El ladrón invisible (III parte)

La madre de Nacho esperó atenta en un pupitre. La señorita Dalila despidió a un grupo de mujeres en la puerta del salón; a su regreso, sonrió a la madre que apenas quiso corresponder con el mismo gesto.

La señorita encontró en la madre de Nacho la misma mirada que había tenido el niño los últimos meses. El rostro de la mujer, de por sí huesudo, lucía cansado y lúgubre a pesar del rubor que se había puesto en las mejillas. Parecía incapaz de mantener la vista en alto o de soportar una mirada ajena sobre él.

Sin embargo, la madre de Nacho, al tomar asiento la señorita Dalila en su escritorio, se atrevió a preguntar si todo estaba bien con su hijo, quiso saber el motivo de su estancia en el salón de clases tras finalizada la reunión de padres de familia. La maestra le aseguró que todo estaba bien con Nacho, en cuanto a calificaciones se trataba, pero quería discutir algo más que consideraba que estaba afectando el comportamiento del niño.

– ¿Qué ha pasado? – preguntó la madre levantando la mirada de inmediato.

La señorita Dalila le hizo saber que conocía de los últimos acontecimientos ocurridos en casa, de cómo desde hacía un tiempo estaban desapareciendo cosas que por diferentes motivos tenían mucho valor para los miembros de la familia, ya que Nacho le comentaba todo lo que sucedía. Le dijo, además, que debido a eso él se sentía triste y su relación con los demás compañeros se había deteriorado. Le describió a Nacho como el niño que solía jugar a las escondidas y a un sinfín de ocurrencias con los demás, que participaba con mucha frecuencia en clases y presentaba sus actividades con orden y a tiempo.

– …Pero desde hace unas semanas está demasiado distraído y agobiado, distante, me gustaría saber…

La madre pareció avergonzarse, puso sus manos entrelazadas sobre el pupitre y apartó su vista de la maestra.

– Las cosas no han ido bien – dijo, después de encogerse de hombros – Me disculpo por el cambio que ha tenido mi hijo, él va a mejorar y volverá a ser el alumno que siempre ha sido, se lo prometo; lo que pasa es que…

La señorita Dalila se puso atenta, disimulando sus ansias por saber.

– Me apena esta situación – continuó la madre – A veces las cosas se ponen duras y nos mantenemos solo a base de oración. Quizá usted nunca haya pasado por las cosas que estoy pasando con mi familia y sé que hay mucha gente que las está pasando también, pero aun así me apena todo esto, porque siempre quise mantener a mis hijos alejados de las preocupaciones que solo un adulto tiene, o que debe tener.

Hubo silencio.

– …Usted debe saber que a Nacho le gusta encontrar soluciones a los problemas, pero es demasiado inocente, supongo que por la edad, para entender de verdad lo qué ocurre. Él es un niño sensible – calló- Mi esposo perdió su trabajo, como muchas personas en estos días, yo he vuelto a la fábrica de bordados y soy la única que puede conseguir un poco de dinero, ya que lo que mi esposo gana haciendo trabajos por su propia cuenta no solventa mayor cosa, así que imagine cómo está nuestra economía, si ya antes no era buena, hoy es peor… Así que bueno.

– Nacho habla de un ladrón – interrumpió la señorita, luego de escuchar.

– No hay tal ladrón – aseguró la madre con pena – Nacho además de sensible es un niño curioso que quiere saberlo todo, pero es solo eso, un niño. Imagino que usted sabe que no tenemos televisión en casa.

La señorita Dalila asintió.

– Bueno, no le podía decir al niño que la habíamos empeñado, no lo hubiese entendido, o tal vez sí, ahorita ya no sé, pero cuando Nacho no entiende algo hace demasiadas preguntas que a veces ni su padre ni yo podemos responder, eso nos aturde; así que bueno, no hay más ladrón que esta difícil situación que nos quita el sueño. ¿Entiende usted la importancia del dinero?

La maestra se sobresaltó.

– Quiero decir – reparó la madre moviendo ansiosamente los dedos entrelazados de las manos – El dinero no vuelve loca solo a la gente rica, también produce ciertos cosas en nosotros – soltó una risa nerviosa – A ellos los vuelve locos, a nosotros nos pone tristes, nos provoca desvelos porque no sabemos cómo será el siguiente día si no lo tenemos. Mi esposo y yo siempre tratamos de poner por encima de todo el amor a los niños, el amos hacia nosotros, pero ahora con todo lo que está pasando no somos capaces de sentir interés por cómo se siente el otro, todo es reproches, “que si no hubieses dejado aquel trabajo”, “que si hubieses sido más responsable”, “que si hubieras priorizado esto y no lo otro”; “necesitamos esto, pero no podemos obtenerlo, porque no tenemos el dinero…” ¡Dinero, dinero, dinero! Cochino dinero, se trabaja para conseguir dinero, se supone que los hijos estudian para conseguir buen dinero, se vive del dinero. Si de amor se viviera, cuánta gente rica no hubiera… Ya no tengo nada que pueda empeñar, hoy en la mañana encontré el recibo de luz bajo la puerta y eso no debe preocupar a los niños.

La señorita Dalila permaneció juiciosa, miró a la madre de Nacho y de una gaveta de su escritorio sacó su cartera de cuerina, esculcó en el interior hasta encontrar su billetera, mientras lo hacía, dijo:

– Estoy segura que ellos, al igual que usted, van a superar esta situación. 

La maestra entregó a la madre un billete de desconocida cantidad en las manos.

– Lo superarán o les va a generar ambición – respondió la madre, tomándolo – No puedo aceptarle esto, maestra.

– Estoy segura que sí puede.

La señorita Dalila miró cómo las lágrimas ahogaron los ojos de la madre, quien tras dar un profundo suspiro que tenía atorado en el pecho desde hacía rato, alcanzó a decirle:

– Gracias – y reparó de inmediato – No por esto – dijo, mostrando el billete – Sino porque me escuchó.

La señorita sonrió.

***

Esa noche, cuando regresó a casa, la madre encontró a Nacho saltando en el viejo sillón. Al preguntar por qué hacía tal cosa, el niño, invadido por una repentina y gran emoción, le señaló con la mano la juguetera, y para sorpresa de ella, había una nueva televisión donde solía estar la anterior. En ese momento, el esposo regresaba de la cocina con una alegría en el rostro.

– ¿Y eso? – preguntó la madre, pero su esposo se hizo el desentendido; entonces volvió a preguntar – ¿Y esa televisión de dónde salió?

– Se la compré a un amigo – respondió su esposo, acercándose a ella para darle un fuerte beso en los labios.

– ¿Qué amigo, Faustino?

– No lo conoces – respondió éste, haciendo un gesto con la mano.

La madre manifestó su indignación.

– ¡No me mientas, Faustino! ¿De dónde la sacaste?

El esposo continuó evadiéndola.

– ¡Te estoy hablando!

– ¡La compré, la compré! ¿Contenta?

– ¿Contenta? ¿Con qué dinero compraste esa carambada? – Del que recibí de un trabajo que fui a hacer ahora.

La madre se molestó al escuchar aquello, por lo que decidió dar la vuelta, pero el esposo la haló del brazo con fuerza.

– Los niños están contentos – dijo éste.

– A los niños les da hambre todos los días. – Comida hay – aseguró el esposo.

Ella le miró a los ojos.

– ¿Y podrías decirme hasta cuándo? – contestó, soltándose bruscamente de él.


Si desea leer la primera parte de «El ladrón invisible» siga el siguiente enlace:

– El ladrón invisible (I parte)
El ladrón invisible (II parte)


© Edgardo Romero