El anuncio

Escucho un golpe seco seguido de varias maldiciones. Abro la puerta. Hay una joven sentada sobre la escalinata. Puedo ver el diario que lleva enrollado bajo su brazo. «Creo que me he torcido el tobillo», me dice. La ayudo a incorporarse. Entramos a la casa y la llevo cojeando hasta un sillón. «Vine por el anuncio», dice,  extendiéndome el diario. Ha encerrado el texto con un rotulador. Le explico que el trabajo es sencillo: ayudar a un pobre anciano con el aseo de la casa y con pequeñas diligencias. «Ahora olvido muchas cosas», le digo, «menos que cada día estoy más viejo». Ella intenta sonreír, pero en lugar de curvarse, sus labios se contraen en una mueca de dolor. El tobillo se le ha inflamado horriblemente. Dudo que pueda caminar. Le digo que mañana, a primera hora, haré reparar ese maldito escalón. Se lo digo como una disculpa, sin embargo, sé que no lo haré. He sido yo quien lo ha estropeado. He aflojado los bordes del tablón para que se voltee con el peso de una persona. No puedo evitar que se me escape un suspiro. Cómo extraño la emoción de la cacería. Ensanchar las aletas de la nariz para percibir el aroma del miedo y luego echar a correr tras la presa. Ahora, para asegurarme un poco de diversión, debo conformarme con anuncios en los diarios y escalones trucados. Me retiro por un momento y regreso con un pañuelo bañado en cloroformo. Siento deseos de llorar por la vergüenza. Soy solo la sombra de lo que fui. La observo detenidamente. Es una mujer hermosa, mucho más que las otras que respondieron el anuncio. Se merecía haberme conocido durante mi juventud. Me le acerco sintiéndome como una miserable araña, y pienso en si, al terminar con ella, encontraré suficiente espacio en el congelador.

© Kalton Bruhl
Imagen de Andrys Stienstra en Pixabay