El alzhéimer del tiempo

“El cielo puede esperar, seamos eternamente jóvenes juntos” Como decía Joan Báez, Bob Dylan o Alphaville, entre tantos otros: seamos jóvenes para siempre.

El mundo/sociedad/civilización es irónicamente comparable al ciclo de vida de un ser humano estándar. Desde los albores de nuestros primeros paseos por las placas continentales, nos hemos estado curtiendo en la vida, educándonos y tratando de sobrevivir, de averiguar qué es el bien y qué es el mal, y por qué una cosa es buena y otra es mala. Durante nuestra niñez hemos cometido atrocidades que espantaban de manera diaria a nuestros padres, que dicho sea de paso, tampoco han invertido demasiado tiempo en nuestra educación. Así pues, el ser humano ha tenido que ir encontrando el camino poco a poco, siendo el paradigma de lo autodidacta y buscando, con mucha frecuencia, excusas para molerse a palos con el vecino. ¿Dónde estamos ahora, en el año 2020? Supongo que hace relativamente poco entramos en una especie de inicio de pubertad prematura, donde nuestras hormonas están tan enloquecidas que cada día abogan por fornicar con algo distinto. Por suerte, nos hemos conocido y autoeducado lo suficientemente bien como para no tropezar en algunos de los grandes disparates del pasado. Así pues, se podría afirmar que tras un pasado algo vergonzoso, a la humanidad está empezando a picarle la entrepierna y anda enloquecida de acá para allá intentando restregarse al mejor postor, mientras negocia sin conocimiento la prostitución de su casa.

Algo que no cambiará jamás, una verdad universal de proporciones casi físicas, o metafísicas, es que cuando uno es un niño, anhela con toda su alma hacerse un adulto. Y cuando uno es cada vez más y más viejo, ansía volver a probar el dulce néctar de la juventud. Estoy sinceramente más que harto, cansado y hastiado de escuchar comentarios de todo tipo de gente de un amplio abanico  de edad que, en relación a las víctimas mortales del Covid-19, realiza  comentarios del estilo: “…sí, han muerto no sé cuántos, pero todos eran gente mayor…”, o “…a ver, tampoco hay que alarmarse, la mayoría de los que han muerto eran abuelos ya…”

Qué lástima, qué maldita y deplorable lástima. Si esa misma persona ejecutara un programa llamado Empatía 1.0 (que por cierto, es gratis), y se encontrara a sí mismo en su lecho de muerte en el año 2020 con 91 años, habiendo vivido hambrunas, guerras y una estúpida y macabra dictadura para luego caer presa de algo que ni siquiera es capaz de ver… Esas personas hubieran dado lo que fuera por volver a poseer la chispa del pasado, por regresar a un tiempo en el que, aunque fuera una época aciaga, por lo menos disfrutaban de su juventud, su salud y un sistema inmunitario fuerte y robusto.

Todos lo sabemos, ustedes lo saben. A medida que uno se hace mayor, desea volver al pasado, si este fue agradable y placentero, pero sobre todas las cosas, se desea volver a poseer el tesoro de la juventud, el diamante en bruto de nuestra existencia. A medida que transcurre esta ilusión que llamamos tiempo, que no es más que un ciclo biológico de deterioro celular, la vida nos empuja irremediablemente a volver al pasado, a disfrutar de lo que hemos perdido, a cantar canciones olvidadas y a dar abrazos eternos. E incluso muchos de nosotros regresamos a nuestros lugares de origen, para intentar de alguna manera recuperar ese pasado esquivo sumido en una amnesia sempiterna, pero cuando estamos frente a los objetos sólidos de nuestra juventud, nos damos cuenta de que ya nada es lo que era, que aunque las cosas sigan ahí, las mismas personas ya no están ahí, y en ese preciso instante reparamos en que nuestro amor estuvo en ellos, en esa gente, que ahora llamamos viejos.

© Daniel Borge
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