El despertar

Publicado por primera vez en febrero de 2019, bajo el seudónimo Eliézar Romero

Aquella noche, las ciudades fueron sumergidas en una profunda y temida oscurana. No hubo calle o avenida iluminada, la única fuente de luz provino de la luna que brillaba medio pálida desde el cielo y que pude contemplar desde mi cama a través de la ventana.

Con mis ojos puestos en la luna y recordando lo agitado que fue llegar a casa ese día, por los intensos combates entre fuerzas armadas, caí en profundo sueño poco a poco. Al cerrar mis ojos, me vi de pequeño sentado en un columpio del parque al que solía ir por las tardes después de hacer mis tareas de la escuela. El lugar estaba lleno de gente, había niños corriendo y gritando por todas partes, madres despreocupadas chismeando entre ellas mientras sus hijos se mecían por cuenta propia en los columpios cercanos; jugando en el sube y baja, limpiando con sus ropas el tobogán viejo y mohoso al centro del parque; unos jugando a la pelota, otros recogiendo tierra con sus manos.

El viento se paseó por las hojas de los árboles y hacía un agradable sonido que de pronto se escuchaba. Era octubre, y muy a lo lejos, se alcanzaban a ver en el cielo diminutos puntos de colores volando sin aparente rumbo en la gran inmensidad azul. ¿Cuánto hilo se necesita para desaparecer una piscucha en el cielo?, me pegunté al verlas alejarse cada vez más.

Cuando regresé la mirada al parque, encontré una niña de cabellera rizada y castaña en el columpio de la par con un libro en sus manos. Me miró fijamente. Su presencia fue inquietante. A primera vista pensé que era hermosa. Tenía raspadas sus rodillas descubiertas, y sin peguntárselo, me dijo que se llamaba Elena. Sus ojos, que cargaban cierta tristeza, estaban puestos en mí; entonces yo pregunté:

– ¿Por qué me miras tanto?
– Porque eres el niño más bonito que he visto desde hace mucho – respondió.
– Me gusta tu cabello.
– A mi tus labios.
– ¿Por qué estás triste? – le pregunté.

Y de repente se escuchó el ¡bam! ¡bam! Un ventarrón se vino y sacudió con tanta fuerza los árboles que algunas ramas cayeron al suelo. Las madres al escuchar aquel estruendo, salieron despavoridas a buscar a sus hijos en medio de la enorme nube de polvo en la que se sumergió el parque.

Se empezaron a escuchar explosiones cada vez más cerca. Pareció que unos aviones sobrevolaron con rapidez el cielo que yacía sobre nosotros, cortando a su paso el hilo de las piscuchas. El ventarrón cesó y el polvo se desvaneció tan pronto como cuando se levantó.

Las risas, el sonido chillante de los columpios al mecerse, todo se lo llevó el viento y el polvo a su paso; no quedó nadie en el parque, estaba desolado completamente. Se siguieron escuchando explosiones lejanas, y alcancé a ver sobre los tejados de las casas que había alrededor, densas nubes de humo que se elevaban hasta el cielo.

Me volví al columpio para ver si Elena seguía ahí. Ella no se columpiaba más, su cabello estaba un poco despeinado y sobre sus mejillas se deslizaban pequeñas lágrimas que caían una tras otra en el libro que aun sostenía en sus manos. Le pregunté por qué lloraba y entonces me miró, se inclinó para besarme los labios y a lo que sucedió después no le encontré explicación.

Un poste de tendido eléctrico cercano hizo corto circuito. Los cables chisporrotearon sin cesar, y al sentir que las chispas podían llegar hasta nosotros, le dije a ella que nos fuéramos a otro lugar. Sin embargo, se quedó en el columpio, su libro cayó al suelo y de la nada Elena empezó a arder en llamas.

Fui testigo de cómo sus ojos se hundieron en su rostro hasta volverse dos puntos negros debajo de sus cejas, su cabello era una potente llama de fuego que se extendió hasta sus brazos y torso. Al verla cómo se quemaba me pregunté qué ocurría, si las chispas le habían alcanzado. No tuve oportunidad de hacer nada, todo pasó rápido, y al salir de la impresión de ver semejante cosa, su cuerpo ya estaba hecho ceniza y pronto se desvaneció.

Me quedé de pie frente al columpio, completamente solo, sin nadie a mí alrededor, con el libro de Elena a mis pies sin ninguna letra o dibujo en su interior. Las casas cercanas al parque expulsaban humo de sus tejados y el cielo se tornó anaranjado. De nuevo el ¡bam! ¡bam!, una y otra vez, cada vez más fuerte, más cerca… Entonces desperté.


Me sentí observado, con una aflicción en el pecho. Tuve la sensación de haber dormido por días enteros, todo el cansancio y aburrimiento con el que terminé el día anterior me había abandonado y el olor de la mañana no pudo ser más dulce y encantador.

Noté dos cortinas floreadas adornando la ventana. Me pregunté de dónde salieron, pues nunca las había tenido y no existía la posibilidad de que alguien las pusiera, porque vivía solo desde hacía un tiempo.

Me quedé sentado en la cama un tanto sorprendido, puesto que las cortinas no fueron lo único diferente en la habitación. De hecho, no era la misma en la que me quedé dormido aquella noche. Un blanco cremoso me rodeaba, sin nada más que mi cama al centro, un enorme televisor frente a mí, una camiseta y unos pantalones doblados sobre una mesa.

Busqué la ventana y afuera encontré calma, un fuerte murmullo, personas despreocupadas cruzando la calle, el chirrido de los carros y sus escandalosas bocinas como parte de aquel amanecer. Frente a mí, un edificio levantado con un diseño realmente moderno e imponente, y otros parecidos tras ese construidos solo por cristales como espejos del cielo despejado.

Entonces vinieron a mi mente los rumores. Se dijo que, cierto día, el mundo despertaría y no habría más guerras, que todas las naciones estarían finalmente en armonía y todo el daño causado durante años quedaría en el pasado. Mucha gente, incluyéndome, pensó que era un invento, una completa tontería; solo unos pocos creyeron en dicha premonición, cuyo origen siempre fue desconocido.

No obstante, al no ver a ningún miembro de las fuerzas en combate desfilando cinco pisos abajo, los mismos que hicieron de la noche anterior una verdadera angustia, junto a todo lo observado desde la ventana, entendí, pues, que las guerras habían terminado.

Tan pronto mi cabeza empezó a darle vueltas al asunto, y a recordar el rostro pulverizado de la niña del sueño, escuché una voz dentro de mi cerebro que decía “dormir, comer, trabajar y reproducir; dormir, comer, trabajar y reproducir; dormir, comer, trabajar y reproducir…”  Hasta repetir esas cuatro palabras en voz alta, una y otra vez, en ese orden, al ritmo de la voz robotizada que sonaba más y más fuerte dentro de mí.

© Edgardo Romero