El olmedo seco

Recuerdo aquel año de mi adolescencia en el que pasé las primeras vacaciones en Galicia, el pueblo se llamaba Cariño. Por las mañanas, tras el desayuno, me perdía por los lindes del pueblo, iba y venía, exploraba en la espesura de la umbría, corría y sudaba en la solana, subía y bajaba según me lo pidiera el viento, me empapaba de mí, sin asomo de aburrimiento, lejos del mundo, que nunca odié, pero siempre me pareció falso y poco recomendable. Nunca necesité de más personas que yo ni creí necesarias más reflexiones que las mías.

Aquella mañana, paseaba por la espuenda de la ría de Ortigueira, viendo cambiar de forma las nubes, dependiendo de sus hechuras así parecían contarme unas cosas u otras, darme ideas, ofrecerme pensamientos inéditos. Una misma nube manejada hábilmente por el viento me hablaba de como matar el tiempo, segundos después me reprendía por mirar a mi entorno con desgana y justificarlo con mi inacción.

Aquella mañana brillante e inquieta, me adentré en una zona nueva, nunca antes había estado allí, era un lugar boscoso, serio, impreciso y sufrido, pensé. Un buen sitio para descansar de tanto dialogo con las musas que con sus soplidos hacían bailar y descolocarse a las nubes, para momentos más tarde volverlas a colocar de otra manera, con otros sentires y afirmaciones.

Caminé lentamente por las sombras, crucé un puente romano de un solo ojo, un cartel advertía al paseante de su nombre: “Puente Rojo”. Su cauce estaba seco, en él parecían entretenerse unos desconocidos pajarillos recogiendo pequeñas ramas secas e inmediatamente perdiéndose en la espesura del bosque en vuelo raso. Seguí caminando y al poco me topé con otro cartel que señalaba la dirección de la ría, en el que se podía leer: “Olmedo Seco”. Seguí la dirección de la flecha mientras pensaba en como sería el olmedo señalado tras ese puente sobre un río seco, un olmedo, también seco, algo muy extraño para aquellas latitudes donde la lluvia estaba presente buena parte del año. Recorrí más de medio kilómetro en su busca, al fin creí encontrarlo, pude percibir algo extraño en el ambiente que reinaba en aquel lugar, no supe descifrar lo que era, ahora sigo sin saber que adjetivo le podría calificar de la forma más correcta. Era un lugar distinto, entre acogedor y resignado, entre simpático e irónico, dotado de cierta plasticidad y armonía. El silencio era continuo y penetrante, a lo lejos quedaba el estridular de las chicharras. Reinaba en aquel lugar un fuerte olor a madera seca que revitalizaba el ánimo. Miré hacia arriba y pude comprobar como aquellos pajarillos que le robaban al rio seco sus pequeñas ramitas iban a depositarlas en las secas ramas de los olmos, sin hojas, sin sámaras. Todo parecía indicar que estaban construyendo sus nidos, pero enseguida caí en la cuenta de que aquellas no eran fechas para comenzar la anidación. Comprobé que esas marañas de ramitas no formaban los clásicos nidos, eran más parecidas a panales, algunos colgaban de los extremos de las ramas, otros, por el contrario, estaban colocados en los vértices que formaban las ramas con el tronco. Había algunos en que el entramado era muy delgado, en cambio otros eran grandes, espesos y pesados. Pude percibir que no estaban colocados aleatoriamente, parecían mantener algún tipo de código, su misión no era solo la de adornar los secos olmos en las cuatro direcciones; norte, sur, este y oeste, a distintas alturas y con distintas formas y volúmenes. Mientras intentaba descifrar que significado tenía todo aquello, oí ruidos lejanos, eran pisadas, me escondí tras un viejo tronco evitando delatar mi presencia, contuve la respiración, vi pasar a una vieja de andar cansino, esperé a ver sus movimientos. Se acercó directamente a un olmo alto de tronco grueso, se abrazó a él y no hizo nada más. Sorprendida esperé, pero aquella mujeruca parecía haberse quedado dormida abrazando al árbol. Pasó el rato, cuando me cansé de esperar a que se fuera, salí de mi escondite procurando hacer el menor ruido, sin embargo, la mujer escuchó mis pasos. La miré de soslayo, no dijo nada, solo me miraba. Algo me atrajo hacia ella, cuando estaba a pocos metros me lanzó una sonrisa bonancible, luego me preguntó con la mirada, una mirada clara, resuelta, limpia.

No supe que contestar, me la quedé mirándola fijamente, al fin escuché su voz:

– ¿Qué vienes a enterrar?

– Nada, señora.

– Entonces, ¿qué haces aquí?

– No lo sé, vine a ver. Ignoro para que se sirve este lugar.

La mujer dejó de abrazar el árbol, se sentó sobre una piedra y comenzó a contarme cosas sobre aquel olmedo seco.

Me dijo que ese lugar era, desde el principio de los tiempos, el sitio donde se enterraban los prejuicios, los malos quereres, las incomprensiones e irracionalidades como el odio, los resentimientos.

Ante mi cara de incomprensión, aquella mujer de mirada sabia comenzó a relatarme la historia del olmedo:

– No se sabe desde cuando las gentes del lugar comenzaron a llegar aquí, a enterrar en esta especie de nidos todos los prejuicios, envidias, pasiones y cosas que de alguna forma hacen daño al espíritu e impiden vivir con normalidad el día a día. Nadie sabe que hacen los pájaros aquí, construyen algo con ramitas secas, pero no anidan, no se guarecen de las inclemencias del tiempo. La disposición de los nidos en los cuatro puntos cardinales parece que tiene más sentido. Algunas personas dicen que están colocados para que los distintos vientos que recorren el lugar se puedan llevar esos sentimientos que nos hacen peores a los humanos: Los vientos Céfiros de poniente, el Septentrión, el Levante y los cálidos vientos del Sur. Cada uno, según cuenta la leyenda, se lleva un grupo de estorbos que manchan las conciencias y las cargan de inmundicias.

– Y usted, señora, ¿también ha venido a eso?

– Sí. La incomprensión hacia los sentimientos de mi nieto hizo que ambos estuviéramos mal. No comprendí como alguien que se llamaba Xosé, pudiera tener sentimientos más propios del sexo opuesto. Me opuse a que esto ocurriera durante mucho tiempo y ahora he comprendido mi error. Me abracé al olmo viejo y le he transmitido todos mis prejuicios hacia esa criatura que me hacían estar mal conmigo misma, Xosé siempre fue bueno, cariñoso, atento, servicial, pero sintió durante toda su vida habitar en un cuerpo con los engranajes oxidados, las tuberías obstruidas, los cables cortocircuitados.

Ya he cumplido con mi deber de enterrar el rencor y la soberbia del prejuicio para que los vientos Céfiros puedan trasladar esos sentimientos morbosos muy lejos.

– ¿Se siente bien, señora?

– En este momento estoy mejor que cuando llegué. Sin ofuscación alguna, ilusionada por creer que he trasladado todas mis malas energías a través del olmo y que este las ha depositado en el lugar oportuno, a la espera de que el viento, en cualquier momento se haga cargo de ellas y las depure en su constante transitar de oeste a este, sin que se depositen en ningún otro ser vivo. Que lo traslade al mar, que es el lugar donde se limpia todo lo malo que se crea en la tierra. Y ya está. Eso es todo. Me voy contenta.

– ¡Adiós, señora! Yo me quedaré un poco más, quiero experimentar lo mismo que usted.

Desde entonces, no sé cómo ocurrió, ya que abracé distintos árboles cubriendo los cuatro puntos cardinales. El caso, es que me cambió la forma de pensar y sentir. Es cierto que nunca necesité de nadie para ser feliz y estar bien, pero ahora admito rodearme de personas distintas, comprendo sus situaciones incómodas, sus tropiezos, comparto sus alegrías, me activo en pro de los que menos tienen y los que más necesitan. Mi vida es más plena. Dejé de ser una adolescente con un estrecho sentido de la libertad para convertirme en una mujer socialmente libre.

Cada año regreso al “Olmedo Seco”, atravieso el viejo puente romano de un solo ojo, veo a los pajarillos como recogen las ramitas y los sigo hasta el olmedo. Allí abrazo a unos y otros olmos, hago examen de conciencia mientras cambio de orientación, luego me siento un buen rato con ellos, escucho el silencio que transmiten, después, cuando comienza a caer la tarde, regreso a Cariño con mayores estímulos, propensa a escuchar a todas aquellas personas de bien que quieren compartir su vida con los demás; amores, risas, ilusiones y buscan como desechar de ellas soledades, traiciones, sinsabores, desilusiones, frustraciones…

Tengo la seguridad que cada año obtengo más felicidad del entorno. No sabría explicar de dónde viene, pero tengo la sospecha que el Olmedo Seco, tiene la culpa de eso.


© Texto: Emilio Meseguer Enderiz
Imagen libre de derechos.

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