Don Rosendo y los frijolitos desconsiderrados

Unos cuentan que esta historia ocurrió en el Estado de Oaxaca, otros la refieren a un pueblo del Estado de Hidalgo, algunos malintencionados aseveran que todo aquello fue mentira, invención, lo cierto es que, según los datos e informaciones que obran en mi poder, esto ocurrió hace unos pocos años, muy cerca de México DF.

Don Rosendo Morelos descansaba tranquila y cómodamente, recordando con serenidad las cosas que recuerdan todos aquellos que nos dejaron, era la noche de difuntos, pero él apaciblemente estaba inmerso en sus asuntos cuando algo le perturbó su calma. Comenzó a escuchar ruido a su alrededor, voces conocidas llegaban hasta él, una inolvidable música, junto a unas pequeñas luces que le sacaron de la oscuridad y de sus ensoñaciones.

Un año más sus familiares y amigos habían llegado hasta él para celebrar la noche de difuntos. Traían consigo el cansino Pan de Muertos, su olor era característico, también las clásicas y dulzonas calaveras de azúcar y chocolate, la tradición manda, se dijo. La música que le ponían para agasajarle no era la que le gustaba, era música caduca, él en la última etapa de su vida había descubierto melodías mucho más hermosas: Mozart, Strauss…, pero nada, no había forma, año tras año le cantaban: Yo soy el rey, La cama de piedra…, bien sabía Don Rosendo lo que era aguantar la piedra día tras día y noche tras noche.

El mal humor por esta tan pesada y despersonalizada visita le iba creciendo por momentos, a pesar de haber sido masón durante las tres últimas décadas de su vida y comprender el enorme peso que tiene el simbolismo y la tradición, renegaba de ello en tanto a que sabía que había que combinarlo con cosas nuevas, Don Rosendo había aprendido en la logia en la que había trabajado durante más de veinte años a ser tolerante y transigente, pero aquello era algo que le encrespaba, hay mucha música en el mundo, se decía. Pensó rápidamente en como poder manifestarse y expresar su descontento por esa fiesta tan poco personalizada. Los vivos no eran conscientes que en donde él se encontraba también existía la necesidad de un agasajo a la medida de sus necesidades y no de las que marcaba la tradición, la tradición, con los años, resultaba aburridota por lo predecible, afirmaba una y otra vez mientras se preguntaba:

-¿Dónde está la sorpresa este año?

Recapacitó sobre la forma de hacerles saber a esos vivos, que seguro le seguían queriendo, cuáles eran sus necesidades o al menos sus gustos.

Como pudo se cargó de energía y llegó hasta las manos de su sobrino Diego, que tocaba la guitarra con más sentimiento que capacidad. Como pudo, ya que él no había sido un virtuoso de la música, cambió los dedos que presionaban aquellos trastes de la guitarra de ese músico aficionado, luego intervino en la otra mano, la derecha, para, así mantener la cadencia del ritmo, era un tres por cuatro el patrón que necesitaba en ese momento.

A pesar de la oposición de Dieguito, logró dar los primeros acordes, todos se quedaron turulatos, Amelia, la hermana de Diego, le regañó severamente y le llamó sacrílego. Aquel no era el momento de entonar un vals, sentenció confusa, y mucho menos “El Danubio Azul”, añadió enfadada y ofendida.

-Ese Danubio es un río extranjero y estamos en México, en todo caso debería ser, en el caso de que existiera, un vals sobre el Río Grande -, le hizo ver con vehemencia.

    Pero Dieguito no podía hacer nada, estaba atónito, asombrado, cada uno de sus dedos eran manipulados por una fuerza extraña, al cabo del rato Doña Rosario, que se afanaba en colocar el altar e iluminar todas sus velas, colocar agua mineral, sin gas, como a el difunto le gustaba, un platillo de nopales con cebolla, cilantro y jitomate con un poquito de chicharrón, no mucho que era fuerte para su castigado estómago.

    María, la hija menor, siempre conectada a las redes sociales, hacía un vídeo de todo lo que estaba ocurriendo para pasarlo al grupo de Watts app y a Facebook. Valentín y Juanita miraban cómo se preparaba la ceremonia sin atreverse a decir palabra, los pobres, como ya eran mayores no entendían nada. Carmen y Sylvia, las dos amigas de la familia que no les gustaba perder el tiempo y mientras se preparaba la ceremonia, afanadas en sus labores hacían bufandas para su respectivos nietos se sobresaltaron y comprendieron que estaba ocurriendo algo sobrenatural. Fue entonces cuando Don Rosendo dejó de pulsar los trastes y las cuerdas de aquella guitarra, Manuel, el marido de Sylvia, comenzó a buscar música en su celular hasta que encontró la pieza deseada dirigida por el maestro Von Karajan. Al escuchar los primeros compases quedaron todos en suspenso, mirándose los unos a los otros y las otras a las unas. Todo el mundo estaba atento a lo que pudiera pasar, cuando se escuchó un leve sonido en la tumba, algo que parecía marcar el compás, pom, pom, pom, pam, pam, pam, pam… Tras unos segundos donde reinó la incredulidad las sonrisas se fueron esbozando en los rostros de los presentes, aquello, parecían decir sus miradas circunspectas, aquello tenía pinta de ser obra del mismísimo Don Rosendo. Dña. Rosario se sintió feliz al saber que aquello era bueno para su estimadísimo marido, al que tanto quería en esos momentos como lo amó en vida, a pesar de ese carácter tan suyo.

    Don Rosendo, desde donde estaba, también se sintió gratificado por la música y por la amable sonrisa de su querida Rosario, a la que tantas veces había puesto los cuernos. Pero eso era otro asunto sin importancia, al fin y a la postre, se dijo convencido, yo soy hombre, hombre y los hombres, hombres, ya se sabe…

    Una vez pasados esos momentos de temor e incertidumbre por ese insólito acontecimiento Dña. Rosario comenzó a hablar con Don Rosendo, y le contó y le dijo y le comentó y le advirtió, hasta le llegó a dar algún consejo.

    Don Rosendo comenzó nuevamente a exasperarse cuando las palabras cariñosas se convirtieron en la perorata que había oído durante más de la mitad de su vida. Él había pasado muchos años practicando el silencio y la escucha atenta, lo aprendió cuando era aprendiz de la logia Tolerancia y Laicismo al Oriente de México DF, pero se defendió diciéndose reflexivo que ya había pasado el tiempo de la escucha activa y reiterativa.

    Desconectó y dejó de escuchar a Dña. Rosario en el justo momento en el que esta le advertía sobre la necesidad de alimentarse y comer el Pan de Muertos, era muy dulce y nutritivo y le sentaría bien allá donde estuviera. Don Rosendo bien sabía lo que ella le iba a decir a cada instante: Que tenía que ser feliz, que debería ayudar a los vivos y más a los familiares y allegados, que había que cuidarse mucho, mucho, mucho. Don Rosendo, cansado de tanta y tan aburrida prédica volvió a reflexionar sobre cómo hacerse entender, cómo decirles que ese Pan de Muertos era inhumano y que el azúcar  y el chocolate de las calaveras eran de muy baja calidad.

    Concibió una idea en ese mismo instante, tendría que hacer por materializarse de alguna forma y debería escribir en el suelo aquel alimento que deseaba tomar. Pensó, se llenó de energía que emanaba de la tierra, acumuló fuerza, tomó impulso nuevamente y ¡zas! Comenzó a escribir sobre la tierra más cercana a su tumba: F R I J O L E S, pero Dieguito pisó sin querer algunas letras, cuando advirtió Juanita el movimiento de la tierra a su lado estaba terminando la palabra y solo vieron como surgían de la nada las letras E y S. Solo se podían leer la F, la O, la E y la S. todos entendieron que algo extraño estaba ocurriendo allí, Manuel, muy intuitivo, enseguida comprendió el mensaje, el tío Rosendo quería Faroles, como alma que lleva el diablo se fue a todo correr hasta la entrada del cementerio, era el lugar donde se vendían flores, guirnaldas, tamales, quesadillas, guacamole, velas… y como no, faroles, unos pequeños faroles confeccionados en papel donde en su centro se ubicaba la vela. Compró el más grande, también un cirio, el más hermoso, y volvió corriendo a la tumba de su queridísimo tío, Don Rosendo.

    Al ver aquella cosa tan extraña Don Rosendo se enfadó muchísimo y cuando colocaron el farol sobre la lápida sopló con tanta indignación que logró tirarlo, la cera se esparcía sobre el pentagrama que había esculpido en la lápida, era el signo masónico que él había elegido tener: una estrella de cinco puntas, en su centro se formaba un pentágono perfecto, una nueva estrella más pequeña surgía dentro de ese pentágono que formaba otro pentágono y así sucesivamente, hasta el infinito. Él creía en el infinito, es más, creía que estaba formando parte de él.

    Toda la familia quedó con la boca abierta, estaban estupefactos, apesadumbrados por no haber comprendido el mensaje que les mandaba Don Rosendo desde ultratumba. La ira contenida de este hombre se desbordó de tal forma que la lápida se resquebrajó. ¡Adiós pentagrama!, eso no parecía bueno, había roto con el infinito, pensó Carmen, que había dejado de hacer la bufanda.

    La familia sobresaltada salió corriendo despavorida pensando que el muerto iba a aparecérseles lanzando rayos y truenos, además de alguna palabra mal sonante a las que estaba tan acostumbrado a decir en vida.

    Cuando llegaron a todo correr a la puerta del cementerio, al lugar donde Manuel había comprado el cirio y el farol, todos temerosos, con miedo a regresar ante la tumba, sin saber cómo decirle al difunto que el error no había sido culpa suya y que ellos habían interpretado literalmente lo leído en la tierra que bordeaba a su tumba, vieron un haz de luz verdoso que se movía constantemente, era un hilo de luz brillante, travieso, que iba de uno a otro lado moviéndose como una cobra que sale de la cesta y escucha atenta la música de la flauta de su amo. Don Rosendo supo que había obrado mal, tanto que él mismo se asustó por las grietas que se formaron en su lápida, de alguna forma había roto el concepto de infinito, Carmen tenía razón y quería pedir perdón, por eso se cimbreaba en uno y otro sentido mientras se acercaba a los puestos que ofrecían sus mercancías y les hacía señas para que le siguieran, para que pudieran estar juntos y ver aquel mercado gastro-funerario.

    La familia y amigos advirtieron que esa luz brillante solo podía ser vista por ellos y solo tenía una explicación, Don Rosendo quería comunicarse, sin enojos ni rudos y ruidosos enfados.

    La familia se fue acercando poco a poco, Juanita se quedó rezagada, sufría de palpitaciones desde muy pequeña y no quería morir de un susto y no salir de ese recinto nunca más. Al poco rato, estando todos juntos, los vivos y el muerto, fue cuando Don Rosendo vio un puestito muy humilde en el que vendían frijoles con arroz, frijoles que olían muy bien y parecían tener mucho picante. Se posó sobre ellos y comenzó a danzar.

    Doña Rosario, sobrepuesta del susto, se dio cuenta que era el platillo que su marido deseaba y le dijo:

    -¡No, no, no, Rosendo querido!, sabes que el picante siempre te irritó el colon y que los frijoles son muy perjudiciales para tu vientre, ¡de ninguna de las maneras!

    Pero Don Rosendo, tenaz y machacón desde siempre, seguía bailando sobre la cazuela llena de frijoles picantes, de ahí pasaba a las botellas de Cuervo, el tequila que tantos buenos ratos le había ofrecido en vida, cuando estaba lejos de Doña Rosario y sus sabias advertencias.

    Los hijos y amigos convencieron a Dña. Rosario para que accediera a la petición, si es que en esta ocasión habían entendido bien su mensaje. Al final la viuda hizo de tripas corazón, no quiso ver nada, marchó con pasos cortos hacia la tumba de Don Rosendo y comenzó a limpiarla nuevamente con cariño.

    Pocos minutos después llegaron el resto del grupo de familiares y amigas a la tumba, llevaban una botella de su tequila preferido y un plato generoso de frijoles con arroz, nadie los quiso probar, eran para el difunto Don Rosendo, al fin apareció serpenteante la luz verdosa que todos suponían era el muertito. La luz se introdujo primero en el vaso que contenía su tequila preferido, luego se entregó de lleno al guiso, a los pocos minutos salió de él, pero la luz era más gruesa y había cambiado de color, ahora era roja. Todos se miraron estupefactos, nadie supo explicar a qué se debía el cambio. La luz se recostó sobre la tumba por unos momentos, el rojo cada vez era más intenso, de repente sonó algo, un ruido sin importancia al que nadie se interesó, el ruido fue acompañado de un movimiento convulso de esa lucecilla encarnada, a los pocos instantes otro ruido, esta vez sí fue escuchado y comprendido por todos, el movimiento zigzagueante de la luz fue mayor, a este le siguió otro y otro más, las convulsiones de la luz eran cada vez mayores, la luz se hizo más ancha, mucho más ancha, hasta que comenzó a flotar. El olor de aquella tumba, a pesar de las flores, se hizo irrespirable, toda la familia se fue alejando, la luz convertida en burbuja también se fue distanciando de la tumba, subiendo más y más alto hasta perderse en la atmósfera.

    Mientras tanto el pobre de Don Rosendo, con un acúmulo de metano superior al que su condición de muerto podía soportar, maldecía los frijoles, ellos habían sido unos grandes desconsiderados con él. Su familia había sido amable y condescendiente, pero ahora, desde las alturas no tenía forma de decirles que necesitaba bicarbonato y anises, el primero para quitarle el ardor interno y el segundo para ayudar a expulsar toda la fermentación que habían conseguido llevar a cabo los malditos frijolitos desconsiderados. En esas estaba cuando un ruido intenso hizo que la luz se rompiera en mil pedazos y sus haces luminosos, simulando a las Perseidas cayeran a la tierra, en pleno campo, cerca de donde unas vacas `pastaban, al poco tiempo esas lucecillas rojas que habían surgido de la explosión de Don Rosendo fueron rumiadas, regurgitadas y deglutidas por el ganado.

    Del pobre de Don Rosendo nunca más se supo nada.

    La familia siguió llevándole año tras año, el día de los muertos, un platillo de frijoles con chiles y arroz y le tocaban música de valses, pero nunca más volvieron oír protestar a Don Rosendo.

    A Doña Rosario, se la oía decir, de vez en cuando: Los frijolitos no los debió comer ni en el infinito.


    © Texto: Emilio Meseguer Enderiz
    © Imagen de Viridiana Rivera en pexels                            

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