Diez céntimos

Nada más entrar en el bar me golpeó el olor acre a gambas al ajillo, pero recuerdo que no me importó mucho aquel día. Me pareció tan suave como un arrullo porque veníamos del frío afilado de la calle, un frío al que aún no he podido acostumbrarme a pesar de llevar medio siglo viviendo en Madrid. Siempre iba a ese bar los jueves por la tarde, antes del telediario de las nueve. Saludé a Pablo, el camarero, por su nombre y pedí dos riojas sin consultar a Matilde, cuando uno lleva tantos años casado muchas acciones son automáticas. Me ocurre algo parecido con esa manía de observar a todos los parroquianos de la barra sin que lo noten. Lo hago sin ser consciente de ello. Ella me hablaba de la obra de la cocina en la casa de la sierra y yo le atendía y asentía con la cabeza. Luego dejó de hablar y bebimos lentamente acompañando el vino con unos trozos de tortilla que Pablo había dejado para nosotros. Me sentía bien, con una alegría contenida, cada vez estaba más contento con mi vida de jubilado, con la idea de saber que los chicos estaban independizados, con llevar una vida razonable, con tener a Matilde cerca. A mi izquierda, junto a la puerta, un tipo con aire de auditor conversaba en voz baja con una chica rubia. Al fondo del bar dos hombres hablaban mal del alcalde y sopesaban las posibilidades que el Madrid tenía, a aquellas alturas del año, de ganar la liga de fútbol. Terminamos la consumición. Por el programa de la televisión del local calculé que habrían pasado unos veinte minutos. Consulté con la mirada a Matilde y saqué un billete de la cartera para pagar los vinos. Habría que salir al frío y luego volver a casa para cenar. Hablé un poco con Pablo sobre cómo iban las cosas. Nada importante. Pocas veces suceden cosas verdaderamente importantes y, cuando lo son, no siempre se es consciente de ellas. Dejó el platito con las monedas de la vuelta encima de un mostrador que albergaba las tapas. Al ir a recogerlas y dejar la propina, golpeé por accidente el platito y las monedas cayeron al suelo. Recogí mecánicamente las grandes, pero una moneda de diez céntimos rodó a un punto de difícil acceso, justamente en la intersección del suelo con el soporte del mostrador, debajo de una papelera de las que ponen en los bares para tirar las servilletas de papel usadas. Pero eran diez céntimos. ¡Diez céntimos! Regresaron mis fantasmas aunque eran diez céntimos de euro, no de peseta. De haber sido una moneda de veinte no me hubiera molestado en intentar recogerla y agacharme a mis años. Pero era de diez, tenía que hacerlo porque sabía lo que podían significar diez céntimos, yo lo sabía mejor que nadie en el mundo. De hecho, no tuve siquiera que agacharme porque la rubia de la izquierda recogió la moneda del suelo y me la dio con una sonrisa. Pablo bromeaba acerca de la excelencia de sus clientes que recogían hasta el último céntimo. Él no comprendía nada. La chica que me había devuelto la moneda me decía que era todo normal, que en su país se decía que un penique hacía una libra. Debía ser inglesa. Tampoco ella entendía lo que me pasaba. Comprendí entonces que tenía que contarlo, que necesitaba ser capaz de explicar a desconocidos lo que me había ocurrido para así librarme de aquel monstruo que me acompañaba. Aquellas personas del bar y el propio Pablo habían sido puestas allí aquella tarde para liberarme de aquello, sabía que si era capaz de explicar mi historia a alguien con quien no tuviera confianza perderían el efecto que las monedas de diez céntimos tenían sobre mí. Así que comencé y dije “Señorita, lleva razón. Pero las cosas no son como parecen. Diez céntimos pueden cambiar a una persona”. Matilde me tiró del brazo y dijo que volviéramos a casa que yo ya sabía que no podía contarlo, que me sentaría muy mal. Pero no hice caso y continué. Los dos hombres dejaron de hablar de fútbol, el auditor me dirigió una mirada circular. Se fijó en mi corbata y en mi traje bien cortado y noté que su cara mutaba como si atisbara una tragedia lejana, perdida en el tiempo. O puede que no pensara nada de eso y todo estuviera en mi mente. “Diez céntimos pueden ser muy importantes.”, continué mirando a la chica. Conté entonces que nunca conocí a mi padre porque era un soldado republicano que me fabricó en un permiso y luego murió en la cárcel de tuberculosis cuando yo tenía año y medio, que mi madre me hizo trabajar de pastor desde muy pequeño, cuando salía de la escuela, a cambio de la comida porque había hambre en casa, pero que todo aquello solo tenía indirectamente que ver con los diez céntimos. Trabajaba para un ganadero que era mala persona. Mucho peor aún que los que habían encarcelado a mi padre. Miré a Matilde un momento. Estaba desasosegada, con cara de preocupación, pero seguí hablando y les conté lo de la navaja. Tenía nueve años entonces y jamás había recibido un regalo. La navaja costaba cinco pesetas y yo la quería con toda mi alma. Parece mentira la ilusión que puede hacer a un niño una cosa pequeña que es trivial para un adulto. Les conté entonces el juego que practicaba de tirar monedas junto a una pared. Quien había tirado la que quedaba más cerca de la pared se llevaba todas. Me interrumpió uno de los que hablaban de la alcaldesa para decirme que él también había jugado y que era mucho más difícil de lo que parecía. Por los rebotes de las monedas era muy difícil calcular el impulso que había que dar al lanzamiento. Asentí con la cabeza y miré las vetas rojizas de la piedra del mostrador y luego el paragüero metálico para tranquilizarme porque notaba cada vez más los latidos de mi corazón y no sabía si iba a poder llegar al final. El otro era un hombre de mediana edad y seguramente habría jugado con monedas de una peseta, pero en la época que yo les decía el juego era mucho más difícil porque se hacía con monedas de diez céntimos. Estaban fabricadas de aluminio, pesaban poco y eran muy difíciles de controlar. Tenían un jinete con armadura en el anverso, nunca podré olvidarlas. Pero yo estaba bien entrenado, en mis tardes de pastor practicaba en la pared de una alquería, no tenía otra cosa que hacer y quería la navaja, soñaba con ella y con las cosas que podría hacer cuando la tuviera. Aquel juego era el único modo de conseguirla. Fui ganando monedas que iba metiendo en un tarro hasta llegar a cuatro pesetas y noventa céntimos. Me faltaban diez, pero estaba tan cerca de conseguirlo que dejé de jugar porque sabía que estaba nervioso y perdería. Miré un mapa colgado de la pared en el que aparecía la región de Pablo en relieve para tratar de seguir hablando, noté la caricia de Matilde en mi mano derecha, pero no pude seguir. Solo me dio tiempo a decir que escondía el tarro con las monedas debajo de un tronco caído y que dejé de jugar durante una semana. Luego comencé a llorar y a gritar “¡Nunca conseguí la navaja!”. Hice caso omiso de las miradas de sorpresa de los cinco que me estaban atendiendo y escuché a mi mujer decir “Ya te dije que no intentaras contarlo, Ramón. No puedes. Solo sirve para que sufras una y otra vez” Yo seguía diciendo cada vez en tono más bajo “¡Nunca conseguí aquella navaja!” entre sollozos. En ese momento, el que parecía un auditor intervino y vi que tenía los ojos llorosos. Deje que termine la historia por usted, alguien vio donde guardaba el tarro con las monedas de diez céntimos y se lo robó. No, le expliqué, el ganadero vio el tarro y dijo a mi madre que yo le había robado dinero. Además de quitarme las monedas me castigaron. La vida da mil virajes. Acabé haciéndome ingeniero, pero nunca pude conseguir la navaja. Aquel hombre murió de muerte natural, dije con amargura. Me sequé los ojos. Tomé la mano de Matilde y abandoné el bar. Nadie pronunció una palabra. Salí al frío, ahora acogedor y me di cuenta de que no lo había conseguido pero que, a pesar de todo, tenía que regresar al bar de Pablo el jueves siguiente y tomarme unos vinos como si nada hubiera ocurrido.

© Texto Santiago Asensio