El viaje

Llevaba menos de dos meses con su flamante carnet de conducir, se había comprado un coche de segunda mano y estaba dispuesto a recorrer todo el país.

Pensaba tener sus vacaciones de invierno recorriendo las ciudades y poblaciones más cercanas, no tenía ni siquiera organizado un recorrido, partiendo de la carretera más cercana a su domicilio, la A2, iniciaría su mini excursión.

Como persona previsora, había echado un vistazo al pronóstico del tiempo, no quería que por no hacerlo le pillase alguna nevada.

– Anda que si nevase y tuviese que poner cadenas. Caray, tenía que haber aprendido a ponerlas.

– ¡Qué tonto soy! Si ya he comprobado que no va a nevar.

Avanzaba sin querer detenerse hasta que llegase el atardecer. Pararía cuando llegara ese momento, sin mirar siquiera como se llamaba el lugar, quería dejar todo a la improvisación.

Empezaba a anochecer, en ese momento vio una salida de la carretera principal y la tomó, sin fijarse por dónde se metía, claro que tampoco se veía muy bien.

El trayecto elegido tenía muchas curvas; llevaba un poco de miedo. Además, las luces del coche no eran muy potentes, por lo que su velocidad no superaba los 30 km./hora.

Por fin llegó a unas callejuelas; sin pensarlo más, dejó el coche aparcado donde primero le vino bien. Buscaría un sitio para descansar y cenar; al día siguiente averiguaría dónde estaba.

Caminaba tranquilo mientras buscaba el alojamiento. Por más que se adentraba en esa especie de pueblo no se había encontrado con nadie y menos aún ver algún establecimiento. La noche se cernía cada vez con más rapidez sobre el pueblo y él empezaba a preocuparse, no veía absolutamente a ninguna persona a la que preguntar, las pocas casas estaban sin luz, por lo tanto, tampoco podía llamar para informarse.

Según bajaba por una empinada cuesta hacia no sabía dónde, sintió unos pasos, se volvió para ver quién era, pero ¡sorpresa! No había nadie. Esto empezaba a ser preocupante, esos pasos…; siguió bajando mirando de vez en cuando de reojo hacia atrás.

Desembocó en una plaza con unos soportales alumbrados con una luz muy tenue, posiblemente allí viviría alguien o habría alguna pensión.

Miró alrededor sin observar nada que le indicase dónde estaba. Su mosqueo aumentaba, a cada minuto que pasaba estaba más asustado.

De repente se oyó una voz que dijo:

– ¡Corten ¡

– Pero qué hace ese tipo ahí. Que salga de la escena inmediatamente.

– En ese momento se encendieron veinte o treinta focos que iluminaron toda la plaza.

– Perdón, perdón.

No sabía dónde estaba, pensaba que era un pueblo fantasma, al no ver ningún tipo de vida.

– Márchese por donde haya venido, este es un decorado, no hay viviendas, locales ni personas, solo los que estamos rodando.

Volvió al coche, nuevamente sin rumbo tomó la primera carretera que encontró a buscar un pueblo que estuviese vivo.

Decididamente no podía hacer un viaje sin tener todo organizado.


© Texto:  Maruchi Marcos Pinto
© Imagen: María Esther Flores

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