Émilienne Morin, Mimi-FAI

Émilienne Morin, nació el 28 de octubre de 1901 en Angers, una ciudad francesa del departamento de Maine y Loira. Desde muy niña, Émilienne escuchaba atentamente a su padre, Étienne Morin, un activista anarcosindicalista, con la avidez que da la niñez y los deseos de aprender. Fruto de esas palabras apasionadas que Émilienne oía entusiasmada, de esas palabras que su padre pronunciaba todas las noches después de cenar, ante un auditorio tan cercano al corazón, fueron sus deseos de practicar aquello que oía. Así que, desde muy joven frecuentó círculos revolucionarios que le llevaron a participar en las juventudes socialistas.

Más tarde, a los quince años, consiguió un puesto en el periódico pacifista y antimilitarista, Ce qui´il faut dire, que había sido fundado con el propósito de hacer frente al Manifesté des Seize.

En 1924, cuando contaba con 23 años, se casó con el activista libertario italiano Mario Cascari, pero el matrimonio fue un fracaso desde muy pronto y terminó divorciándose a los tres años.

Émilienne fue una activista muy involucrada en los ideales anarquistas. Participó en las comisiones creadas por la Libertad de Sacco y Vanzetti y, también, en la de Apoyo a Durruti-Ascaso-Jover, como defensa a los tres anarquistas españoles que se encontraban encarcelados por el estado francés. En esos momentos, cuando ayudaba a su abogado, Henri Torez, no se podía imaginar lo que le depararía el futuro. Ella simplemente hacía lo que su conciencia le dictaba y, en aquellos momentos, creía que debía ayudar a unos compañeros que estaban necesitados de ello.


La Librería Internacional Anarquista

El 14 de julio de 1927, Émilienne entró en la Librería Internacional Anarquista de París buscando un libro de ideología libertaria. A los pocos minutos de permanecer en el local, mientras revisaba detenidamente los libros primorosamente expuestos en los anaqueles de madera, Émilienne vio como entraban dos hombres que reconoció de inmediato: Durruti y Ascaso. Durruti la miro, ella le miró a él, y eso fue el principio de todo. En esa cercanía su imponente presencia le pareció decididamente poderosa. No parecía nada arrogante, pero si fuerte, fuerte como un demonio. Acababa de conocer a Buenaventura Durruti, el que sería su compañero a partir de entonces y del que solo la muerte logró separarlos. Cuando años más tarde le preguntaron a Émilienne si se había casado con Durruti, respondió: “Durruti y yo no nos casamos nunca, por supuesto. ¿Qué se figura usted? Los anarquistas no van al registro civil. Nos conocimos en París. Él acababa de salir de la cárcel. Había habido una campaña inmensa en toda Francia y el gobierno hacía cedido. Fue liberado. Durruti salió esa misma tarde, visitó a unos amigos. Yo estaba allí, nos vimos, nos enamoramos a golpe de vista y así seguimos”.

Émilienne Morin con su compañero Durruti
Émilienne Morin con su compañero Durruti

En la librería no llegaron a hablar, aunque si lo hicieron con los ojos. Pocos días después volvieron a encontrarse en una cena a la que los invitó Berta, la directora de la librería. A partir de ahí comenzaron una relación muy estrecha viéndose con mucha asiduidad hasta que expulsaron a Durruti a Lyon.

Después, él se marchó a Alemania y mantenían el contacto por carta. Poco más tarde, Durruti marchó a Bruselas con su compañero Ascaso y le pidió a Émilienne que se fuera con él. Émilienne no tuvo ninguna duda, pero había algo que le impedía tomar esa decisión, al menos de forma inmediata. Sus padres atravesaban una difícil situación económica. Émilienne esperó a que la hipoteca que gravaba su casa estuviera pagada y, en ese momento, libre de obligaciones, marchó a Bruselas al encuentro de Durruti. Tanto él como ella utilizaban identidades falsas.  El deseo de encontrarse con Buenaventura era tan fuerte que Émilienne se fue con los papeles que le prestó su amiga, en los que ni siquiera llegó a cambiar la foto.


Exilio en Bruselas

Cuando se reunieron en Bruselas, Durruti le advirtió:

  • No va a ser fácil Émilienne. Si estás conmigo llevarás una vida muy difícil porque no disponemos de recursos ni tenemos tampoco trabajo. Y además yo estoy muy perseguido.

Émilienne le contestó:

  • No he venido contigo para llevar una vida fácil, sino una vida digna.

Y tuvo la certeza de que esa iba a ser su compañera para siempre, como así fue.

El pronóstico de Durruti se cumplió, como era de esperar. Las dificultades económicas, unidas a la falta de libertad, configuraban una vida muy dura. Aun así, su espíritu luchador, el de los dos, hizo que se reunieran con muchos anarquistas españoles que vivían en semiclandestinidad. Émilienne, tal y como la definió Lola Iturbe era entonces una joven muy agradable, de tez clara y ojos azules, con el pelo cortado al estilo juvenil. Su carácter enérgico, sus convicciones ideológicas y sus dones oratorias se manifestaron en las controversias públicas, especialmente con los comunistas, que tuvieron lugar en la Maison du Peuple, en Bruselas.

En los meses siguientes, ambos fueron encontrando trabajos temporales que les ayudaban a sobrevivir a duras penas. Cuando uno de ellos estaba desempleado, el otro se ocupaba de las tareas domésticas. Así pasaron cuatro penosos años, aunque felices de estar juntos.


Camino de España

Cuando en 1931 se proclamó la República en España decidieron abandonar Bruselas y se instalaron en Barcelona. Y allí, el 4 de diciembre, Émilienne y Buenaventura tuvieron a su hija, a la que la llamaron Colette. Colette Durruti. Buenaventura estaba entonces en la cárcel y los compañeros decidieron hacer una colecta para que Émilienne pudiera pagar el alquiler. Tiempos felices y duros al mismo tiempo donde las buenas y las malas noticias se mezclaban indiscriminadamente, casi sin sentido aparente.

Esto no impidió a Émilienne participar en las actividades de la CNT y, poco más tarde, en alguna de las publicaciones de la Confederación. Su labor era difícil porque, aunque lo comprendía perfectamente, casi no hablaba castellano. Con su compañero en prisión, Émilienne tuvo que trabajar como fregona para dar de comer a su hija. Más tarde, por medio de la intervención del sindicato tuvo acceso a un puesto de acomodadora en el cine Goya. Pero había otro elemento perturbador en su vida, las constantes mudanzas debidas a que, a menudo, no podía pagar el alquiler.

Llegado a 1936, con Durruti en libertad, alquilaron un piso en el barrio de Sans. Uno más, un traslado más. Émilienne seguía trabajando en el cine Goya, pero Durruti no encontraba trabajo porque los empresarios lo habían puesto en una lista negra y eso le impedía encontrar empleo. Una tarde, Manuel Pérez fue con un amigo a visitar a Buenaventura a su casa. Cuando llegaron lo encontraron en la cocina con un delantal puesto y fregando los platos mientras se calentaba la cena de su hija Colette. El amigo de Manuel, bromeando socarronamente, se dirigió a Durruti y le recriminó que hiciese aquellas tareas que eran propias de mujeres. Durruti, sin dudarlo, y con ese acento arisco del que hacía gala a veces, le contestó:

  •  Toma este ejemplo: cuando mi mujer va a trabajar yo limpio la casa, hago las camas y preparo la comida. Además, baño a la niña y la visto. Si crees que un anarquista tiene que estar metido en un bar o un café mientras su mujer trabaja, quiere decir que no has comprendido nada”

Cuando regresó Émilienne, Manuel le refirió la anécdota y ella, bastante enojada, le respondió:

  • Los anarquistas siempre habláis del amor libre. Pero los españoles dais risa cuando habláis de esas cosas porque va en contra de vuestro temperamento. Repetís lo que habéis leído en los libros, pero no estáis realmente a favor de la liberación de la mujer. ¡La mujer en casa! Con Durruti he tenido suerte, no es tan atrasado como vosotros.

Es fácil prever que allí se acabó esa conversación. También es fácil que se proseguiría hablando de anarquismo.

En mayo de 1936, aunque Durruti no solía hablar de sus actividades en casa, le participó a Émilienne que sabían a cierta ciencia que se produciría un golpe de estado y que, por tanto, era necesario el entrenamiento militar pues iba a ser necesario para combatir al fascismo.

Más tarde, estallado el conflicto de 1936, Émilienne se unió a la columna de Durruti en el frente de Aragón, dejando a su hija a cargo de Teresa Margalef, una amiga de ambos. Poco tiempo después ya ocupaba un puesto relevante entre los administradores de la sede de la columna, de la que dependía el servicio de prensa. Poco tardaría en ser conocida como «Mimi-FAI».

Cuando Durruti decidió marcharse a Madrid para defender la capital del avance franquista, Émilienne optó por marcharse a Barcelona y quedarse al cuidado de Colette. Le acompañó al campo de aviación para despedirle. Después de un emotivo abrazo, Durruti le dijo “Hasta pronto”. Nunca más lo volvió a ver.

Pero, si la vida era difícil entonces, aún habría de serlo más. El 20 de noviembre de 1936, un destacado miembro de la CNT acudió a su casa para comunicarle la muerte de su compañero Durruti en el frente de Madrid. El entierro fue tres días más tarde en Barcelona, donde se reunieron decenas de miles de personas para dar el último adiós al luchador anarquista que ya sería una leyenda para siempre.

Entierro de Durruti
Entierro multitudinario de Durruti en Barcelona

En el número 6 de la revista Mujeres libres, se publica un artículo de Émilienne Morin. La redacción comienza con la siguiente entradilla: Todo lo que nosotros pudiéramos decir en la muerte de nuestro inolvidable camarada Durruti, nunca podrá expresar el intenso dolor de la pérdida como lo hacen estas palabras cálidas y hondas de la persona que más lo ha querido.

El artículo, titulado A mi gran ausente, dice así:
En medio de esta inmensa multitud que llora sinceramente tu muerte, me siento menos sola, y esta grandiosa manifestación de simpatía (de adoración más bien) me da el valor necesario para sobrevivirte.
Ningún orgullo dicta estas palabras; la gloria, como a ti, me fue siempre indiferente, y en la soledad he de cultivar tu recuerdo.
Hasta la victoria final daré a la lucha antifascista mis modestos esfuerzos. He de cumplir también otra misión: la de educar dignamente a nuestra pequeña Colette, tu hija, de la que tan orgulloso estabas. Mi única ambición es hacer de ella una militante que se te parezca tanto en el espíritu como en los rasgos físicos; tú has dejado a la Humanidad un poco de tu carne y de tu sangre: nuestra Colette es una viva reproducción de tu faz enérgica y buena. Ante tu pobre cuerpo descompuesto, que quise contemplar por última vez, me prometí solemnemente a mí misma sobreponerme a mi dolor e inculcar en nuestra hija la energía indomable y la nobleza ingenua que presidieron toda tu vida. Hacer de nuestra Colette una verdadera DURRUTI, digna de tu estirpe espiritual, será toda la ilusión de mi vida rota.
A vosotros, a todos los camaradas que le lloráis, os dedico un saludo fraternal y, en nombre de todos los militantes oscuros que han dado su vida por el triunfo de la Revolución, os digo: ¡Adelante, hasta la victoria definitiva!


Vuelta a Francia

Pasó algún tiempo más en España, pero, finalmente, regresó a Francia en 1937. Pero eso no fue obstáculo para que su lucha cesara pues dirigió una campaña por escrito a favor de los revolucionarios españoles. Más tarde, colaboró con la Solidarité internationale antifasciste, recaudando fondos y ayuda para los refugiados españoles que se hallaban internados en campamentos en el sur de Francia. Colaboró, también, en el periódico El Libertario, órgano de la Unión Anarquista, en el que publicó sus recuerdos del frente en julio de 1938.

Émilienne Morin con su hija Colette
Émilienne Morin con su hija Colette

Después de la guerra, siguió manteniendo estrechos vínculos con refugiados libertarios españoles, no cesando en su lucha, a pesar del tiempo transcurrido.

Émilienne Morin, Mimi-FAI, falleció en Quimper el 14 de febrero de 1991. Había muerto la compañera del hombre legendario. Había muerto una mujer libertaria. Pero había dejado una vida para la historia de los hombres y mujeres libres. Y no solo por ser la compañera de Durruti, sino por ella misma: Mimi-FAI.

Carta de Elimienne Morin a la revista Mujeres libres
Carta de Émilienne Morin a la revista Mujeres libres. nº 12-Mayo 1938

© Felipe Espílez Murciano