El caso del whisky mayor de edad

A Ricardo, mi padre, le habían regalado una botella de whisky del bueno para las Fiestas. No llegó a probarlo, porque unos días después y sin previo anuncio hizo uso del pasaporte a la Otra Vida… La botella, con su caja original, lleva 18 años guardada en una alacena de la casa materna. Es decir, mínimamente es un whisky con mayoría de edad.

Mi madre, que tomaba con él todas las noches su copetín — un dedo acostado, no parado —aclaraba, para medir el vicio, decidió no tomar  nunca más ninguna bebida alcohólica.  Por salud y porque tampoco voy a tomar sola, dijo. Y ahí quedó el whisky con nombre inglés, sin  poder conversar en español. Cerca, muy cerca de esa alacena ahora está mi casa. Y como siempre en todas las familias hay un caso raro, nunca probé esa bebida, ni siquiera por curiosidad.

Entonces un día descubrí que los hijos no lo heredamos todo: el gusto por el whisky de papá no me tocó, pero la receta de budín inglés de mi mamá sí. Así que todos los diciembres, desde un par de años en que el gen se despertó, preparo algunos budines con la receta de mamá, que incluye envolverlos en un paño embebido en whisky, perfumándose unos días antes de la Navidad.

Y la botella, con la precisión de un reloj de arena muy, muy lento va bajando…a razón de unos centímetros por año, por Nochebuena, por tradición, por rehacer el milagro de vivir y estar juntos de corazón.


© Texto: Lucía Borsani
© Imagen: pexels

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