El buitre

Siempre hay un comienzo, y el mío, desde un punto de vista literario empezó con un buitre que me sobrevoló por sorpresa regalándome la majestuosidad de su envergadura y su travesía solitaria, tan solitaria como el paisaje que compartíamos desde perspectivas muy diferentes.

Aquel recuerdo se plasmó en un relato. Relato que una amiga, maña, insistió e  incluso me envió las bases para participar en un concurso. No tuve más opción que corresponder a tanta amabilidad y empeño, y enviar a Zaragoza mi buitre. Fue la primera vez, y tuve la fortuna de ganarlo. Y un 23 de abril del 2009, el gran día de Aragón, se publicó en el Heraldo. Premio que por supuesto comparto con él, que me sobrevoló por sorpresa y que fue el principio de mi aventura literaria ya que su vuelo me dejó un rastro de relatos: Soplar al cierzo, ambientados en mi Arcadia aragonesa: Moros, donde sus cielos limpios siguen ejerciendo de carpa a los grandes voladores, todo lo contrario a lo que ocurre en sus calles, cada vez más vacías. Y donde cada vez que voy siento las ausencias de rostros amables con quien conversar de lo divino y lo humano, del tiempo, de la cosecha, de los sueños perdidos… Mientras los buitres  sobrevuelan el rio y anidan en las cárcavas, el pueblo se llena de sombras, aunque yo siga sintiendo sus presencias como algo vivo, integrados para siempre en un paisaje sin tiempo ni fecha de caducidad.


El buitre

Va cerrando los círculos del vuelo sobre la cresta más alta. Las sombras de la luz en las montañas le obligan a agudizar la vista. Apenas un rato y será noche, pero antes centra su visión en posibles piezas que, quietas, se agazapan junto a un montículo de tierra en la curva del camino. Inicia el descenso y sobrevuela el río para intentar el ataque por sorpresa.

Abajo, Quintín y Ramiro fuman tranquilos, protegiéndose en el terraplén de las ráfagas de viento, con la vista perdida en el volar de los buitres.

—Buena está la tarde.

—Buena, para ser marzo, y el gusto que da de ver a los buitres en las cárcavas.

—¡Mira si hay!

—¡Y no ha de haber, que hasta bichos muertos les echan los forestales para que no les falte alimento!

—Y a las águilas: ratones, que bien destrozan toda la huerta.

—¡Otra!, pero todos tienen comida aunque a los demás nos haga mal.

—¿Y a ellos qué les importa? Tienen la paga segura.

Un fuerte batir de alas como el ruido de un motor a punto de despegar, les sorprende sobrevolándolos en rasante. Los dos hombres asustados contemplan al ejemplar que asciende perdiéndose en el frente. Ya repuestos por la distancia, sonríen nerviosos después del susto.

—¡Maño, que no quieren ovejas viejas!

—De algo han de servirnos los años.

Se levantan con esfuerzo de las piedras en las que estaban sentados. Se sacuden la tierra y, apoyados en el bastón, miran al río, al molino, a las buitreras y al navegar de las aves en círculo bajo el azul de la tarde encendida de rojo. Con pasos cortos, acomodados a los años y a los huesos, retornan al pueblo entre almendros en flor y cerezos más tardíos.

—¡Cómo pasa el tiempo!

—Y los años, Ramiro, y hasta los muertos.

—Todo ha de pasar, Quintín.

—Es cosa del vivir, y a nosotros poco ha de faltarnos ya.

—¡Quita, quita!, que mientras llega, mejor es no pensarlo, que en la vida hay tiempo para todo, y si no hay enfermedades: el vivir es amable. Y cuando deja de serlo, pues mejor se va uno y se acabó.

Arriba, el azul rojizo hace de carpa a los voladores que continúan abstraídos y rítmicos su baile. Otra vez agudiza la vista sobre las presas que, a paso lento, avanzan por el camino terroso. Sólo había sido un intento fallido. Se alejó del círculo y subió aún más, hacia el sol que ahora declinaba. Se fue majestuoso por el horizonte hasta casi perderse en el infinito. Con los rayos de popa, retoma la dirección deseada y desciende al objetivo marcado, mientras Quintín y Ramiro continúan con la plática sobre lo divino y lo humano, el tiempo, la cosecha, la juventud ya lejana y la muerte, ajenos al peligro que por detrás se prepara.

Esta vez, al reconocer el ruido, vuelven la cabeza y levantan los brazos, gritando contra lo que se les viene encima insistiendo en el ataque.

—¡Pero tú has visto qué cabezudo de pajarraco!, ¡pues no quiere pillarnos el muy cernícalo!

—¡Menudo buitre, Ramiro, menudo buitre!

—¡Qué envergadura, si parece un toro embistiendo! ¡A poco nos agarra!

—¡Otra!, y que un meneo a estos años nos descompone de veras.

—Que nos ha tomado por piezas muertas, porque éstos sólo atacan a la carroña.

—Pero mira, que éste tiene carácter y que, si se empeña, nos arremete de nuevo, conque agarra fuerte la gayata y como venga, la emprenderemos a palos, que aún nos quedan fuerzas.

La luz declina enturbiando el camino, por donde sujetos al bastón aprietan el paso.

Otra vez se agrega al círculo enigmático del vuelo girando acompasadamente con el resto. Asciende la noche. Arriba, en el pueblo, las ventanas se encienden llamando de recogida a los viejos, que no dejan de hablar del incidente, mientras suben despacio la cuesta envueltos en la nube del tabaco.

Intenta un nuevo ataque. El descenso rápido y casi en picado, esta vez de cara, hace que lo vean venir, esperándolo a gritos y con los bastones en alto. El buitre, de vuelo torpe en la rasante, pero empeñado en la carnaza, se estrella contra un almendro. Cae muerto en una nube de plumas y flores ante el asombro de Ramiro y Quintín. Era tan viejo como los viejos.

Texto y fotografía © María Cruz Vilar