Domingo de Ramos

Palmas y romero
abrazan el pórtico de la iglesia.
Los escolares -en fila-
entran dispuestos a cumplir  
el precepto de la liturgia.

Saben que la niña nueva estrena
falda- blusa-rebeca-calcetines y
esas zapatillas azules -de paño-
con trabilla y botón.

Blanco de miradas
tendría que estar contenta,
manifestar su alegría,
compartirla con el resto de la clase
que en silencio la observa.

La niña nueva no sonríe 
-apenas levanta los ojos del suelo-
su gesto es el de diario
triste y pensativo.

Todos saben
que es aún más pobre.  
Que el ajuar que estrena
es un regalo de la maestra.

Presa de miradas
quiere salir corriendo
pasar desapercibida
entre tanta gente vestida para la ocasión.  

Sólo teníamos seis años
cuando me puse en su lugar
cuando supe que no saldría huyendo
porque no tenía otra opción
que aguantar el papel de
“mono de feria”
de aquel Domingo de Ramos.
No recuerdo su nombre
pero sigo viendo su cara
y vuelvo a sentir “eso”
que con el pasar del tiempo
llamé COMPASIÓN.


© Texto María Cruz Vilar   
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