Diarios de Sentinel: II. Escapismo

«Conocí a mucha gente en Europa. Incluso me encontré a mí mismo». James Baldwin (1924 – 1987)


El viajero sabe que el espíritu aventurero no se ensaya, no se programa, no cotiza en bolsa. Sabe que no se vende a precio de saldo en grandes almacenes ni se instruye en modernas sesiones de coaching. El espíritu aventurero es como el tiempo, que no entiende de operaciones estéticas, de dos por unos ni de black fridays. Es inmaterial, y como tal, sumamente valioso. Ya lo afirmó Teofrasto allá por el segundo siglo a. C., el tiempo es la cosa más valiosa que una persona puede gastar. Y si tenemos dudas de ello, probemos a comprar años de vida por internet o en centros comerciales acreditados. O imaginemos cuánto tiempo contante y sonante estaríamos dispuestos a hipotecar por la adquisición de un inmueble.

El viajero ha aprendido que se nace aventurero como se nace introvertido, y comprende que éste es un atributo congénito. Los años de peregrinar le han enseñado que alguien puede transformarse en un ser solitario o noctámbulo, que puede convertirse a una religión o adquirir modales exquisitos, afinar el paladar o llegar a ser un ególatra consumado, pero también tiene el presentimiento de que ser aventurero no es una conducta social, sino una característica de la personalidad. Una marca de nacimiento, ese yo del que hablaba Ortega y Gasset.

Queremos dar esquinazo a la rutina o mitigar nuestra amargura imaginando paraísos lejanos, creyendo que en ellos seremos felices de una maldita vez. Pero el auténtico viajero lo llama a eso escapismo. Un alma aventurera disfruta de los pequeños avatares del día a día y de su barrio, al tiempo que se sabe un Quijote en países remotos. Y cuando viaja, ya sea a la vuelta de la esquina o a la plaza del Registán, lo hace ligero de equipaje y sin billete de vuelta en el corazón.

(Inspirado en la isla del Sol, Lago Titicaca, el 13 de agosto de 2016)

© José María Atienza Borge
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