Destinos

Desaparecía el horizonte en un espejismo de agua sobre el asfalto recalentado de julio y, la carretera era una recta interminable que podía llevarme a ninguna parte, pero lejos, muy lejos de Madrid. Me dejé llevar por la ilusión del infinito mientras superaba kilómetros huyendo sin saber bien de qué, o tal vez de la insatisfacción de una mujer que no carecía casi de nada. En cualquier caso era una huída confortable, en el frescor superficial del aire acondicionado; tras los cristales, morían los pájaros abrasados por el sol.

Pensé en don Quijote y me negué a imaginarlo atravesando La Mancha a esas horas tórridas de la tarde; estaría en alguna venta de paredes encaladas o bajo la sombra de una higuera. La fantasía me hizo desear otra venta y, enseguida apareció el anuncio de una gasolinera. Paré el coche; al abrir la puerta una bofetada de fuego me devolvió al mundo. Corrí hacia la tienda que anunciaba helados en el cristal de la ventana. Cerca de la entrada, en un lateral del edificio estaban tres niños entre dos y siete años que se entretenían saltando en el bordillo, ajenos al peligro de coches que entraban y salían. Me detuve ante ellos, hasta que la niña mayor me miró recelosa y guardiana de los pequeños. Bajo el único árbol, a escasos metros del edificio junto a un bidón lleno de basura, una furgoneta de matrícula extranjera reventaba de equipaje.

Hacía tanto calor que me sentí culpable de entrar dejándolos fuera. Siguieron saltando hasta que el pequeño se cayó. La niña menor se le parecía, me llamó la atención la falda de flores que le pasaba las rodillas. La mayor levantó al pequeño del suelo; era muy guapa; su trenza gruesa de pelo negro contrastaba con el naranja de la blusa. Me miró seria; sonreí. Noté qué alguien observaba desde la ventana de la tienda. Aquellas criaturas no estaban solas y entonces decidí entrar. Al pasar me crucé con un hombre joven. En la barra pedí agua helada y miré a través del cristal. El hombre que había salido hablaba a los niños, que escuchaban atentos, después se fue hacia la furgoneta, buscó algo y regresó hacia el local. A pesar del calor los tres volvieron a saltar una y otra vez el escalón de la acera.

El empleado del mostrador cuchicheaba en voz baja con otro cliente sobre el tipo de la furgoneta que estaba a punto de entrar. Un espejo en la pared de la derecha de la máquina del café reflejaba la puerta de los servicios, donde una sombra atravesó el de señoras. Terminé el agua y la curiosidad me llevó hasta allí. Cubierta con un manto negro de la cabeza a los pies, salvando los ojos por una estrecha franja, una mujer estaba recostada junto al lavabo. Abrió despacio el grifo y empapó una toalla doblada; la retorció escurriéndola; se remangó el sudario y paseó el trapo mojado por el brazo de piel blanca y tersa, de mujer joven, luego repitió el ritual en el otro brazo, sin subir más allá del codo; continuó por los pies hinchados entre las tiras negras de las sandalias y comprimidos entre unas medias que parecían vendajes. Volvió a mojar y retorcer la felpa, pasándola del tobillo hasta media pierna una y otra vez, buscando el frescor del agua. Me quedé mirándola igual que a los niños que debían ser sus hijos. Era una escultura de cera, de muerte viviente que se derretía en plena Mancha. Disimulé lavándome las manos en el lavabo contiguo, casi rozando la aparición de aquella imagen lejana que sólo vemos en las noticias. Volvió a mojar el paño y lo pasó por debajo de la tela que le cubría el cuello empapado de sudor. Llegó hasta la cara; en ese momento vi su rostro: casi una niña de ojos inquietos. Al cabo de un rato guardó el trapo en una bolsa de plástico. Me sonrió con la mirada y al salir dijo algo en tono amable que no entendí. Después atravesó el local con la cabeza inclinada hacia el suelo hasta alcanzar la puerta; ni ella ni el hombre de la furgoneta se miraron.

Observé desde la ventana. Los niños rodearon a la mujer y los cuatro se sentaron en la acera aprovechando la sombra del edificio; ella les decía algo. Imaginé que les contaba un cuento.

Al cabo de un rato el hombre salió y se dirigió a la furgoneta cargado con botellas de agua; la mujer y los niños le siguieron. Él abrió las puertas y se sentó frente al volante; ella, con movimientos suaves y cuidadosos, fue acomodando a los críos entre los fardos del equipaje. Luego, y en silencio, ocupó su sitio junto a él.

La furgoneta arrancó en dirección al Estrecho. Los vi alejarse. Pensé en las niñas y en los años que aún les quedaban antes de vestirse de sombra, aunque fuera su decisión. ¿Sería eso el destino?

El aire acondicionado estaba muy fuerte cuando abandoné el establecimiento. De frente, la señal indicaba a Madrid. A lo lejos, en dirección contraria la furgoneta desaparecía bajo el espejismo del calor en el asfalto. Me di la vuelta. Frente a mí, la misma carretera desdibujada por la luz e integrada en el paisaje me invitaba a partir, a retomar, o, a buscar otra vida; mi destino más allá del horizonte.


Texto y fotografía © María Cruz Vilar