El predicador

«Ven acá y te mostraré la sentencia contra la gran ramera, la que está sentada sobre muchas aguas; con la cual han fornicado los reyes de la Tierra, y los moradores de la Tierra se han embriagado con el vino de su fornicación», proclamaba la voz del predicador desde la radio del auto.

El hombre asintió moviendo su cabeza y recordó el día en que lo había escuchado por primera vez. Se encontraba en su oficina, acariciándose el mentón y con la mirada fija en la pantalla del ordenador. Llevaba días intentando terminar aquel informe, pero las palabras, sencillamente, se negaban a salir. Llevó la cabeza hacia atrás y se cubrió el rostro con las manos. Deseaba gritar y liberarse, de una sola vez, de esa opresión en el pecho. Estaba hastiado de todo, del trabajo, de la rutina, de su soledad y, sobre todo, estaba cansado de su propia vida.

Tenía cuarenta años y no había logrado darle una verdadera razón a su existencia. No se trataba de que no hubiera intentado encontrarla. Tenía los grados más altos en varias órdenes místicas que ofrecían su sabiduría por correspondencia. Había permanecido noches enteras en la cima de una montaña, esperando, junto a docenas de personas, la llegada de los maestros iluminados de las lunas jupiterianas y había estado incontables ocasiones en una oscura habitación, sosteniendo una vela frente a un espejo, esperando en vano que otro rostro suplantara su reflejo y le entregara el preciado secreto de la verdadera felicidad.

Rio por la nariz, burlándose de su propia ingenuidad. Entrelazó los dedos y extendió los brazos con las palmas hacia afuera hasta hacerlos chasquear.

Decidió que sería mejor buscar algo con qué entretenerse. Abrió uno delos cajones de su escritorio y sacó un pequeño radio de transistores. Un poco de música sería suficiente para calmarlo. Sabía que era más sencillo encontrar la música que quería a través del internet, pero los tipos del departamento de informática tenían bloqueadas todas las páginas que valía la pena abrir. «Políticas de la empresa», solían decir para justificarse. Él sabía que eran mentiras, que sólo deseaban tener a su disposición todo el ancho de banda para descargar sin contratiempos miles de inútiles archivos. Encendió la radio y empezó a girar la perilla del dial. Extrañado, frunció el ceño: no lograba captar ninguna señal. Extendió al máximo la antena y elevó la radio, haciéndola girar con la mano. Le dio algunas palmadas en el costado, esperando quizás reacomodar algún circuito descarriado. Solamente estática. Volvió a girar la perilla y se detuvo de pronto al escuchar una voz algo lejana.

“Busca y hallarás —decía la voz, que se hacía cada vez más clara—. Pide y recibirás. Así ha dicho el Señor. Pero ustedes se quejan porque no hallan y gimen porque no reciben. Generación de víboras, buscan donde no deben y piden lo que no merecen. Quieren cosechar donde no han sembrado y quieren recoger donde no han trabajado”.

Puso la radio sobre el escritorio y se arrellanó en su silla para escuchar con más atención. Había algo casi hipnótico en la voz de ese predicador.

«Es sólo al final de la jornada que el trabajador recibe su recompensa – continuaba diciendo la voz -. Debes estar dispuesto a trabajar. Ha llegado el comento de separar el grano de los abrojos y de echar estos al fuego. Este día, mi mensaje es para ti; sí, para ti, que no encuentras una razón para vivir, que caminas sin rumbo, sin poder diferenciar un día de otro. Se te ha encomendado una misión, el Señor te ha señalado para que seas su instrumento sobre la Tierra».

Desde ese día no pudo dejar de escuchar al predicador y desde ese día supo que su vida tenía un propósito. Renunció a su trabajo y retiró sus ahorros del banco. Debía recorrer las carreteras y cumplir, al pie de la letra, las instrucciones que el Señor le enviaba a través de la voz del predicador.

El hombre miró de reojo a la mujer que había recogido kilómetros atrás y decidió que era el momento de ponerla a prueba. “¿Qué opinas del mensaje?”, le preguntó, adelantando los labios para señalarle la radio.

Ella le respondió con una mirada de extrañeza. Él no insistió, estaba claro que era como las demás y las palabras del predicador no tenían poder sobre ella.

La mujer, arrepintiéndose de haber aceptado el aventón, se mordió el labio y se removió inquieta en su asiento: la radio sólo transmitía estática.

El hombre sonrió complacido, escuchando la orden de ejecutar la sentencia dictada por el Señor. Una vez más se transformaría en su instrumento y, una vez más, podría ayudarle a erradicar el mal sobre la Tierra.

Kalton Bruhl