El concepto de silencio en la pintura

Hector Villarroel, Memorial, 2014, óleo sobre lienzo, 132,5 x 81,5 cm. Colección del artista
© Héctor Villarroel, Memorial, 2014, óleo sobre lienzo, 132,5 x 81,5 cm. Colección del artista

La concepción del silencio a lo largo de la representación pictórica se nos ha presentado bajo un conjunto de diversas variables. Si consideramos los elementos enunciativos que se congregan en la pintura, podemos identificar está bajo el epígrafe de “poesía visual” refiriendo a su vez al tópico de la lírica muda, algo ya definido en el mundo de la antigua Grecia. Este paradigma se establece en el ensayo de Plutarco, —«la pintura es una poesía muda, la poesía un cuadro que habla» 11. La cita atribuida a Simonides de Ceos, aparece por primera vez en el ensayo de Plutarco De gloria Atheniensium —. La relación y antítesis entre pintura y poesía ha creado vínculos entre el oficio de la palabra y la manifestación de la imagen promoviendo la interrelación entre ambas disciplinas, una “expresión de deseo”, tal cual argumenta Leonrad Barkan, «the painter longs for the rich signification of language while the poet yearns for the direct sensuousness of painting.» 22. Ver Barkan, L. (2013) Mute Poetry, Speaking Pictures, Priceton University Press

Si bien la pintura “habla”, y la poética intrínseca en ella se puede leer como una imagen hablada, del mismo modo las propiedades particulares de esta narración se pueden interpretar desde una infinitud de lecturas posibles, sin embargo, ¿puede este lenguaje ser más bien un elemento auxiliar excesivo y distanciarnos de lo que verdaderamente intenta transmitir una obra de arte? ¿De qué forma el silencio se hace ostensible?

Desde una perspectiva perceptual por medio de la visualidad, el silencio se hace manifiesto en los estilos pictóricos por una infinitud de ejemplos entre los que podemos mencionar entre otros, las escenas de oración de la pintura religiosa, representaciones por las cuales la devoción se exhibe en un estado meditativo y de recogimiento, como en la obra Old man in prayer, atribuido al círculo de Rembrandt, c. 1630 (Museum of Fine Arts, Boston). También el silencio está evocado en la representación del inmovilismo en la escena la cual induce al espectador a captar y “completar” el significado de la obra. Este tipo de contenido se suele identificar en pinturas de tipo “intimista”, como es, Brieflezende vrouw in het blauw (Mujer de azul leyendo una carta) c. 1664, de Johannes Vermeer, Rijksmuseum de Amsterdam. A su vez en el paisaje, el silencio se comprende dentro del espacio de la contemplación sin “estridencia”. En este respecto podemos aludir a las vistas panorámicas de Caspar David Friedrich, en obras como Der Mönch am Meer (El monje en el mar) de 1810, Alte Nationalgalerie, Staatliche Museen zu Berlin, en las cuales el silencio ejerce como una carga sobrecogedora del hombre ante la inmensidad. Así como en los still life de Giorgio Morandi, verbigracia, Natura Morta c. 1948, actualmente en la colección del Museum Boijmans Van Beuningen, en la cual los objetos se exhiben en su desnudez, carentes de dinamismo, propiciando un dialogo silente desprovisto de relato.

Asimismo, las pinturas denominadas minimalistas apelan a la metáfora del vacío y el silencio por medio de ausencia del color. No obstante, en todas estas referencias el ejercicio del pensamiento es tácito. Tal cual señala Arthur Danto en After the end of art (1997) al evocar la obra de Robert Ryman, la monocromía es comprendida más bien como una «densidad de significado». Por tanto, si en la contemplación de estos estilos siempre está presente el accionar del intelecto, ¿cómo podemos reconocer el verdadero sentido del silencio?

En todas estas manifestaciones visuales el silencio vehicula esta aproximación al objeto artístico por medio de una frecuencia, dicho de otra forma, el componente funcional es “relacional”. A la vez esta “vibración” de lo que se percibe puede variar en su expresión y en su contenido, creando una disposición emocional en el espectador.

Dentro del contexto contemporáneo, en particular ante la multiplicidad y sobre exposición de estímulos, lo que Adrienne Rich define como la cultura del “ruido”, la búsqueda de la noción de silencio en la obra de arte puede reconocerse como una aproximación al espíritu. Una adyacencia que se establece en el binomio arte/espíritu.

En su ensayo The Aesthetics of Silence Susan Sontag confiere al silencio, un estado de conciencia del artista por el cual, «he frees himself from servile bondage to the world, which appears as patron, client, consumer, antagonist, arbiter, and distorter of his work.» 33. Ver Sontag, S. (2009). The Aesthetics of Silence en “Styles of radical will”. London: Penguin Vale decir, es en este espacio de silencio donde el artista accede a una autonomía liberándose de condicionamientos “sociales” que podrían incidir en la obra.

Y si identificamos el silencio en su extensión, es decir como un distanciamiento de la oralidad implícita en la obra artística, nos cabe preguntar ¿puede esta lejanía proceder como una resistencia a la comunicación?

Llegado este punto podemos aseverar más bien la función del silencio en el camino trazado por el arte, que busca, como fin último, un estado de reflexión. Dicho de otro modo, el silencio procede como el único medio autentico para atisbar su propia voz. De forma tal la propia sublimación del silencio se contrapone con el sustrato material de la obra. Es por tanto solo por medio de la desmaterialización del objeto artístico que el silencio puedo alcanzar una dimensión de sublimidad, la acción de un pensamiento sin palabras, ese instante único en el cual el artista se congrega en sí mismo y se conecta con su esencia primera… el ser.


Hector Villarroel, Dune, 2017, óleo sobre lienzo, 27 x 81 cm. Colección privada Bruselas
© Héctor Villarroel, Dune, 2017, óleo sobre lienzo, 27 x 81 cm. Colección privada Bruselas

Texto e imágenes © Héctor Villarroel