Emprendedora

La palabra del enunciado está muy presente en estos días, pero no olvidemos a esas mujeres de una época difícil, no más que de la de hoy, sólo puedo añadir que son diferentes.

Voy a narrar la breve historia de una mujer que tuvo que ser “emprendedora” si quería la subsistencia de su familia.

En ese tiempo, la mujer no tenía autorización para montar un negocio; todo tenía que ser autorizado y firmado por su esposo, nada estaba a nombre de ella.

La mujer del relato, al ver la precariedad que tenía en su casa, decidió montar en su propio domicilio una pensión. Para ello, debía habilitar las dos únicas habitaciones de las que podía disponer, lo que quedaba de su ya pequeño espacio, estaría destinado a la familia.

En esa zona familiar, a la hora de dormir, se agrupaban las hijas en una sola cama, de esas que por el día estaba disimulada en una especie de armario. No hay que explicar que, si estaba en la casa la abuela materna o alguna de las tías, todas dormían en esa cama, contrapeadas, los pies de unas en las cabezas de las otras. No había protestas, era lo que se tenía y punto.

El matrimonio tenía una habitación para ellos, separada del saloncito donde dormía el resto, separados por solo una cortina. Intimidad, la justa.

Para obtener el permiso de abrir ese negocio  tuvo que presentar la documentación oportuna en la comisaría más cercana, toda firmada por el cabeza de familia.

El marido no estaba muy conforme con esa situación por varias razones, la primera por el exceso de trabajo que representaría para su mujer, la segunda por estar destinada a atender a hombres y eso le preocupaba. Pero su esposa era una mujer enérgica y no permitiría que nadie la ofendiese.

El trabajo efectivamente era duro. Lo que ofrecía era “pensión completa”, en eso incluía desayuno, comida y cena. Lavado de la ropa personal, repaso de costura, botones, desgarros en las prendas y en algún caso, el cambio de puños y cuellos de las camisas, algo muy normal en tiempos de apretarse el cinturón.

Llevó adelante ese trabajo a la par que cuidaba de su familia, con un esposo enfermo y que se pasaba los días en la casa, con dolores infinitos, pero ejercía de pinche a la hora de la preparación de las comidas.

Así se pasó varios años, en los que los residentes en la casa, cada vez eran menos anónimos, formando alguno de ellos, parte de la familia.

Llegó el momento en que sus primeras hijas ya trabajaban fuera de casa, colaboraban económicamente y por fin la madre pudo ir comunicando a los huéspedes que la pensión se cerraba, necesitaba esas habitaciones para sus hijas.

Con esto quiero terminar con esa alabanza a las mujeres de todos los tiempos, bravas y decididas a sacar adelante cualquier proyecto que se propongan.

Estaban las que hacían arreglos a la ropa, modistas, limpiadoras en las casas. De este último grupo de mujeres limpiadoras, en muchas ocasiones, tenían que llevar a su hijo pequeño mientras hacía las labores de la limpieza, no era muy del agrado de las personas contratantes, pero al fin y a la postre si querían que esa persona, que era de confianza, limpiase en su casa, aceptaban esa situación. Con esos ingresos por lo menos podían subsistir.

Actualmente muchas mujeres y algún hombre (pocos) se ofrecen para cuidar a personas mayores, sacarles de paseo, hacer la compra, en fin, todo lo relacionado con la generación de nuestros mayores que están solos en sus casas.

Por eso este relato va dirigido a las mujeres emprendedoras, no queriendo dejar a un lado a los hombres que también lo son, pero seguro que con menos trabas.


© Texto:  Maruchi Marcos Pinto
© Imagen:  pexels

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies