El ciervo divino de Nara

Era un día de primavera, radiante hasta el alma. Los cerezos pintaban de sakura el aire en una explosión silenciosa de belleza casi aérea. Uno de esos días en que cuando uno camina parece que va pintando el paisaje, porque se mueve al ritmo de los colores. Uno de esos días en que la fragancia de las flores embriaga al aire, que pide ser respirado como un perfume. Uno de esos días en que la alegría que viene de afuera toma asiento en las venas, corriendo libre y silenciosa para no molestar a la mañana.

Estábamos visitando el Parque de Nara en la antigua ciudad imperial del Japón. Disfrutábamos todos viendo a los ciervos sagrados que se paraban a observar nuestra extraña humanidad y con la alegría que da compartir miradas. Esas miradas que subliman las pupilas.

Hombre dando de comer a un ciervo en Nara, Japón
El autor dando de comer a una cierva en Nara, Japón

Algo me dijo que debía apartarme del bullicio de aquel paseo compartido y me adentré solo hacia el interior del bosquecillo, hasta que llegué a encontrar un pequeño riachuelo. Una belleza líquida que corría fresca mientras hacía de espejo a la naturaleza de sus quietas orillas, que se inclinaba buscándose a sí mismas.

Y allí estaba él. Sereno, divino. Ni siquiera se molestó en mirarme. No hacía falta porque formábamos una unidad en el espacio y el tiempo y nos sentíamos como se siente la sangre en las venas. Cerca, muy cerca. Más que cerca, juntos, con un mismo sentido vital, compartiendo aquellos colores y perfumes y los trinos de los pájaros que, invisibles, dibujaban su presencia de colores en el aire.

Sé que él no sabe que después de la Segunda Guerra Mundial, por imposición de guerra, los americanos obligaron a los japoneses, entre otras muchas cosas, a que los ciervos fuesen despojados oficialmente de su estatus sagrado y divino. Sé que él es ajeno a todas estas veleidades de los hombres, siempre en lucha por razones que nunca se comprenden y que, sin embargo, se empeñan en explicar.

A pesar de todo ello, o, mejor dicho, fuera de todo ello, él descansaba su divinidad a la orilla del riachuelo, con la calma que solo la dulce serenidad comprende. Sobre el musgo que precipita la humedad del río, y resguardado por unas rocas habitadas por algunas hojas distraídas de sus árboles que querían, sin duda, no perder de vista la rama que tuvieron de cuna, aquellas en las que aprendieron a volar viendo a las aves que surcaban el aire más próximo.

El ciervo mantenía la dignidad natural que nunca podrá arrebatarle ningún decreto y permanecía serenamente inmóvil, como una esfinge tallada en ternura. Como si su mirada se hubiera extraviado en el tiempo.

No, no nos miramos. A lo lejos, el bullicio de la gente distraía a los pájaros, siempre curiosos. Pero él y yo, ajenos a todo eso, contrarios a las palabras huecas, no hablamos. Solo nos sentimos. En ese momento azul de cielo extendido. Durante unos instantes que no medimos fuimos parte del todo, en esa silenciosa calma que tiene el universo en armonía. Y mi mirada, después de desenredarse de su maravillosa piel, se hizo lucero en sus ojos. En aquellos ojos de esencia de almendras, defendidos por unas finas líneas de pestañas de noche, de sueños morados.

Todavía nos sentimos en aquel silencio hermoso con que habla la naturaleza pura. Y si los ciervos tienen memoria sabrá recordar, como yo lo hago, que aquel día de primavera, radiante hasta el alma, nos encontramos cerca de la fresca corriente de un riachuelo de recuerdos malvas, mientras en lo alto dos nubes blancas hacían guardia a su presencia celestial que, tumbado, rumiaba tiempo y silencio.

No sé si tiene nombre, pero yo lo llamo divino, quieran o no los americanos.

© Texto y fotografías: Felipe Espílez Murciano