Desangelados

Lazarillos, aprendices, criados y mendigos,
los niños (pobres) siempre han estado en lo más bajo
de la base de cualquier pirámide social.

Han servido como recipientes para transportar vacunas,
saben disparan sin jugar, les enseñan antiguos odios,
y sus órganos de contrabando salvan vidas.

Aún son mano de obra, casi regalada,
entre las paredes de una mina o taller;
llenan sus pulmones de humo en las fábricas
o sudan su cansancio al aire libre.

Sus cuerpos todavía son objeto de oscuros deseos
y un lugar donde choca cualquier utensilio
a la hora de maltratar.

Cada persona sin infancia es un ángel,
triste, porque no conoce el cielo.


© Antonio Maldonado
Imagen © Lewis Hine