El cura

Era un domingo cuando hizo el padre su entrada a Santa María, una pequeña parroquia en el alto. Había franqueado el camino agreste, lleno de piedras y polvo que seguía una silueta serpenteante sobre la montaña. Se acomodó en la mula al sentir el trastabillar de la bestia al marchar por la única calle de la parroquia, construida con piedras del río Pauto. El viaje de ocho horas, pensaba, había sido una penitencia digna, siendo primera experiencia a sus veinticinco años.

El joven cura observó con curiosidad de niño la exangüe cantidad de viviendas a lado y lado de la callejuela. Sus habitantes permanecían asomados en las ventanas exhibiendo discretamente sus rostros, cubiertos por gorros de lana gruesos, bufandas, algunos con pasamontañas y ruana. Saludaron con un gesto parco, adustos, a la lacónica comitiva. Al final de la calle, el corregidor con la misma apariencia hacía la bienvenida con sus manos y lo invitó a entrar a un pequeño cuarto contiguo a la iglesia. Tan pronto le mostró el recinto, le informó que hacia las cinco de la tarde se le esperaría en la caseta comunal para un breve agasajo. El hombre salió del cuarto y el cura Fernando se dispuso a preparar sus cosas

Una multitud de no más de cincuenta personas estaba congregada en un pequeño quiosco circular. Una brisa helada soplaba y había forzado a todos a esconderse entre las prendas típicas. Después de que el padre se presentara, un miembro por cada familia hizo lo mismo. Varios hombres repartieron chicha preparada de cáscaras de piña y a continuación varias mujeres hicieron lo mismo con platos de cordero. El padre, anonadado por el recibimiento, agradeció. Era tal su timidez, sin embargo, que sentía la necesidad de esfumarse pronto del acto.

Al terminar su plato, el cura se puso de pie y se dirigió hacia la mesa. Lo dejó allí y dando las gracias giró de manera intempestiva sintiendo ya el afán de la agorafobia que lo invadía. Siendo poco cuidadoso, al hacerlo, tropezó con una joven a quien le derramó la chicha. El religioso inmediatamente se disculpó, se inclinó y recogió el vaso. Al converger las miradas, sintió Fernando la sensación electrizante de sus ojos oscuros de misterio profundo. La joven se descubrió parcialmente el rostro, desdoblando la bufanda y descargó una sonrisa cálida y reservada contra la infranqueable castidad del alma del presbítero.  Éste le correspondió y le suministró un nuevo vaso del líquido. La joven muy rápidamente agradeció y desapareció, dejando al hombre de túnicas con una sonrisa a medio dibujar, acto por el cual sintió un poco de culpabilidad por haber alimentado su expectativa.  

Más tarde en su recinto, guarecido del frío cuya intensidad ignoró por completo desde el seminario, hubo de recordar los detalles del rostro de aquella joven.  Ocho años internado en el seminario de la capital le habían dado el convencimiento suficiente para consolidar sus votos. Sin embargo, también razonaba sobre lo inocente y poco trascendental que podía llegar a ser el evocar las horas de la juventud. No obstante, se castigó nuevamente mientras preparaba todos los elementos para su oficio nocturno.  Buscó evadir el pensamiento vacuo dirigiéndose a la ventanita que daba a la única callejuela. Observó afuera y divisó todo cubierto por una espesa niebla. Condenábase al hallarse pensando en dónde viviría la joven; los mecanismos expiatorios infundidos por los canónigos llegaban tarde a la reprenda.

 Pasó la primera semana conociendo el pequeño poblado y oficiando las primeras misas. A la par que crecía su confianza en sus labores de la parroquia, un germen había hecho gran avance dentro de sí mismo: ¿dónde había estado el error? Se preguntaba. ¿Cómo había dejado tomar ventaja a sus encuentros con Sofía Sanjuán?   Aprovechando la neblina de la noche, que no permitía ver a más de un metro, la soledad de la callejuela -porque los campesinos se guarecían en sus casas desde las cinco de la tarde, cuando la nube espesa invadía la meseta- y el ruido cómplice de los surtidores que trabajan sin fatiga hasta la madrugada, el presbítero y Sofía se habían encontrado al escondido y aquél  había cedido ante el suave perfume y tacto cándido de la flor de la edad, dejándose condenar ante sus votos hechos.

Presintiendo lo peor, el párroco había decidido enviar un telegrama, solicitando asesoría al compañero de seminario en quien más confiaba. Lo había enviado el miércoles y, después de tres días, temía que nadie lo hubiera recibido o ¡que estuviera en manos de los superiores! Esto gradualmente lo sepultó en un desasosiego que le hacía perder toda lucidez. Viéndose en tal condición y con remotas posibilidades de una pronta respuesta, Fernando recurrió a la herramienta que le habían enseñado a usar en el seminario, ante cualquier batalla metafísica:

 ¡A cruce salus, A cruce salus! Se repetía para sí mientras yacía confundido sobre su escritorio.

           <<¡Crucem tuam adoramus Domine!>>

<<¡Crux fidelis!>> Se doblaba hacia atrás el presbítero, en sus rodillas.

<<¡Christus vincit, regnat, imperat: ab omni malo plebem suam defendat!”>> Y al decir esto, se acabó de desplomar sobre sus espaldas, con la carta de la joven entre sus manos, prensada fuertemente.

Habían sido tan fuertes sus ruegos que dos campesinos que bajaban por la calle se precipitaron de inmediato sobre la habitación. Un auto negro se aproximaba por la entrada del pueblo y haciendo su entrada buscó lentamente la iglesia. Era el auto de la diócesis. Se detuvo al costado de la iglesia y de él bajaron tres delegados y secundaron a los dos campesinos que habían logrado forzar la puerta y ya se encontraban atendiendo al sacerdote, quien yacía lánguido, cubierto de un sudor frío. En medio de su frenesí, Fernando logró comprender cuál habría de ser su destino cuando, en vez de ver a su fiel compañero de preparación, se le cruzó en la mirada los viejos de la comisión inquisidora.

© J.Rojas
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