En el parque

Ni el frío, ni la nieve, ni el calor de las ascuas ni de momento la vacuna, terminan con «el coco» que amenaza a la salida de la caverna. Aún así, la vida sigue, también en el parque donde, salvo por los enmascarados, todo parece sujeto a la rutina evidente en el agua de los charcos, el sueño de los árboles, el recogimiento de los setos y el discreto alboroto de los visitantes, algo más silenciosos, más recogidos y concentrados en aspirar el aire filtrado por las protectoras ffp2, aunque sigan igual de soñadores y esperanzados ante el año nuevo.


En el parque

Amaneció despejado. La lluvia de la noche y el frío han dejado una laguna cuarteada en la puerta.  

El agua también sueña, y lejos de asumir que terminará en barro, se crece y se hace frontera en la entrada. Inútil esfuerzo. Los niños la saltan, y con suerte algún zapato cae de lleno en la frágil superficie helada salpicando, entre risas, a los otros. Los mayores, agiles en sortear obstáculos, la evitan por los bordes, o buscan una piedra que les eleve del fango. Al final todos la ignoran y entran en el recinto vestido de invierno, donde los setos pelados de los lilos, las forsítias, los rosales y las ramas de los almendros, con paciencia ermitaña, aguardan rayos redentores que les devuelvan la flor tras la estación dormida, mientras el agua desaparece silenciosa.      

Apenas se escucha algarabía en las copas frioleras de los árboles, pero un picapino se emplea rítmico en un tronco centenario. Las risas de los pequeños, la emoción enlazada de los enamorados, las madres protectoras de bebés en sus carritos, el murmullo de los paseantes y el silencio de los pasos cortos de viejos abrigados llenan de domingo la estancia.

Desde mi paseo solitario observo a los intrusos festivos. Todos diferentes e iguales, unificados por la moda y el grupo de edad al que pertenecen, tocados con mascarillas de colores. Nada evidencia los sueños rotos y las ilusiones expuestas al aire frío que calienta el ánimo frente a la incertidumbre.    

Entre una senda de abedules se abre paso la corriente cálida de las notas del vals triste del hombre que regala música desde su saxofón mendicante; sigo su rastro, y al pasar junto a la umbría fuente veo al joven asiduo, que imagino poeta, que con pulso firme sobre el cuaderno emborrona de negro sobre blanco fantasías aparcadas junto al vehículo que le otorga las alas que quizá un accidente robó; para no molestar a la musa me escapo al paseo central, donde, como cada día, avanza el anciano que desafía con bufanda y visera la inclemencia estacional,    empujando, con la fuerza de no tener otra opción que seguir resistiendo, la silla del hijo que el tiempo no ha dejado crecer, y al que de continuo remete la manta que cubre su cuerpo dependiente.

En el parque, no es el agua de la lluvia la única que sueña con otra existencia más allá de aquella a la que el destino nos ancla con ruedas que no saben de estaciones ni pandemias.           

Texto y fotografía © María Cruz Vilar