El juicio del mono


El origen del problema

El verano de 1925 fue angustiosamente caluroso en Dayton. La tarde se deshacía ya sobre los rostros sudorosos de las menos de dos mil almas de la pequeña ciudad de Tennessee. En casa de Donald Miller, Dorothy llamaba a cenar desde la cocina a su marido y a sus dos hijos, Lucy de diez años y William de dieciséis. Enseguida acudieron todos a la mesa. Dorothy les sirvió la cena a todos y Donald bendijo la mesa, como lo hacía siempre. Tras unos segundos de respetuoso silencio, o quizás solo fruto de una costumbre no meditada, comenzaron a cenar y se estableció una animada charla familiar. A los pocos minutos de iniciada la cena, Donald le preguntó a su hijo:

–   ¿Qué habéis estudiado hoy en clase?, William

–  El profesor Scopes nos ha explicado la teoría de la evolución del hombre.

–  ¿Cómo?, respondió su padre tan sorprendido como indignado. ¡Pero eso no puede ser!

–  ¿Por qué no puede ser?, pregunto su hijo, ingenuamente. – Es lo que dice la ciencia.

–  Porque esas son las teorías diabólicas del evolucionismo que niegan la creación del hombre por Dios. ¿En qué cabeza cabe que el hombre provenga del mono como propugna Darwin?

A continuación, se hizo un tenso silencio. Ninguno de los asistentes a esa cena osó contradecir a Donald. Todos conocían su carácter y sus ideas religiosas que, en muchos momentos, adquirían tintes mesiánicos. Al cabo de unos segundos, el padre volvió a preguntar:

–  ¿Qué día volvéis a tener clase con ese demonio?

–  ¿Con el profesor Scopes?

–  Sí, claro, respondió claramente enojado, el padre.

–  El jueves próximo.

–  ¿A qué hora?

–  A las diez

–  Muy bien. Pues no vas a asistir a esa clase. O… mejor, sí. Tú asiste que quiero que presencies lo que va a pasar allí. Vamos a darle una buena lección a ese evolucionista.

Después de eso, la cena transcurrió prácticamente en silencio. Donald se encontraba pensativo, seguramente tramando las acciones que iba a emprender. Los demás, su mujer y sus dos hijos, cenaban en silencio pues sabían que no debían enojarlo, si no querían sufrir las consecuencias de su cólera, que tantas veces habían padecido.


La confabulación

Al día siguiente, Donald fue en busca de tres personas representativas, las que creía necesarias para urdir el plan que le temblaba en la cabeza: el pastor, el representante de la ley y el fiscal. Entre los cuatro podrían, según él, atajar el ataque del ateísmo que se propagaba a través de las ideas del evolucionismo. Una batalla de Darwin contra la Biblia, en la que estaba seguro que ganaría la segunda porque, bajo su perspectiva, ¿quién iba a ganar a Dios?

Tribunal en Dyton

Contactó con las dos primeras personas y, los tres juntos, fueron al despacho del fiscal para terminar de completar el grupo, el grupo de salvación que necesitaba Dayton.

–   Supongo que habrá alguna norma legal que nos ampare ante tal despropósito.

–  Desde luego, contestó el fiscal

–  La ley Butler, supongo.

–  Efectivamente, volvió a contestar el fiscal mientras se dirigía a su librería intentando localizar el texto entre los libros legales.

–  Aquí está, dijo levantando con la mano derecha una pequeña encuadernación. ¡Veamos! Si, aquí. Escuchen lo que dice:  la norma determina que es ilegal, en todo establecimiento educativo del estado de Tennessee, la enseñanza de cualquier teoría que niegue la historia de la Divina Creación del hombre, tal como se encuentra explicada en la Biblia y reemplazarla por la enseñanza de que el hombre desciende de un orden de animales inferiores.

–  Entonces, todo está listo. Está perdido ese Scopes. Esto debe ser una cruzada contra el ateísmo que nos invade por los cuatro costados, argumentó el clérigo.

–  Bueno, sinceramente creo que tenemos todas las cartas de nuestro lado. Sin embargo…

–  Sin embargo ¿qué? Preguntó Donald.

–  Bueno, pues que, si bien es cierto que el acta Butler prohíbe la enseñanza de la teoría de la evolución, no es menos cierto que el Estado exige que los profesores utilicen el libro de texto Biología Cívica de 1914, de George Hunter, que se adhiere a la teoría evolucionista de una forma explícita. Por tanto, sea la que sea la posición del profesor, comete un acto ilegal, porque las dos normas en vigor son contradictorias.

–  ¿Y le ve un problema a esa situación?, le preguntó el reverendo.

–  Solo relativamente, creo que podremos soslayarlo.

–  Bien, concluyó Donald. Creo que estamos preparados para presentarnos mañana en la clase de ese ateo que está contaminando la fe de nuestros hijos y proceder a su detención ¿No es así?

–  Por mi parte, no hay problema, sentenció el fiscal. Nos reuniremos a las diez en la puerta del colegio. Hasta mañana, señores.


La detención de Scopes

John Tomas Scopes fotografía en blanco y negro
John Thomas Scopes

Tal y como habían quedado, los cuatro hombres se presentaron en la clase de ciencias que impartía el profesor Scopes. Derechos y al final del aula, se dispusieron a oír la disertación del maestro. El profesor Scopes, notoriamente sorprendido, les dio la bienvenida a la clase y comenzó su discurso. Desplegó un poster en el que se ilustraba el origen del hombre y la evolución desde el mono hasta el presente. Nada más empezar fue interrumpido por Donald.

–  ¿Está Vd. negando el creacionismo? ¿Está negando la intervención de Dios en la creación del hombre?

–  No necesariamente, respondió tranquilamente Scopes. – Estoy explicando la teoría de las especies de Darwin que se desarrolla en el libro de texto oficial.

–  Pero está usted propagando el ateísmo entre nuestros hijos, le dijo acusadoramente el pastor.

–  Y vulnerando el Acta Butler, añadió el fiscal. Está Vd. cometiendo un acto ilícito, pues dicha norma prohíbe explícitamente las enseñanzas que Vd. está impartiendo.

En ese momento, el representante de la ley se acercó al maestro y le dijo:

–   Está Vd. detenido. Ponga las manos atrás porque voy a ponerle las esposas.

La sorpresa e indignación de Scopes era compartida por la mayoría de los alumnos. Sin embargo, nadie dijo nada. Eran demasiado jóvenes e inexpertos para enfrentarse con aquellos hombres que representaban el poder.

Y así fue como Scopes fue dirigido hacia los calabozos de la ciudad donde quedó preso a la espera de su interrogatorio y declaración. Parecía que el poder, que todo lo dirige y lo maneja al abrigo de sus intereses particulares había ganado otra vez. Al menos… de momento.


El juicio del mono

Pero esa detención no iba a ser tan pacífica como esperaban esos cuatro hombres encargados de velar por la tradición, fuera o no coherente con los principios del conocimiento. La noticia de la detención de Scopes, trascendió del ámbito de Dayton y rápidamente de propagó por Estados Unidos para pasar, casi inmediatamente, también, a dar la vuelta al mundo a través de las portadas de los periódicos más importantes del orbe.

Ese despliegue mediático del ya bautizado Juicio del mono exigía, claro, la intervención de los abogados más brillantes de la época. Y en ese sentido, la acusación contó con la presencia de William Jennings Bryan, fanático religioso, miembro del Congreso, antiguo Secretario de Estado y tres veces candidato a la presidencia de los Estados Unidos. La parte acusada contó con Clarence Darrow, un brillante abogado, quizás el más famoso de aquellos tiempos, para dirigir la defensa. ​Apoyados, además, por la Unión Americana de Libertades Civiles, que manifestó que defendería a toda persona que fuera acusada de enseñar la teoría de la evolución, desafiando abiertamente a la Butler Act.

Los dos abogados se conocían y se admiraban, aunque al mismo tiempo se detestaban por ser de ideas radicalmente contrarias: William Jennings, fanático religioso, defensor de los poderosos y Clarence Darrow, defensor de pobres, homosexuales, obreros, anarquistas y víctimas del poder. Allí estaban ellos dos, los abogados más influyentes de Estados Unidos, en la pequeña ciudad de Dayton, hasta entonces una pequeña villa perdida en la oscuridad de Tennessee, con toda la prensa del mundo siguiendo vivamente el caso. La ciencia contra la religión, una vez más.

Fotografía en blanco y negro de los dos abogados del juicio del mono
Clarence Darrow (izquierda) y William Jennings Bryan (derecha)

El juez encargado de presidir el juicio fue John T. Raulston. Ya desde el inicio se notó claramente partidista, impropiamente a su posición de juez imparcial, pues redujo en tal grado las deliberaciones del gran jurado e influyó de tal manera en aleccionar a sus miembros contra Scopes, que prácticamente la sentencia parecía estar ya dictada antes de comenzar el juicio. De hecho, éste comenzó con la petición del juez de rezar una oración. Pero los pleitos nunca se saben como terminan y la defensa contaba también con muchos apoyos, llegados a la pequeña Dayton para favorecer la corriente evolucionista.

Manifestaciones a favor y en contra de Scopes
A la izquierda: científicos apoyando a Scopes
A la derecha: Manifestación atievolucionista

El juicio comenzó el 10 de julio de 1925 y duraría once días. El primer día, la expectación era tal que la sala estaba abarrotada con 300 personas, además de las más de 1000 que esperaban fuera.

Scopes en la sala de audiencia
Scopes en la Sala de Audiencias

En la sala hacía un calor tan brutal que ambos abogados solicitaron del juez poder liberarse de las rígidas costumbres de la época y quitarse las chaquetas.

Seguidamente, se solicitó a su señoría un pequeño receso para nombrar a William Bryan el título de coronel honorario de la milicia local. Así se hizo, pero este hecho fue protestado por el abogado defensor:

–   ¿Por qué este privilegio? Para el jurado y el público, el «coronel» Bryan es alguien superior a su rival. Lo enaltece, al mismo tiempo que disminuye mi figura.

Tras una pequeña vacilación del juez, y con el objeto de solventar la situación, propuso una inesperada solución:

–   Bien. Entonces, por el derecho que me asiste, nombro también coronel honorario de la milicia local… ¡al abogado Darrow!

Desde luego, todos los prolegómenos hacían pensar que el juicio iba a ser verdaderamente particular, como efectivamente lo fue.

Mientras tanto, en las calles, en los alrededores de los juzgados, el espectáculo era absolutamente inusual en una ciudad tan pequeña. Una muchedumbre de gente alborotada gritaba insultos contra Scopes y Darrow, entre los que destacaba el de “¡enviados del demonio!” Al mismo tiempo, otros entonaban cánticos religiosos a coro mientras blandían carteles en los que se podían ver monos burdamente pintados con la leyenda «Este no es mi padre». Se pudo ver, incluso, a un pobre mono enjaulado.

El juez fue, dando una vez más muestra de su afinidad con los creacionistas, prohibió la comparecencia de todos científicos que presentó la defensa.

El juicio proseguía en este ambiente. En un momento determinado, el calor de la sala se hizo tan insoportable, debido al intenso calor y la cantidad de personas que había, que el juez dio orden de seguir el proceso en el exterior.

Juicio en el exterior
Juicio en el exterior

Darrow, después del derrotero que tomaba el proceso, viendo las manifestaciones ultrarreligiosas que se sucedían, cambió de táctica y dijo:

–   Muy bien, Bryan. Entonces jugaremos en su terreno.

Y ante, el expectante auditorio, lo llamó al estrado.

–   ¿Usted es experto en la Biblia?

–  Absolutamente. Conozco todas y cada una de sus palabras.

–  Ante una duda, ¿qué hace?

–  Consulto al Señor, y él me responde.

–  Señores… ¡Dios habla con Bryan! ¡Les presento al profeta de Nebraska!

En ese momento se oyeron algunas risas, incluso entre los seguidores de la acusación.

–   ¿Todo cuanto dice la Biblia debe ser interpretado literalmente?

–  Así es.

–  ¿Qué edad tiene esta piedra? La ciencia dice que algunos millones de años.

–  No me interesa la edad de las rocas sino la Roca de las Edades. Pero es imposible. Tiene menos de seis mil años, porque el buen obispo James Usher fijó la fecha de la Creación: el 23 de octubre del 4004 antes de Cristo a las nueve de la mañana.

–  ¿Hora del este o del oeste?

Las risas generalizadas hacían suponer que el abogado acusador estaba quedando en evidencia frente a la habilidad de Darrow.

–  ¿Ese primer día tuvo veinticuatro horas?

–  La Biblia dice que fue un día.

–  Pero era imposible medir el tiempo. ¿Un día de veinticuatro horas, de treinta, de un mes, o de millones de años?

–  No lo sé. Fueron períodos.

–  ¿Pudieron abarcar mucho tiempo?

–  Tal vez…

–  ¿Pudiera ser que el sol, se hubiera detenido?, prosiguió Darrow.

–  Si el Señor quiso que se detuviera, se detuvo.

–  Pero si así fue, los mares se hubieran enloquecido, y hasta las montañas se hubieran chocado entre sí. ¿Cómo se les escapó esa catástrofe? ¿Por qué la Biblia no lo menciona?

El juicio siguió por esos derroteros, dejando al abogado acusador muchas veces en evidencia. Siguió Darrow haciendo preguntas a Bryan sobre la leyenda de Jonás y la ballena, el Diluvio Universal y otros misterios de respuesta imposible, hasta la finalización del juicio en el que la habilidad de Darrow se puso de manifiesto, haciendo quedar a Bryan como un exaltado religioso.


Visto para sentencia

Solamente ocho minutos necesitó el jurado para su deliberación. El martes, 21 de julio de 1925, a pesar del brillante alegato final de Clarence Darrow, el jurado, de absoluta mayoría creacionista, condenó a Scopes. Sin embargo, no lo hizo a la pena de prisión como había solicitado el fiscal, sino solo a una pequeña multa de cien dólares que abonó Paul Patterson, propietario del diario Baltimore Sun. El poder establecido ganaba otra vez. Pero no de forma absoluta. La brillante intervención del abogado defensor y la imagen de un Scopes limpio, honesto e instruido, sembró el germen de otra clase de pensamiento entre muchas personas, en el que la ciencia vendría a ocupar el lugar que se merece. Dos años más tarde, la Corte del Estado redujo la multa a un dólar y decidió: “No es conveniente prolongar este caso tan extraño”. La ley no se aplicó nunca más.


Después del juicio

Cinco días después, William Jennings Bryan, el abogado de la acusación, se dispuso a dormir una siesta como era su costumbre. No llegó a despertarse, transitando a la muerte en el silencio del sueño. Darrow murió́ en 1938, a los 83 años.

En los dos años siguientes, trece estados aprobaron alguna ley antievolucionista, aunque, a pesar de todo, cabe señalar que la enseñanza del darwinismo sigue siendo un tema a debate en EEUU. El periódico USA Today señaló en un artículo que en Estados Unidos 1,5 millones de alumnos estudia ciencias con libros que no mencionan la evolución. La Butler Act fue anulada en 1967.

El juicio del mono inspiró una obra de teatro con el título de Heredarás el viento y que se estrenó en enero de 1955 en Broadway. Cinco años más tarde, Stanley Kramer hizo una adaptación para el cine, protagonizada por Spencer Tracy y Frederic March, llegando a ser candidata a cuatro Oscar. Después, se hicieron otras películas para televisión en los años 1965, 1988 y 1999.

Scopes, tras haber seguido enseñando ciencia durante toda su vida, murió en Luisiana en 1970.

Fueron unos días en que la pequeña localidad de Dayton fue centro del mundo con el juicio del mono. Unos días que todavía se recuerdan, que parecen flotar en la neblina que produce el calor en los amaneceres de los veranos, que siguen siendo tan calurosos como antes.

© Redacción de Encima de la niebla

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