El viento divisible

Cuando yo tenía doce años, mi madre me dijo que el cierzo venía del noroeste y era divisible por tres. Soplaba tres días y se llevaba la lluvia. Pero, algunas veces, continuaba soplando un cuarto día y entonces siempre lo hacía otros dos más. Cuando el cierzo cesaba, comenzaban las tormentas de la primavera. Ella había salido de su casa para estudiar hacía muchos años y nunca había regresado a su pueblo ni tenía ya familia allí. Vivíamos nosotros en una ciudad varada en un secarral y no se podía imaginar uno en ella cierzo ni viento alguno que durara tres días. De hecho, casi nunca soplaba y tampoco había muchas tormentas. Pero recuerdo que aquel comentario, que me hizo un día que me llevaba en coche al colegio, me persiguió desde entonces. Era pequeño y no entendí al principio por qué lo decía. Ella hablaba poco, era persona muy callada. Estábamos en un día de junio que amenazaba mucho calor, sin una brizna de brisa ni posibilidad clara de tormenta. Hubiera sido lógico olvidarme de aquellas palabras, pero se me quedaron grabadas mucho tiempo no sé si por su falta de adecuación a la situación o porque la palabra “cierzo” me resultaba exótica, me traía imágenes del norte, de frescura y de fortaleza. Años después comprendí por qué había dicho aquello, sin tener yo que preguntárselo nunca. No me hizo falta y, para protegerme de recuerdos como ese, decidí no encariñarme con ningún lugar y menos con aquel en que viví en mi niñez para que no me pasara lo mismo. Era muy fácil, se trataba de una tierra que tenía el alma quebrada de la que uno difícilmente se podía enamorar porque siempre me pareció que carecía de capacidad de seducción. Viví después en algunas ciudades junto al mar, primero estudiando y luego desarrollando mis proyectos en un estudio de arquitectura que convertí en trashumante para aprovechar los tirones de demanda del sector de la construcción. En ellas sí había viento. De levante y de poniente según tocara. Pero era inconstante y me parecía que debía ser un viento bien frágil en comparación con el que mi madre tenía en el corazón por haberla mordido en su infancia.

Pasaron los años, y con ellos, algunos buenos momentos y otros de sinsabores y malandanzas. Un fin de semana en el que estaba solo, me había separado hacía poco de mi pareja de los últimos dos años, se me ocurrió alquilar una casa rural que, por casualidad, estaba en la región donde mi madre había nacido. Era un pueblo de treinta y cinco habitantes de paredes de piedra desnuda según se veía en las fotografías de internet. Llegué allí la tarde del viernes, llovía levemente y no se veía a nadie por la calle. Telefoneé al dueño de la casa que llegó a los diez minutos, supongo que de algún lugar vecino porque se apeó de un coche. Me confirmó, sin que yo le preguntara que el pueblo tenía treinta y cinco habitantes, treinta y seis ahora contándome a mí. La casa, muy bien acondicionada, tenía incluso un jacuzzi. Pagué por adelantado y cuando se marchó deshice mis maletas y, después, decidí buscar un bar para tomar algo antes de sumergirme en esa bañera flamante que me iba pareciendo cada vez más irreal en aquel entorno. No había bar ni tienda alguna, ni nada abierto, ni ningún viandante. De la plaza, diminuta y desierta con un chopo desvencijado en el centro, nacía una calle que se desplomaba cuesta abajo hacia la salida del pueblo opuesta a la que yo había entrado. Vi al fondo a un niño jugando con una pelota de fútbol. Miré hacia la iglesia, pequeña, de ladrillo y sin un estilo determinado, con un portalón cerrado a cal y canto. Posiblemente ya no se cantara misa en ella. Me llamó la atención una veleta de metal negro, que había comenzado a oxidarse, sobre las tejas macilentas de la cubierta. Luego miré de nuevo a aquella calle que parecía casi un terraplén por la inclinación y me encontré con la pelota del niño a mis pies. Más abajo, él me hizo una seña para que se la devolviera. Chuté hacía él y, en lugar de recogerla volvió a lanzármela hacia arriba con una patada. La recogí del suelo con la mano y bajé a hablar con él. Me pareció que tendría unos siete años. No tengo a nadie con quién jugar, me explicó. Por eso lanzo el balón a la cuesta para que la pendiente me lo devuelva. Cuando voy a la escuela, a otro pueblo, puedo jugar al fútbol con los demás de la clase. Pero aquí todos son viejos, solo puedo jugar contra la calle. Así que me olvidé del jacuzzi y de la cerveza del bar inexistente y le propuse que subiéramos juntos a la plaza. Allí improvisamos una portería con el chopo y el pequeño macuto que había tomado conmigo por si encontraba algo que comprar y comencé a lanzarle penaltis. Llevaba ya unos veinte tirados sin malicia, me había parado casi todos, cuando sentí una bocanada de aire tan frio como el aliento de un edificio de piedra. Miré la dirección del viento en la veleta y me acerqué a mi nuevo amigo. Es el cierzo, le dije. Ahora se llevará la lluvia. ¿Sabes que es divisible por tres? Soplará tres días, hasta el lunes. Y si el lunes sigue soplando, lo hará hasta el jueves. Mi madre me lo contó una vez, y, mientras hablaba, me di cuenta a la vez de que un niño de esa edad quizás no supiera dividir y de que estaba viviendo uno de esos escasos momentos de magia que tiene la vida en los que alguien se encuentra con su destino.

Preferí entonces alejarme unos pasos, para que no viera las lágrimas en mis ojos y poder chutar otro penalti.

© Santiago Asensio