El apagón que llamamos descanso

A las tres de la mañana, la neurociencia del sueño queda lejos. Solo importa la cuenta: si me duermo ahora, todavía me quedan unas horas antes de que suene la alarma.

Después habrá que conducir, trabajar, cuidar de alguien. Habrá que responder con paciencia aunque se haya pasado la noche mirando el techo. La angustia de no dormir no es solo cansancio. Es saber que el día siguiente no va a perdonar nada.

Por eso buscamos algo que apague la mente. Cuando un medicamento lo consigue, el alivio es real. A veces es necesario. Conviene recordarlo antes de hablar con ligereza sobre lo que otros deberían dejar de tomar.

Pero ese alivio puede convertirse en el punto donde dejamos de mirar.

Cuando pregunto qué significa dormir bien, la respuesta suele parecerse a esto: «Me duermo rápido, no me despierto y no sé nada de mí hasta la mañana siguiente».

Hemos convertido el descanso en un apagón. En una noche de la que no tenemos noticias.

Nuestra memoria, sin embargo, no permite saber todo lo que ocurrió. No recordar despertares no significa que no los hubiera. Dormirse en cinco minutos tampoco basta para saber cómo fueron las horas que siguieron.

El sueño no es un interruptor. Tiene una estructura.

Mientras dormimos, el cerebro atraviesa distintas fases. En el sueño profundo, grandes grupos de neuronas coordinan periodos de actividad y silencio. En el sueño REM, la actividad cerebral se parece más a la vigilia y disminuye mucho el tono de la mayoría de los músculos.

A lo largo de la noche, el sueño participa en la consolidación de la memoria, la regulación hormonal y otros procesos necesarios para el funcionamiento del organismo.

También se investiga cómo influye en la eliminación de sustancias del cerebro. Un pequeño estudio en humanos observó que una noche sin dormir retrasaba la eliminación de un trazador cerebral. Los resultados varían entre modelos y métodos, y todavía se investiga su alcance para la salud humana.1Eide, P. K., et al. «Sleep deprivation impairs molecular clearance from the human brain». Brain, 144(3), 2021, 863–874. Artículo. Para resultados divergentes en modelos experimentales: Miao, A., et al. «Brain clearance is reduced during sleep and anesthesia». Nature Neuroscience, 27, 2024, 1046–1050. Artículo.

Un experimento permite entender por qué mirar únicamente las horas resulta insuficiente. Durante tres noches, unos investigadores redujeron con sonidos el sueño profundo de nueve adultos jóvenes sanos, sin disminuir el tiempo total que dormían. Después, sus cuerpos respondían peor a la insulina, la hormona que ayuda a controlar el azúcar en la sangre.2Tasali, E., et al. «Slow-wave sleep and the risk of type 2 diabetes in humans». Proceedings of the National Academy of Sciences, 105(3), 2008, 1044–1049. Artículo.

Dormían el mismo tiempo. Su respuesta metabólica había cambiado.

El estudio no investigó medicamentos ni demuestra que utilizarlos produzca ese efecto. Su hallazgo es más preciso: la duración del sueño no cuenta toda la historia.

Algunos medicamentos y otras sustancias utilizadas para conciliar el sueño pueden modificar su estructura. Las benzodiacepinas potencian la acción del GABA, un mensajero químico que disminuye la excitabilidad neuronal. Pueden aliviar la ansiedad y facilitar el sueño, pero también suelen reducir el sueño profundo.3de Mendonça, F. M. R., et al. «Benzodiazepines and Sleep Architecture: A Systematic Review». CNS & Neurological Disorders—Drug Targets, 22(2), 2023, 172–179. Artículo.

El alcohol puede producir somnolencia, pero también retrasar la aparición del sueño REM y reducir su duración.4Gardiner, C., et al. «The effect of alcohol on subsequent sleep in healthy adults: A systematic review and meta-analysis». Sleep Medicine Reviews, 80, 2025, 102030. Artículo.

Con el cannabis, la evidencia es menos clara. Las preparaciones, las dosis y la frecuencia de consumo varían mucho entre estudios. Algunas personas sienten que duermen mejor, pero las mediciones objetivas no muestran un beneficio constante. Al suspender un consumo habitual pueden aparecer dificultades para dormir.5Velzeboer, R., et al. «Cannabis and sleep architecture: A systematic review and meta-analysis». Sleep Medicine Reviews, 84, 2025, 102164. Artículo.

Estas sustancias no son equivalentes. Tampoco modificar las fases del sueño significa, por sí solo, que un tratamiento esté perjudicando a una persona. Dormir con medicación no equivale simplemente a permanecer inconsciente: un tratamiento puede sostener a alguien durante una etapa difícil y mejorar mucho su vida.

Para valorar ese beneficio, también hay que preguntar qué ocurre al despertar. Si cuesta mantenerse alerta, falta claridad o la somnolencia se prolonga durante el día, algo merece atención. Esas dificultades pueden relacionarse con el propio insomnio, con efectos del tratamiento o con otros problemas que necesitan evaluación. Conseguir dormir no debería volverlas invisibles.

Y hay una frase que merece ser escuchada con especial cuidado: «Sin la pastilla no duermo».

Pocas personas comienzan a tomar algo pensando que seguirán haciéndolo una década después. Suele haber una historia detrás: un duelo, una enfermedad, una separación, una ansiedad que no se detiene. La ayuda llega cuando hace falta.

Después, la vida sigue. El tratamiento se queda.

A veces sigue siendo necesario. Otras, nadie ha vuelto a revisar qué está ocurriendo. Puede persistir el insomnio original, haberse desarrollado dependencia física o aparecer el miedo a volver a pasar la noche despierto. Estas situaciones pueden coexistir, pero requieren distinguirse.

Con las benzodiacepinas, la dependencia física puede aparecer incluso cuando se toman según la receta. No equivale automáticamente a una adicción. Pero suspenderlas de golpe puede provocar una abstinencia grave. Cuando se decide retirarlas, hace falta un plan médico individualizado.6Brunner, E., et al. «Joint Clinical Practice Guideline on Benzodiazepine Tapering: Considerations When Risks Outweigh Benefits». Journal of General Internal Medicine, 40, 2025, 2814–2859. Guía.

A esa dificultad puede sumarse una relación cada vez más tensa con la noche. Mirar la hora, calcular cuánto queda, permanecer en la cama forcejeando por dormirse: esas conductas pueden afianzar la asociación entre acostarse y estar alerta. Después de demasiadas noches malas, la cama se convierte en el escenario del problema.

La terapia cognitivo-conductual para el insomnio trabaja sobre esas conductas y preocupaciones. Ayuda a recuperar la asociación entre cama y sueño y ajusta el tiempo que se pasa en ella para consolidar el descanso. Es un tratamiento estructurado, recomendado como primera opción para el insomnio crónico, que va más allá de los consejos generales sobre hábitos de sueño.7Edinger, J. D., et al. «Behavioral and psychological treatments for chronic insomnia disorder in adults: an American Academy of Sleep Medicine clinical practice guideline». Journal of Clinical Sleep Medicine, 17(2), 2021, 255–262. Guía. Véase también: Qaseem, A., et al. «Management of Chronic Insomnia Disorder in Adults: A Clinical Practice Guideline From the American College of Physicians». Annals of Internal Medicine, 165(2), 2016, 125–133. Guía.

Pero el insomnio no siempre empieza y termina en la cama.

El dolor, la ansiedad y otros trastornos del sueño requieren atención. También las condiciones en las que intentamos descansar. Cada noche llegan con nosotros el trabajo que nunca termina, la conversación que evitamos y la obligación de responder cuando ya no podemos más.

A veces esperamos que el sueño repare, en unas horas, un desgaste que continúa durante todo el día.

Un medicamento puede ayudarnos a atravesar la noche. No puede hacer sostenible una vida que ha dejado de serlo. Hay exigencias que necesitan límites y cargas que necesitan compartirse. También hay circunstancias que no elegimos y cambios que requieren apoyo.

Hace un tiempo acompañé a una clienta que llevaba años tomando un fármaco para dormir. Empezamos a trabajar sobre sus hábitos y horarios. Con supervisión médica, inició también una reducción gradual de la medicación.

Después me contó que, por primera vez en mucho tiempo, sentía claridad durante el día. Se sentía viva de nuevo.

Esa claridad era parte de lo que buscábamos. Sus palabras expresaban lo que contar las horas de sueño nunca habría alcanzado a describir.

A las tres de la mañana, el deseo de apagar la mente es profundamente humano. Quien lo siente merece alivio. Merece también que nuestra atención continúe cuando ya consigue levantarse y cumplir con el día.

Cualquier cambio en la medicación debe acordarse con el profesional que la prescribe. Revisar cómo vivimos merece el mismo cuidado con el que revisamos lo que tomamos.

La pregunta que queda al salir el sol es más difícil que contar las horas: ¿qué necesita cambiar para que podamos descansar?

Porque descansar también exige despertar.


Referencias

Eide, P. K., et al. «Sleep deprivation impairs molecular clearance from the human brain». Brain, 144(3), 2021, 863–874. Artículo. Para resultados divergentes en modelos experimentales: Miao, A., et al. «Brain clearance is reduced during sleep and anesthesia». Nature Neuroscience, 27, 2024, 1046–1050. Artículo.

Tasali, E., et al. «Slow-wave sleep and the risk of type 2 diabetes in humans». Proceedings of the National Academy of Sciences, 105(3), 2008, 1044–1049. Artículo.

de Mendonça, F. M. R., et al. «Benzodiazepines and Sleep Architecture: A Systematic Review». CNS & Neurological Disorders—Drug Targets, 22(2), 2023, 172–179. Artículo.

Gardiner, C., et al. «The effect of alcohol on subsequent sleep in healthy adults: A systematic review and meta-analysis». Sleep Medicine Reviews, 80, 2025, 102030. Artículo.

Velzeboer, R., et al. «Cannabis and sleep architecture: A systematic review and meta-analysis». Sleep Medicine Reviews, 84, 2025, 102164. Artículo.

Brunner, E., et al. «Joint Clinical Practice Guideline on Benzodiazepine Tapering: Considerations When Risks Outweigh Benefits». Journal of General Internal Medicine, 40, 2025, 2814–2859. Guía.

Edinger, J. D., et al. «Behavioral and psychological treatments for chronic insomnia disorder in adults: an American Academy of Sleep Medicine clinical practice guideline». Journal of Clinical Sleep Medicine, 17(2), 2021, 255–262. Guía. Véase también: Qaseem, A., et al. «Management of Chronic Insomnia Disorder in Adults: A Clinical Practice Guideline From the American College of Physicians». Annals of Internal Medicine, 165(2), 2016, 125–133. Guía.


© Texto e imagen: Gabriela Moreno Valle