El jardín

El jardín estaba seco, las espinas de rosas clavaban la punta de sus dedos, cada vez que se afanaba, en arrancar la cizaña que crecía como malos pensamientos en su mundo violento y hostil como pocos. Cuando de la palma de sus manos, justo entre la línea de la vida y del amor, comenzó a brotar sangre fresca, su mente se nubló por un instante como en una pesadilla. Llevaba casi un siglo en el jardín yermo, intentando en vano devolverle la vida y ahora recién era consciente de lo mucho que sangraba en el intento. Miró hacia un lado, hacia el otro, no había más que un poco de pasto verde sobre unos ligustrinos secos, curiosamente brotando como un micro valle sobre las púas hambrientas de agua. Secó la sangre con hojas parecidas al trébol y pensó en la buena y la mala suerte. Miró alrededor y vio algunas flores, sobrevivientes de aquella inhóspita devastación. Por primera vez dejó de contemplar el paisaje agreste que dejó la sequía, cuando los manantiales fueron robados por un depredador. Ahora quedaba un hilito de agua, que permitía que algunas flores y plantas pudieran florecer. Observó los colores; una rosa púrpura se levantaba imponente sobre unos helechos disecados y por la pared de piedra, crecía con dificultad una hermosa trepadora, mientras los cactus imponentes comenzaban a llenarse de color.  La vida continuaba de manera distinta; era cosa de levantar la frente y decir basta.


© Roxana Heise
Imagen de Tracy Lundgren en Pixabay