incluso doloroso.

mujer en ordenador

Si Walter Benjamin acuñó el concepto de “mirada distraída” sus colegas de la Escuela de Fráncfort señalaron “la mirada anestesiada”. Sostenían que la industria cultural, que hoy perfectamente podrían estar encarnadas por las plataformas de streaming, la televisión o las redes sociales,  crearía productos fáciles de digerir de forma automática. El objetivo de este entretenimiento masivo es precisamente evitar que el espectador piense de forma crítica, manteniéndolo en un estado de pasividad dócil y conforme. Y aquí aparece, en mi opinión,  una de las principales trampas del capitalismo contemporáneo, que siempre nos ofrece una solución cómoda a los problemas, aunque hay que pagar un arancel que no es otro que la cesión de libertad, de criterio, de nuestra propia voluntad. Porque esta cesión nos obliga a creernos todo lo que de forma malintencionada o no, nos digan desde esa televisión que está bien o está mal.

Sin duda, las series actuales están optimizadas para la mirada distraída. Utilizan paletas de colores predecibles, esquemas de guion repetitivos y un ritmo que te atrapa sin exigir que pongas nada de tu parte. Es el reverso exacto del “saber mirar” de Garci. Ya no haces el esfuerzo amoroso de descifrar al otro, dejas que las imágenes te inunden para llenar el tiempo. Pasamos de la contemplación activa al simple consumo de minutos de pantalla. Al final, la destrucción de la mirada es el precio que pagamos por elegir la distracción constante antes que el silencio del pensamiento.

Quizá la pintura conserve todavía una función esencial: recordarnos que existen imágenes que no se consumen de un vistazo. Imágenes que exigen una presencia distinta y que solo empiezan a hablar cuando aceptamos concederles tiempo.

Quizás merezca la pena el esfuerzo de volver a contemplar con tiempo porque, al fin y al cabo, saber mirar es saber amar y sólo así apreciaremos en la diferencia del otro un lugar desde donde quererlo.

Contra la mirada distraída. Óleo sobre lienzo, 70 × 100 cm. María Ángeles Espílez Murciano. Serie Peso en el aire.
Contra la mirada distraída. Óleo sobre lienzo, 70 × 100 cm. María Ángeles Espílez Murciano. Serie Peso en el aire.

🎧 Escucha «El abismo entre ver y mirar»


© María Ángeles Espílez Murciano
Este texto forma parte de los Cuadernos de Peso en el aire, un proyecto de investigación sobre pintura contemporánea