El oficial

El sopor de las 17.00 de la tarde lo despertó. Notó que había olvidado apagar el agua que había dejado hirviendo para el café. Corrió hacia la cocina y la llama del fogón aún ardía plenamente. Después de maldecir por unos minutos, volvió a poner más agua, esta vez a baja llama. En el tránsito hacia la sala le volvieron los pensamientos sobre el juego de las 14.00. Dormir era desaparecerse por un momento, abstraerse de este infierno, pensó. Despertarse era como reiniciar, y había que esperar un poco para que la mente volviera a reprogramarse, con lo que había quedado pendiente o, simplemente, con caprichos e impulsos que surgían justo al abrir los ojos.

El Memphis Grizzlies jugaba contra los Detroit Pistons. La apuesta, claro. Qué más necesitaba recordar. Que era un día atípico en su rutina porque en vez de haber estado durmiendo, Adolfo debía estar de pie en la garita de los centinelas de la estación de policía en el ardiente pueblo, mirando al horizonte derretirse mientras el sol se consumía el mismo por el oriente. Pensó entonces que al caer la noche cenaría en algún restaurante del centro. Ah, pero de nuevo despertó a la realidad del sueldo agotado. Iba ya en el segundo préstamo del mes de julio. Qué vergüenza con su amigo Hernán. No podría siquiera llamar a la morena Caterine. Ella no le cobraba para acompañarlo, pero sí había que pagar algo en alguna parte o a alguien. Dinero.

Tenía un último Piel Roja depositado en el porta-esferos, así que lo tomó, lo encendió y mientras lo fumaba pensaba en la suerte del Memphis Grizzlies y de sus diez mil pesos apostados. ¡Diez mil! Hubieran servido para invitar a la morena Caterine a un granizado o a tres cervezas.  ¡Oh Qué día tan atípico! Que se encontraba el viejo agente de policía pensando en la joven de los tugurios. Sería la mente siempre así, tan sujeta al azar de los pensamientos. Un día se levantaba canturreando algún tango de Carlos Gardel, “Volver, con el alma amarrada a un dulce recuerdo que lloro otra vez”. Otra tarde, tal vez durante el almuerzo, se obstinaba la cognición en realizar contrastes entre este libro o ese otro. Adolfo había terminado de agente de calle muy a pesar de haber ingresado como policía profesional graduado en lenguas extranjeras con profundización en ruso, y con una maestría en traducción en lenguas eslavas. De ahí entonces que otros pensamientos aparecieran fuera de la nada, con objetivos obsesivos de recordar tales vocablos de tales lenguas.

Adolfo, sin querer dejar nada a merced de su mente, la obligó a volver sobre las apuestas. Otra derrota más para el Memphis. El Memphis. Tan caprichoso como siempre ha sido, Adolfo había escogido al equipo de Tennessee como su favorito. Elegía siempre algún caído, algún decadente. Lo interesante era, según el viejo oficial, dejarse sorprender por alguna novedad en alguno de los ochenta y tantos juegos que disputaban los equipos de baloncesto. Así pues, encendió el televisor y lo pasó al canal. Jugaban los Nicks contra Dallas Mavericks. Nada que hacer. Esperó un poco por el comentario y los resultados de los partidos pasados que aparecían en la parte baja de la pantalla. El agua hervía, se dirigió a la cocina y apagó el fogón. Depositó esta vez no 3, sino 5 cucharadas de café. La noche sería larga de alguna manera, así fuera deambulando por la ciudad. El agua caliente humedeció el café y el aroma invadió la casa invadida por el sopor que entraba a través de las ventanas.

Y aquí iban los marcadores. Alcanzó a beber dos sorbos del vaso antes de que los comentaristas del juego de los Knicks (los mismo de los dos partidos anteriores, no había ahora chance de relevos con la crisis económica) expresaran su sorpresa ante el asombroso “knock-out” del Grizzlies: ¡130 a 90 canastas! Buscó el boleto, claro que sí lo tenía, lo buscó, se lo había vendido el viejo Jairo en “Estadero Mavericks”. Obviamente los bolsillos eran primero. Llamaría a la morena Catherine y tal vez a la pálida Laura para que lo acompañara. Pagaría toda la noche si era posible. Ellas a veces sí cobraban por su compañía. En los bolsillos buscó, pero no encontró el boleto. ¡Carajo!

¡Que la lucidez del despertar que se ganaba lentamente le permitiera recordar dónde había puesto el trozo de papel! Se quedó fijo de pie, frente a su cama, donde había estado casi toda la tarde durmiendo, pensando, tratando de ganar lucidez. Invitaría a Laura, Laura a veces estaba tan preciosa como Caterine, incluso hasta más atractiva que ella, con el cabello lacio totalmente, oscuro y un perfume barato que saturaba su aroma. Cómo era que no encontraba el maldito trozo de papel, ¡diez millones de pesos! Que después de despertar de una siesta no se pudiera recuperar la información de las cosas hechas durante el día le resultaba tonto, ridículo. Pensó que tal vez estaba soñando, sí, eso es, soñando. ¿Quién podría controvertir eso? Pero, estaba allí en pie, viendo la cama con las sábanas fuera de lugar, con la macha de humedad en la almohada, indicio de largo y cómodo dormir.

¡Si todos los días en la mañana iba al Estadero Mavericks, imposible que hoy no hubiera sido así! Podía muy acertadamente dibujar en su mente las nalgas de Laura marcadas en sus largos vestidos, caminando delante de él, como le proponía el oficial, para poder deleitarse y ahogarse en su perfume. Seguido a esta elucubración, Adolfo, con un creciente sinsabor y profusa amargura de tarde consumiéndose, cayó en cuenta nuevamente que era un día atípico, una tarde atípica.


© Cruz Medina
Imagen de Tabble en Pixabay