El poder de la palabra V

En esta serie de artículos dedicados al poder de la palabra, me acerco a aquellos poetas que reflexionan sobre la propia poesía, como arte de expresar sentimientos, como medio de comunicación íntima con el lector y como instrumento que une espíritus y almas inquietas.

Los poemas que reproduzco en esta ocasión pertenecen a dos poetas de la Generación de los 50, también denominada la Generación de la segunda postguerra. Casi todos sus autores se inclinaron por la poesía de carácter social y reivindicativa, como ocurre con José Agustín Goytisolo, del que presento “Aquellas palabras” como paradigma de esa lírica de denuncia.

AQUELLAS PALABRAS

Fueron unas palabras
–hambre dolor mentira–
tan sólo unas palabras.


Nunca hasta entonces nunca
sonaron en mi oído
tan duras y precisas.


Eran palabras vivas.
Detrás de cada una
mil gritos acallados.


Todo lo que ocurría
cobró nuevo sentido
me desveló su clave.


¡Oh, poesía! Entonces
levanté mi bandera
contra aquellas palabras.


(José Agustín Goytisolo. Palabras para Julia)


Francisco Brines, el siguiente autor del que transcribo “El porqué de las palabras”, también pertenece a la Generación de los 50, aunque es uno de los pocos poetas que no se inclina por una lírica de carácter social. Según sus palabras, La poesía tantea las sombras para encontrar un poco de luz, trata de iluminar la oscuridad y cumple un milagro: que las cosas puedan vivirse. Que el adolescente pueda entender la vejez. Que quien vive exiliado del amor, ese hombre ya viejo, gracias a ella pueda revivirlo.

Y otra cita de Francisco Brines puede servir como presentación a su poema “El porqué de las palabras: Escribo sólo cuando no tengo otra posibilidad. Cuando la emoción está tan cargada que exige salir y ser desvelada. Y en mí solo se desvela y se hace real por medio de las palabras.

EL PORQUÉ DE LAS PALABRAS

No tuve amor a las palabras;
si las usé con desnudez, si sufrí en esa busca,
fue por necesidad de no perder la vida,
y envejecer con algo de memoria
y alguna claridad.


Así uní las palabras para quemar la noche,
hacer un falso día hermoso,
y pude conocer que era la soledad el centro de este mundo.


Y sólo atesoré miseria,
suspendido el placer para experimentar una desdicha nueva,
besé en todos los labios posada la ceniza,
y fui capaz de amar la cobardía porque era fiel y era  digna del hombre.


Hay en mi tosca taza un divino licor
que apuro y que renuevo;
desasosiega, y es

remordimiento;
tengo por concubina a la virtud.


No tuve amor a las palabras,
¿cómo tener amor a vagos signos
cuyo desvelamiento era tan sólo
despertar la piedad del hombre para consigo mismo?


En el aprendizaje del oficio se logran resultados:
llegué a saber que era idéntico el peso del acto que resulta de lenta
                                                                             [reflexión y el gratuito,
y es fácil desprenderse de la vida, o no estimarla,
pues es en la desdicha tan valiosa como en la misma dicha.


Debí amar las palabras;
por ellas comparé, con cualquier dimensión del mundo externo:
el mar, el firmamento,
un goce o un dolor que al instante morían;
y en ellas alcancé la raíz tenebrosa de la vida.
Cree el hombre que nada es superior al hombre mismo:
ni la mayor miseria, ni la mayor grandeza de los mundos,

pues todo lo contiene su deseo.

Las palabras separan de las cosas
la luz que cae en ellas y la cáscara extinta,
y recogen los velos de la sombra
en la noche y los huecos;
mas no supieron separar la lágrima y la risa,
pues eran una sola verdad,
y valieron igual sonrisa, indiferencia.
Todo son gestos, muertes, son residuos.


Mirad al sigiloso ladrón de las palabras,
repta en la noche fosca,
abre su boca seca, y está mudo.


(Francisco Brines. Insistencias en Luzbel)


© Texto de José Luís Pérez Fuente
© Fotografía de pexels

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