El juicio contra los ratones de Autun

En el año 1522, los ratones de los campos de Autun en Francia, se comieron todos los cultivos de cebada. Los agricultores, ante esta situación tan desfavorable para sus intereses, incluso para su supervivencia, acudieron a la corte eclesiástica solicitando justicia.

La corte recibió su solicitud y procedió a la investigación de los hechos. Finalmente, viendo que eran ciertos y, presumiblemente, constitutivos de delito, tomó la decisión de encausar a los roedores.

La siguiente medida fue la de citar a los ratones al juicio. Para ello, se envió a un funcionario al área donde, con más probabilidad, se encontraban los citados animalillos, con el fin de apercibirlos. Dicho apercibimiento consistió en la lectura en voz alta de la declaración del tribunal citándoles a juicio.

Entretanto, la corte nombró a un abogado defensor de los ratones, que recayó en la persona de Bartolomée Chassenée, un joven abogado que no desaprovecharía la ocasión.

Pasado el plazo estipulado, y como era de esperar, los acusados no se presentaron al juicio. Pero esa circunstancia no desanimó al abogado defensor, quien se dirigió al tribunal en los siguientes términos:

«Solicito que sea declarada nula la citación hecha a los ratones de los alrededores de la aldea, puesto que la comunicación no ha sido realizada de un modo apropiado. Se pone en juego, aquí, la salvación o ruina de todos los ratones, de manera que deben ser notificados todos los ratones y no solamente los de la aldea.»

El tribunal aceptó la impugnación del abogado defensor y procedió a ordenar a los sacerdotes de todas las parroquias de la diócesis de Autun que procedieran a citar a todos los ratones de su territorio.

Como cabía esperar, tampoco en esta ocasión, se presentó al juicio ningún ratón. Sin embargo, el abogado defensor no se dejaba intimidar por esta circunstancia. Dirigiéndose de nuevo al tribunal argumentó lo siguiente:

«Dado que los ratones están dispersos por el campo, necesitan más tiempo para hacer el viaje al tribunal. Por tanto, solicito que se acuerde un plazo más amplio y, como consecuencia de ello, se atrase la fecha del juicio.»

Y, tras pasar el tiempo de la moratoria, llegó el tercer intento de celebración del juicio. Tampoco en esta ocasión se presentaron los ratones. El abogado defensor, de nuevo se dirigió a la corte. Esta vez, en los siguientes términos:

«Solicito a la corte la protección de la ley para mis clientes, pues no han podido asistir al juicio por temor a ser atacados por gatos hostiles. No se puede esperar que pongan en riesgo sus vidas para cumplir con la cita judicial.»

Sin embargo, esta vez el abogado no pudo detener el juicio con esta nueva argumentación. Viendo Chassenée que la corte no tenía en cuenta sus razones, volvió a intervenir:

«Apelo al sentido humanitario de la corte. No es justo castigar a todos los ratoncillos por los crímenes de unos pocos. ¿Qué puede ser más injusto que estas proscripciones generales que destruyen indiscriminadamente a aquellos a quienes los tiernos años o la enfermedad les hace incapaces de ofender?»

El vicario, conmovido por las alegaciones de Chassenée y agotado, al mismo tiempo, por sus interminables objeciones, decidió aplazar el procedimiento por tiempo indefinido.

Chassenée adquirió, con ese proceso, una gran notoriedad y reputación como abogado. Tras ese juicio, siguió defendiendo a grupos de desfavorecidos, como el caso de una familia de campesinos a la que consiguió salvar de morir en la hoguera, tras haber sido acusados de herejía por la Iglesia. Incluso, llegó a escribir un libro titulado Consilia en el que explicó cómo debía desarrollarse una defensa apropiada en los juicios contra animales. Bartolomée Chassenée llegó a ser el primer presidente del Parlamento de París y ser muy influyente en el desarrollo del pensamiento jurídico francés del siglo XVI.

Finalmente, Chassenée encontró la muerte de una forma inusual. Murió envenenado con un ramillete de flores en 1541.

© Encima de la niebla

encimadelaniebla

Revista cultural