Doce meses robando vida a la muerte con la literatura

Cómo cansa y hastía pensar perturbadamente y por ello pensar tanto, el desvarío es siempre del pensamiento que hace rimas y oscila y puntúa arbitrariamente, tengo que dejar de pensar y hablar en cambio para descansar de mi pensamiento que unifica y asocia y establece demasiados vínculos.

Javier Marías, Todas las almas, 1989


Decía el escritor francés León Bloy, conocido por su ferviente espiritualidad y su estilo intempestivo, que «cuando muere un gran hombre añade algo a la Vía Láctea». Esta reflexión, impregnada de misticismo, me llevó a cavilar si, efectivamente, desde la pequeñez de nuestra especie podemos contribuir a la vastedad del universo, como si nuestro legado se inscribiera en las mismas estrellas; como si, tal vez, de nosotros no quedara únicamente el polvo al que David Bowie cantó en su famoso álbum de 1972, protagonizado por el bueno de Ziggy Stardust.

La afirmación, pues, encuentra eco en el corazón mismo de la literatura, en un ámbito donde las ideas y las palabras son herramientas que moldean la imaginación humana. Con ella, transcurridos doce meses del comienzo de esta sección de Encima de la niebla, hemos robado una buena ración de vida a la muerte, por lo que valga este artículo para conmemorarlo.

En efecto, la literatura es el reflejo de la vida y las experiencias humanas, un vasto océano donde las voces resuenan a lo largo del tiempo. Desde los mitos antiguos o los clásicos grecolatinos hasta las novelas o piezas teatrales contemporáneas, cada manifestación literaria es un fragmento de la realidad vertido negro sobre blanco. Así, cuando un autor parte de este mundo, sus contribuciones, hijas de su tiempo —bienvenido sea el neohistoricismo de Stephen Greenblatt—, perduran en las páginas de la historia literaria, añadiendo luz al firmamento de la creatividad humana. De hecho, me atrevería a sostener que desde ninguna otra disciplina puede conocerse mejor al hombre que desde las humanidades.

En consecuencia, grandes nombres de las letras, con títulos imprescindibles, desafían al olvido y trascienden las limitaciones del tiempo, pues sus obras constituyen asideros para las generaciones futuras, singulares rincones donde hallar respuesta a las inquietudes mortales. Sin embargo, como decía el periodista y escritor Giovanni Guareschi, las ideas son como los trenes: casi siempre llegan con retraso, y el proceso creativo no siempre sigue un curso lineal. En este sentido, cabe recordar que el impacto completo de una obra o el reconocimiento de su genialidad puede no manifestarse de inmediato. Algunas veces, las tendencias literarias más revolucionarias necesitan tiempo para germinar en la colectividad.

No en vano, la literatura está llena de ejemplos de obras que fueron subestimadas en su época, solo para ser redescubiertas y aclamadas años, décadas o incluso siglos después de su publicación: he ahí casos como los de Emily Dickinson, de quien se calcula que únicamente se publicaron una docena de sus poemas en vida; Franz Kafka, que expiró en el anonimato, o Herman Melville, quien nunca conoció el éxito de Moby Dick. Todos ellos experimentaron, de distintas formas, un desdén inicial de la crítica solo para más tarde ser venerados como visionarios. ¿Estaremos hoy ante casos similares?

Tal fenómeno manifiesta la complejidad del proceso creativo y la naturaleza cambiante de la recepción a lo largo del tiempo, hecho que se une a que cada nuevo autor se ve influenciado por aquellos que lo precedieron, absorbiendo y reinterpretando las ideas o estilos que los hicieron únicos. Esta última etiqueta garantiza que, en el horizonte de la literatura, cada gran hombre o mujer que se despide agregue una nueva estrella a la inmensidad de la Vía Láctea, León Bloy dixit. Sus respectivos legados, a los que, de un modo abstracto, quiero dedicar este texto, no solo enriquecen nuestra realidad, sino que también dejan una marca perdurable en el devenir del tiempo, el cual, como la muerte, es posible vencer con la literatura.

Madrid, 27 de mayo de 2024


© Texto: Luis Gracia Gaspar

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